Barcelona, que es el gran motor económico de la comunidad autónoma de Cataluña, tiene una alcaldesa cuya persona de confianza, la teniente de alcalde Janet Sanz, defendió en público que había que usar la crisis del coronavirus para cerrar la industria automovilística y reconvertir a sus trabajadores para que se empleasen en empresas menos contaminantes.
Las ocurrencias de Ada Colau han sido continúas desde que accedió a la alcaldía en junio de 2015. Ha intentado acabar con el turismo, que hasta la eclosión de la pandemia era una de las principales fuentes de riqueza de la ciudad, incitando a la turismofobia, siendo blanda con los violentos que atacaban hoteles y autobuses turísticos y paralizando la construcción de nuevos hoteles.
La crisis provocada por el Covid-19 acelerará el proceso que la alcaldesa ya había comenzado. Recordemos la guerra del Ayuntamiento contra los bares y restaurantes por el tema de las terrazas, que hace años que dura y que dejaba en la cuerda floja miles de puestos de trabajo. Colau sabe de crear centros de reeducación para hombres, pero de generar riqueza no tiene ni idea. Solo sabe gastar.
Cuando se vive muy bien de un sueldo público algunos olvidan lo que cuesta ganarse cada día el jornal. Y destruir el tejido empresarial de la ciudad no es la mejor manera de garantizar el bienestar económico. Y esta ha sido la prioridad de Ada Colau, intentar expulsar a los emprendedores de la ciudad.
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