Los intentos de unos y otros por negociar, o tantear, a Carles Puigdemont son un deshonor para la política española. Cuando pensábamos que ya no se podía caer más bajo, descubrimos que sí es posible, y que un prófugo de la Justicia que lleva años huyendo por Europa mientras se ríe de nuestro sistema judicial y de nuestro sistema de libertades, y que insulta a nuestro país, tiene en sus manos el decidir quién será el próximo presidente del Gobierno.
El guerracivilismo que instalaron los socialistas desde el Pacto del Tinell hasta nuestros días, en su continuo intento de excluir a media España de la gobernabilidad — con la honrosa excepción de la investidura de Rajoy tras la infame campaña del ‘no es no’ de Sánchez –, ha llevado a situaciones tan dolorosas como que los herederos de ETA hayan sido socios del actual Gobierno y que Puigdemont tenga en sus manos la investidura de Sánchez.
En vez de llegar a acuerdos cuando llegan los momentos de gran dificultad política, los socialistas han apostado por un Frente Popular 2.0 en el que todo vale. Así vemos como llevamos años con el PSOE blanqueando a formaciones con tintes supremacistas como Bildu o ERC. Y ahora le ha tocado el turno a Puigdemont, que está disfrutando del amparo del poderoso aparato mediático en manos de la coalición Frankenstein para que vote ‘correctamente’ en la investidura.
Hace años que PSOE y PP se equivocan y recurren al apoyo parlamentario de formaciones que solo quieren destruir a España y crear desigualdades en nuestro país. En el pasado también los populares obtuvieron el soporte de PNV y CiU. Está claro que lo de Sánchez es otra cosa, y que los niveles de abyección política a los que ha llegado con los partidos que le prestan apoyo son increíbles.
Pero mientras los populares sigan a la búsqueda del «nacionalista bueno y moderado» y den bola a los empresarios que son compañeros de viaje del nacionalismo — el que quiere convertir a millones de españoles en ciudadanos de segunda en las comunidades autónomas dominadas por el separatismo — siempre habrá un Junqueras o un Puigdemont dispuesto a trocear España a cambio de unos votos en el Congreso.
Alguien tiene que poner pie en pared y decir «con los nacionalistas, nunca» para que los españoles acaben apostando por unos gobiernos libres de las influencias de partidos supremacistas. Y con Puigdemont no se negocia, ni se le tantea. Se le detiene para que responda por sus delitos ante la Justicia. Y lo mismo con ERC y con el resto de partidos amigos de los golpes de Estado.
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