A algunos poderes económicos y mediáticos de este país les ha interesado dividir España en dos, en merengues y culés, y el guerracivilismo tan propio del país ha hecho el resto. Nada existe para la mayoría de la prensa fuera del Madrid y el Barça, y cada uno de ellos manda en los feudos territoriales y mentales que les son propios.
Pero como el Realísimo nos pilla a seiscientos y pico kilómetros de Barcelona, nos vamos a ocupar del equipo cuyo campo sigue estando en la antigua Avenida de la División Azul, del conjunto que consiguió que uno de sus gerentes – Joan Gich Bech de Careda – pasara de trabajar en sus oficinas a ser máximo responsable del deporte español en los últimos años de Francisco Franco como Jefe del Estado, de la entidad deportiva que concedió dos medallas de honor al dictador que ahora desprecia, del club que consiguió que el Consejo de Ministros del Caudillo le recalificara los terrenos del campo de Les Corts con un índice de edificabilidad digno de Hong Kong y así solucionar su grave crisis económica.
Todas las dictaduras son perjudiciales, sean políticas, culturales o deportivas, así que ya toca comenzar la revolución en el mundo del fútbol. Primero en Cataluña, y luego en el resto de España. Que la pluralidad triunfe, la igualdad de oportunidades sea real y la diversión triunfe sobre el negocio. Objetivos demasiados ambiciosos para una afición como la perica. Pero aunque no pasemos del kilómetro uno en nuestra hoja de ruta, si hemos molestado un poco, ya habremos avanzado mucho. Toca molestar al Barça, porque es el Imperio Oscuro que oprime al deporte catalán.
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