Los acontecimientos de los últimos meses dejan claro que el separatismo no es que esté roto, es que está en plena guerra civil. Tras la, de momento, fallida detención de Carles Puigdemont había más gritos en contra de la «mesa del diálogo» que contra el Tribunal Supremo. Y atacar a dicha «mesa» significa pone en cuestión más a Pere Aragonès que a Pedro Sánchez.
Al presidente de la Generalitat no le valió descalificar al Gobierno de España tras romperse las negociaciones para la ampliación del aeropuerto barcelonés de El Prat. En la manifestación de la ANC de la Diada tanto él como Junqueras tuvieron que estar protegidos por un cordón de Mossos d’Esquadra para evitar que los puigdemontistas y ‘cuperos’ les agredieran.
Los años de prisión en el Hotel Lledoners no le han servido a Junqueras para evitar ser un ‘botifler’ más, como Miquel Iceta, Inés Arrimadas, Alejandro Fernández o Ignacio Garriga. A Sánchez le va perfecto que el separatismo esté roto.
Esquerra está jugando la carta de convertirse el partido ‘útil’ del separatismo que es capaz de ‘gobernar’ en vez de solo agitar, y para eso necesita negociar con el Gobierno de España y conseguir competencias reales y triunfos simbólicos. Y ante la fractura dentro del independentismo el líder del PSOE puede seguir contando con el apoyo parlamentario que necesita en el Congreso, La unidad del separatismo condenaría a Sánchez a pasar por las urnas y a arriesgarse a perder el poder.
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