6 de octubre

La revolución de octubre de 1934 se originó como consecuencia de la decisión tomada por Alejandro Lerroux, nuevo jefe del ejecutivo desde el 4 de octubre de 1934, de otorgar tres carteras a miembros de la CEDA: la de Justicia, a Rafael Aizpun; la de Agricultura, a Manuel Jiménez Fernández; y la de Trabajo, a José Oriol Anguera de Sojo. La reacción de las izquierdas no se hizo esperar y, así, convocaron una huelga general revolucionaria. En Cataluña, según Santiago Galindo en Partidos monárquicos bajo la segunda República las cosas se desarrollaron así:

La Generalidad dio la orden de ocupar Barcelona a un ejército improvisado y sin disciplina. El Ejército hizo rendirse a las fuerzas del Estat Català a las pocas horas. El balance de bajas fue 46 muertos y 117 heridos.

Lluís Companys, desde el Palacio de la Generalitat, proclamó el Estat Català. Los resultados son conocidos por muchos. Lo que quizás no sea tan conocido es como acabó aquella proclamación a nivel del territorio catalán. Porque no fue sólo el Palau de la Generalitat y Barcelona. Fue algo más.

La intentona revolucionaria tuvo sangrientas repercusiones en algunas comarcas catalanas. En Vilafranca del Penedes fueron incendiadas las iglesias de San Pelegrí, la de Nuestra Señora de los Dolores y la iglesia parroquial. En Torregrosa (Lérida) las turbas revolucionarias trataron de destrozar la iglesia parroquial, hiriendo al párroco Gabriel Gené, de un disparo de perdigones en la cara y el pecho. En Torres del Segre (Lérida), los revolucionarios entraron en la iglesia parroquial, violentó el Sagrario, desparramando por el suelo las Sagradas Formas y profanando el Sagrario de manera salvaje. En Almenar (Lérida) los revolucionarios entraron en la casa rectoral, amenazando de muerte al párroco Pedro Solé y al coadjutor Alejo Torrellas, registrando el edificio y tirando a la calle un Crucifijo. En Morell (Tarragona), las turbas revolucionarias incendiaron la iglesia parroquial. El párroco quiso defender sus intereses y fue muerto de dos puñaladas. En Navás fue asesinado el párroco José María Morta.

El periódico republicano, católico y catalanista El Matí publicó una interesante editorial el 21 de octubre de 1934 que vale la pena tener en cuenta, pues estamos viviendo lo mismo estos días:

Hoy tenemos que bajar la cara con vergüenza delante de los demás países españoles, por incapacidad de gobierno de los dirigentes de Cataluña; pero si el hecho revolucionario no hubiese sido providencialmente contenido a tiempo, la vergüenza sería mucho más grande y el dolor nos habría ahogado como en Asturias. Es preciso no olvidar que en muchos ayuntamientos ondeó durante la noche la bandera roja, que con su resplandor siniestro ya había eclipsado la tenue luz de la estrella solitaria, bajo cuyo signo decían hacer la evolución los gobernantes de Cataluña.

El 9 de octubre de 1934 Gaziel, director de La Vanguardia, publicaba el siguiente artículo donde explicaba cómo había él había vivido la revolución llevada a cabo por el Lluís Companys:

Sábado 6.- A primera hora la radio sigue dando noticias parecidas a las de anoche. Bajo al centro de Barcelona, hasta ‘La Vanguardia’, a pie. Las cosas van empeorando durante la mañana. En las calles circula mucha menos gente que ayer. El paro prosigue y se intensifica, por orden gubernativa.

 A los pocos minutos, otra llamada. Mi informador me asegura, esta vez, que ‘los de la Generalidad van a jugar fuerte’. Entre cuatro y cinco de la tarde se espera una declaración sensacional. Yo me resisto a la noticia: todavía creo en el seny catalán… Y después de comer, unos amigos me llevan en auto a mi casa.

 No se hacen esperar mucho. Conectan con el propio balcón de la Generalidad. La silenciosa estancia donde yo escucho inunda de un bronco rumor, como de hervidero humano. Es el gentío apiñado en la plaza de la República. Miro al paisaje, aguardando. La masa de la ciudad lejana aparece inmóvil, serena, bajo la noche en calma. Parece mentira que de aquel fondo plácido pueda brotar ese rumor de marejada ardiente. Se oyen pasos. Alguien se acerca al balcón. Es él: el Presidente. Es Companys. Una estrepitosa ovación saluda su presencia ante el pueblo. Alguien le habla al lado, en voz baja, en tono vivo, como si le azuzara. Y la voz característica del Presidente, con su acento leridano, se alza en medio de un silencio imponente: Catalans! Habla fuerte, habla tan claro, tan firme, que seguramente está leyendo lo que dice. Y sus palabras son como otros tantos relámpagos. Proclama el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, ofrece asilo al Gobierno provisional que se forme y, finalmente, rompe las relaciones con el Gobierno de Madrid.

Es algo formidable. Mientras escucho me parece como si estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra. ¡Y una declaración de guerra -que equivale a jugárselo todo, audazmente, temerariamente-, en el preciso instante en que Cataluña, tras largos siglos de sumisión había logrado, sin riesgo alguno, gracias a la República y a la Autonomía, una posición incomparable dentro de España, hasta erigirse en su verdadero árbitro, hasta el punto de poder jugar con sus gobiernos como le daba la gana! En estas circunstancias la Generalidad declara la guerra, esto es, fuerza a la violencia al Gobierno de Madrid, cuando jamás el Gobierno de Madrid se atrevió ni se habría atrevido a hacer lo mismo con ella. Y eso, ¿por qué? Por una República Federal Española que nadie pide en España, cuando menos ahora, y por un Estado Catalán que, dada ya la existencia de la Generalidad, no se necesita para nada… Estoy bañado en sudor, realmente aterrado. Y luego me doy cuenta, porque ya no escucho, de que han quitado la comunicación con el palacio presidencial.

Han pasado muchos años. Hoy se cumplen 83 años de aquella proclamación que, como muy bien dice Graziel, era una declaración de guerra. Estos días estamos viviendo otra declaración de guerra en Cataluña. Sólo hemos de esperar que de aquellos polvos no se transformen en lodos. La historia nos debe enseñar. Y si desconocemos la historia estamos condenados a repetirla. Por lo tanto, seamos sensatos y tengamos en cuenta lo ocurrido ese 6 de octubre y que el 9 de octubre nadie pronuncie en el Parlament una declaración de guerra. Porque no lo necesitamos. Porque es absurdo. Y porque Cataluña puede convivir con quien sea sin radicalizarse. El seny catalán por encima de la rauxa. Esta ha de ser nuestro estandarte. Por eso, aprendamos del pasado para construir el futuro.

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