El RCD Espanyol no solo compite en el terreno de juego, sino que también libra una batalla constante en el plano social y cultural de Cataluña. El club se enfrenta a una actitud de hostilidad sistemática por parte de un sector del entorno catalán, un fenómeno que muchos perciben como un intento de relegar su relevancia.
Cánticos e incidentes: la normalización del ataque al Espanyol
La animadversión hacia el club blanquiazul se manifiesta en actos públicos que rara vez reciben condena. Los cánticos coreados por algunos jugadores del FC Barcelona en la celebración de su último título de Liga, donde se deseaba la «desaparición del Espanyol», son el ejemplo más palpable. La falta de repercusión o sanción tras este tipo de actos refuerza la sensación entre los aficionados pericos de que atacar al Espanyol es aceptable o, incluso, bien visto en ciertos círculos.
A esto se suman declaraciones de figuras públicas. La afirmación hace unos años del entonces alcalde de Barcelona, Xavier Trias, de que tener un yerno del Espanyol sería una «desgracia» evidencia cómo la filiación blanquiazul se utiliza despectivamente, incluso en la esfera política. La ausencia de consecuencias para el exalcalde subraya la impunidad que rodea estas actitudes.

Por no hablar de las faltas de respeto que el club ha recibido por parte de colaboradores o estrellas de los medios de comunicación de la Generalitat – Jair Domínguez o Joel Díaz son dos ejemplos especialmente desagradables -, o cómo esos medios han devaluado la retransmisión de sus partidos relegándolos a canales secundarios o minimizando la información sobre la actualidad de este club.
Identidad y poder: el Espanyol como minoría molesta
Ser «perico» se ha convertido, para algunos, en un estigma o una marca de disidencia frente al relato hegemónico. Aunque políticos de relevancia como Salvador Illa, Gabriel Rufián o Jordi Turull se declaren simpatizantes del Espanyol, el artículo sugiere que, a la hora de la verdad, sus prioridades están alineadas con el poder dominante.
La crítica se centra en la priorización de la «patria catalana» entendida bajo un prisma que solo reconoce a un «equipo nacional»: el FC Barcelona. En este contexto, el Espanyol es visto como un club que «sobra» o que, como mucho, debe ser un actor secundario.
La diferencia fundamental reside en la actitud de la afición perica. Es una hinchada que históricamente ha criticado la prepotencia o la falta de valores que, a su juicio, proyecta el Barça. Esta actitud de no alinearse y decir «a la cara lo que piensa» convierte al Espanyol en una figura incómoda dentro de la narrativa de una Cataluña que busca presentarse como monolítica.
El club y su rol en el ecosistema
Mientras que otros clubes catalanes como el Girona o el Nàstic pueden ser tolerados como «localismos», el Espanyol, con su historia, su base social y su postura, es percibido como un contrapunto. En la mente de los promotores de la «República Catalana», un club que desafía al FC Barcelona como símbolo deportivo de la región no tiene cabida en esa «senda a seguir».
El Espanyol, por tanto, se ve obligado a gestionar no solo los resultados deportivos, sino también su posición identitaria en un entorno que a menudo lo presiona y lo cuestiona. Los que desean construir una Cataluña uniforme con el Barça como único símbolo deportivo de importancia se encuentran con un Espanyol que resiste a este discurso. De ahí su interés en estimagtizar al club perico.
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