La última reflexión del presidente, que en esta ocasión se ha limitado a un escaso fin de semana, habrá supuesto mucho ajetreo en Moncloa. Me lo imagino rodeado del millar largo de asesores que debieron convivir amontonadamente por los despachos y los diferentes espacios creando planes alternativos con la estrategia a seguir. Un cónclave que, a la postre, realmente no ha dado tanto de sí, al quedar circunscrito a esa necesidad evidente de poner fin a la legislatura y a un gobierno progresista que ha sido un auténtico fraude y se ha focalizado en el destrozo generalizado.
Sánchez no ha necesitado cinco días. En la anterior escapada, con su famosa “carta a la ciudadanía”, nos dejó claro que era un esposo enamorado y, además de ese tema de la prensa rosa que para sus intereses es del todo secundario, le debió dar margen suficiente para apuntalar la estrategia de división y fragmentación que ha marcado su paso por el poder. La emergencia exigía un enfoque que hiciese frente a una realidad que vería a sus íntimos ante los jueces, obligando a una planificación de urgencia que materializase la mafia sanchista que ya hemos conocido con sus cloacas como protagonistas.
Si quería pasar a la historia lo ha conseguido sobradamente. Dudo que pueda ser olvidado tras demostrar sus ansias desmedidas por el poder, aderezado con un egocentrismo desorbitado y una vanidad patológica que le ha llevado a dinamitar los principios y valores de la formación a la que representa. Ha hecho de la manipulación el eje de su acción y ha ejercitado medidas de evidente traición a España y a los españoles que no tienen punto con el que compararse. El caso de la invasión marroquí de Ceuta, y todas las dudas que revolotean al respecto, ha sido la puntilla.
Este dictador camuflado que ha asaltado la España constitucional, irrespetuoso con la Jefatura del Estado y entusiasmado con el deterioro de las instituciones, se ha preocupado por hilvanar una estructura de poder con el sanchismo como impregnador de su miseria. El mejor ejemplo lo tenemos en el asalto al Poder Judicial, al verse Sánchez y los suyos contra las cuerdas con los numerosos casos de fraude y corrupción que afectan a familiares y al PSOE, sin olvidar esa denigrante necesidad de dar cobijo a las paranoias de los separatismos que tanto le han dado y a los que tanto les ha cedido y concedido.
Convoca elecciones dejando a España fraccionada y con serias tensiones en la convivencia, tras hacer renacer, incluso y nuevamente, al guerracivilismo. Son muchas las dudas que tenemos ante esta convocatoria, sabiendo que este señor todo lo hace muy estudiado y con un fin e interés. En este sentido, no parece descabellado pensar en la posible manipulación o malas artes, estando en riesgo la posibilidad de que se mantenga el poder en manos de un necesitado del mismo. Pensemos que, con el interés que ha evidenciado por ese cuestionable voto urgente de los regularizados, el de los famosos “nietos”, o las interrogantes que vislumbra el voto por correo y los tejemanejes en la sombra con urnas, como parece que sucedió en sus primarias, es muy razonable que estemos alerta para evitar un fraude e intromisión interesada con la que algunos se sienten como en casa.
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