Hace unas semanas leí en la contraportada del diario ‘El Mundo’ cómo el ex jugador del Swansea City Andrea Orlandi contaba la historia de su padre. Era un forofo absoluto de la selección italiana y vino a España para ver los partidos que la ‘azzurra’ disputó en nuestro añorado estadio de Sarriá. Allí se jugaron los mejores encuentros de la competición entre los italianos, argentinos y brasileños y los transalpinos se convirtieron en la revelación de un torneo que, al final, ganaron.
El padre de Orlandi se enamoró tanto del viejo estadio de Sarrià que convenció a su mujer para comprar un piso al lado, y se mudaron a Barcelona. Y se dedicó a vender electrodomésticos para ganarse la vida. También recuerdo como Julio Pardo me contó en varias ocasiones lo mucho que lloró cuando el viejo coliseo fue demolido. Él vivía a poco más de un par de minutos del Gol Norte. Por no hablar de las miles de historias que me han contado sobre las aventuras y desventuras que muchos han vivido.
Por ejemplo, Tomás Guasch me confesó que allí se enamoró del Espanyol, siendo un niño feliz que corría de un lado a otro de la tribuna, rodeado de una gente amable que le invitaba a patatas fritas y refrescos frente al ceño fruncido y las caras de mala leche que veía en la tribuna del Camp Nou. Sus padres, como muchos en la Barcelona de la época, iban una semana al estadio perico, y la siguiente al culé.
Yo me situaba justo al lado del viejo marcador de Gol Sur, con mi espalda apoyada en la reja metálica. Allí ponía las banderas de plástico y palo de madera que a veces nos regalaban en los tifos de partidos importantes, y golpeaba con afán el hierro para meter ruido cuando el Gol Sur rugía ante una ocasión de gol. Hemos de mirar hacia adelante, y no dejarnos llevar por la nostalgia. Sarriá tendría graves deficiencias, y era un estadio desvencijado, pero fue dónde crecimos y aprendimos a amar al Espanyol y tendrá, para siempre, un destacado lugar en el corazón de miles y miles de pericos. Incluso para aquellos que nunca lo pisaron.
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