Reflexiones sobre el 2018

Estamos en unas fechas de recogimiento familiar -muy detestadas por algunos y muy tiernas para otros- en las cuales todo son buenos sentimientos y promesas. Termina un año y, como ante nosotros se abre la incógnita del nuevo, todo son bienaventuranzas. Luego terminará ese año y la inmensa mayoría estarán como en este. No habrán hecho nada y sus vidas sólo modificarán el 7 por el 8. Eso ocurre en las mejores casas.

Parece como si al terminar un año uno tuviera que hacer balance. Y también establecer unas pautas. El balance del 2017 en Cataluña se resumen en tres palabras: Procés – 155 – Tabarnia. Dos forman parte del imaginario colectivo. Ambas partes saben que es un mundo irreal. Que Procés y Tabarnia son tan factibles como encontrar al Capitán Nemo o la Atlántida. Lo que sí es real es el 155. Salió y ha venido para quedarse.

Y esta realidad la saben los de un lado y los de otro. Dicen que la sociedad catalana está dividida. Lo cual es cierto hasta cierto punto. Se puso de manifiesto en las últimas elecciones, pero no se tienen que venir arriba. Cuando despejemos la incógnita del 2018 veremos que esa división se ha reducido. Siempre ha habido independentistas. Siempre han sido minoría y lo volverán a ser. ¿Por qué ahora se han convertido en mayoría?

El problema estriba en que hay mucho pijo rural -como diría Tito B. Diagonal- que nunca fue a Pokin’s de Calvo Sotelo o a Semon, que confunde ser cosmopolita con el independentismo. Y no, el problema es que siguen siendo rurales y dan por el saco a los que siempre hemos sido cosmopolitas. Ser moderno no es ser independentista. Se equivocan. Ser independentista tiene mucho de tercermundista. Cuando el mundo camina hacia la globalización, salirse de ahí es como querer avanzar por un río embravecido. Es muy difícil y tienes las de perder. La cruda realidad es esta.

Como decíamos el 155 ha venido para quedarse. Y esta evidencia se constata en un hecho: saltarse la ley no sale gratis. Y no saldrá por mucho que algunos insistan en seguir adelante con un tema fenecido. El procés acabó con la aplicación del 155. Y los partidos que se presentaron el 21-D lo saben. También saben que Puigdemont no regresará nunca, a no ser que quiera ir a la cárcel. Puede tener muchos defectos, pero no es tonto. Por lo tanto, el 2018 se nos presenta con una incertidumbre. Esta estriba en el futuro político catalán. Y no me estoy refiriendo al tema del procés. El tema clave es cómo lo destilan.

Si bien es cierto que, a priori, tienen una mayoría de escaños, en la práctica no. Hay cinco fugados a Bélgica y a cuatro en la cárcel. A su vez hay otros imputados. Si la justicia actúa con celeridad puede haber 18 miembros del actual Parlament catalán fuera de juego. Todos ellos primeras espadas. Por otra parte la huida de uno y el encarcelamiento del otro ha abierto una brecha entre ambos partidos. Dicho de otra manera, el actual sistema político defensor del procés se nos presenta en minoría y muy débil. El sistema ha actuado y los ha fragmentado. Los ha herido y debilitado. Lo peor es que aún no se han dado cuenta o, si lo han hecho, no han trasmitido este input a sus seguidores. Ellos creen que están igual que antes del 155 y es falso. Cada día están más débiles y son más minoritarios.

Las elecciones del 21-D fueron un plebiscito. Se le dio la forma de elecciones y unos se lo tomaron como un golpe contra el gobierno central. Rajoy marcó los tiempos y ellos quisieron demostrar su fuerza debilitando al partido del gobierno. Y lo consiguieron. Ahora bien, ellos también se debilitaron. Ahora pueden volver a gobernar Cataluña. Las cosas han vuelto a su sitio. Pero, claro, el status quo no es el mismo de la época de Junts pel Si. Todo es mucho peor y más decadente.

¿Estamos condenados a repetir elecciones en el 2018? Todo hace pensar que si. Los constitucionalistas no se pondrán de acuerdo. Rajoy, Ribera y Sánchez no son un bloque. Entre ellos no se pueden ver y no se fían los unos de los otros. Tampoco se fían Puigdemont y Junqueras. ¿Lo mejor sería cambiar las fichas? Creo que es el mal menor. Todos los partidos están condenados a recelar los unos de los otros. Sus intereses personales nunca son los del colectivo. Y esto no es un mal de aquí, sino universal. Por lo tanto, a día de hoy, nadie tiene la llave del futuro político catalán. La evidencia nos hace atestiguar que hablaremos de lo mismo en 2018. Habrán variaciones y cambios, pero los temas serán idénticamente cansinos.


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