El pasado 13 de octubre, los talibanes de la desmemoria histórica —PSC, Junts, ERC, Comuns y CUP— llegaron a un acuerdo en el Parlament de Catalunya para aprobar la sectaria y antidemocrática nueva Ley catalana de Memoria Democrática, que todavía no ha sido aprobada a día de hoy y en la que se establece, entre otras cosas, el borrado y la retirada definitiva del monumento de la Batalla del Ebro de Tortosa en el plazo máximo de un año.
En este sentido, el relevante colectivo COREMBE de Tortosa, que lleva años defendiendo la conservación del monumento de la Batalla del Ebro, construido durante el franquismo sobre el río Ebro, mediante su reinterpretación y contextualización, ha criticado dicho acuerdo porque, en su opinión, «pasa por encima del resultado de la consulta popular celebrada en Tortosa en 2016, en la que el 68,36 % de los participantes optaron por mantener, reinterpretar y contextualizar el monumento». Además, consideran que la decisión «alimenta la confrontación» y que no se está teniendo en cuenta el «valor histórico, patrimonial y económico que el monumento representa para la ciudad».
Pienso que, con respecto a este ya largo y polémico tema, es conveniente hacer un poco de historia. El 21 de junio de 1966, hace algo más de 60 años, Francisco Franco inauguraba el monumento conmemorativo de la Batalla del Ebro en Tortosa, situado sobre una antigua pilastra de un puente que fue dinamitado por las fuerzas republicanas en abril de 1938, como parte de su estrategia de retirada ante la inminente entrada de las tropas franquistas en la ciudad. El Diario Español de Tarragona publicó el 22 de junio de 1966 el siguiente titular: «Más de cien mil personas aclamaron a Franco en las calles de Tortosa, Roquetas, Amposta y San Carlos» (las fotografías que aparecen en el diario y las imágenes del NO-DO de la época así lo acreditan).
En el multitudinario acto de inauguración, Franco, desde un gran escenario junto al Ebro, pronunció un discurso en el que, entre otras cosas, dijo: «Hemos de agradecer a Tortosa, ciudad mártir de aquella epopeya (la batalla del Ebro), que haya querido perpetuar aquella gesta, con este grandioso monumento al heroísmo de tantos españoles que, con el sacrificio de sus vidas, rubricaron el mandato solemne de nuestros muertos». Todo ello tuvo lugar entre grandes aplausos y vítores de la muchedumbre que abarrotaba ambas riberas del río. La inauguración finalizó con el espectacular repique de las campanas de todas las iglesias de Tortosa y la suelta de centenares de palomas. Sin embargo, hoy muchos de los hijos o nietos de aquellos que entonces aclamaron a Franco se han convertido, renegando de sus mayores, en fanáticos separatistas e izquierdistas que claman insistentemente por la demolición del monumento.
El monumento, de gran valor histórico y artístico y una de las esculturas verticales más altas de Cataluña, es obra del reputado escultor y pintor catalán Lluís Maria Saumells Panadés, quien, mientras trabajaba en el diseño del proyecto, escribió en su dietario: «Treballo en la maqueta del Monument a la Batalla de l’Ebre. Estudio la figura que va dalt de la torre, un combatent de la batalla, sense que s’especifiqui de quin exèrcit, un supervivent que alça una estrella a la volta del cel per tal que mai més hi hagi una guerra civil».
En 1986, el Ayuntamiento de Tortosa, con Vicent Beguer (CiU) como alcalde, retiró del monumento varios símbolos, incluido el «Víctor» (emblema de Franco) y una inscripción que hacía referencia al Caudillo de la Cruzada y a los 25 años de paz. En 2003, siendo alcalde Joan Sabaté (PSC), el monumento fue declarado «Bé Integrant del Patrimoni Cultural Català» e incluido en el catálogo patrimonial municipal dentro del nuevo planeamiento urbanístico. Actualmente, en el monumento solo queda una inscripción original que dice: «A los combatientes que hallaron gloria en la batalla del Ebro».
Hay que decir que sigue siendo el monumento más fotografiado por los visitantes y los ciudadanos de Tortosa. Pero actualmente, a los «talibanes» de la desmemoria histórica (izquierdistas y separatistas), su existencia les produce urticaria, algo que consideran intolerable. Por eso llevan casi dos décadas exigiendo su retirada total y definitiva.
El Parlamento de Cataluña aprobó en marzo de 2016 una moción en la que se instaba al Ayuntamiento de Tortosa a retirar el monumento franquista. Sin embargo, el Ayuntamiento sabía que se trataba de un asunto controvertido en la ciudad y, dado que entonces, además, estaba muy de moda lo del «dret a decidir», el equipo de gobierno municipal de aquel momento (CiU-ERC) decidió someter la cuestión a una consulta popular, pensando que al final la mayoría se inclinaría por su retirada. Así, el 28 de mayo de 2016 se celebró una consulta para conocer la opinión mayoritaria de los ciudadanos al respecto. En ella, el 68 % de los vecinos se mostró partidario de mantener el monumento en su ubicación, aunque reinterpretado y contextualizado.
Pero los «demócratas» partidarios de la «memoria histórica» pronto se olvidaron del resultado de la consulta y, haciendo caso omiso al sentir mayoritario de los ciudadanos, el Ayuntamiento de Tortosa aprobó meses después, con el único voto en contra del entonces concejal de Cs (PP y VOX no tenían representación), la descatalogación del monumento para facilitar así su retirada.
En octubre de 2020, la consellera de la Generalitat Ester Capella (ERC) anunciaba, a bombo y platillo, que su departamento había elaborado un informe técnico por el que la Generalitat asumiría la retirada definitiva del monumento. Sin embargo, este nuevo intento de retirada fue paralizado por dos recursos contencioso-administrativos presentados por el colectivo COREMBE contra el consistorio y la Generalitat.
Es decir, todos estos «demócratas» de medio pelo, a quienes se les llena la boca defendiendo el «dret a decidir» —eso sí, siempre que este coincida con sus intereses ideológicos—, son los mismos que se dedican a blanquear la reciente historia terrorista y criminal de Terra Lliure y de ETA, y que se abrazan con sus herederos de Bildu. Son también los mismos que no se cansan de repetir lo criminal que fue el franquismo y lo positivo y democrático que fue el republicano Front Popular, mientras ocultan sistemáticamente la brutal y terrorífica represión llevada a cabo en la retaguardia de la Cataluña del Front Popular presidido por Lluís Companys, donde fueron asesinadas 8.352 personas por el mero hecho de ser de derechas o católicas. El doble de las víctimas producidas por la posterior represión franquista.

Y, sin embargo, en Tortosa hay un monolito y un parque dedicados a la memoria del mitificado Lluís Companys, quien, por cierto, en octubre de 1934 dio un golpe contra la propia República. También por decisión del actual equipo de gobierno, hace unos meses el alcalde de Tortosa anunció que el Parc de la Fira había pasado a llamarse Parc de Rafael Vidiella y que se había levantado un monolito en su honor.
Hay que decir que Rafael Vidiella fue un izquierdista tortosino y fundador del PSUC en 1936. Por ejemplo, cuando era conseller de Justicia de la Generalitat presidida por Companys, el 18 de enero de 1937 se negó a conmutar la pena de muerte impuesta al Hermano de La Salle Manuel Barbal (Sant Jaume Hilari), pese a la petición de su abogado. Barbal había sido condenado a muerte por el Tribunal Popular de Tarragona, integrado por representantes de la CNT, la UGT, la FAI, el PSUC y el POUM, por saber latín y enseñar religión, prácticas que el tribunal consideró fascistas.
Curiosamente, para esto sí se aplica una implacable «desmemoria histórica». Durante el citado periodo, la persecución religiosa fue terrorífica. Solo en la archidiócesis de Tortosa fueron asesinados por patrullas de milicianos de los comités del Front Popular 316 religiosos (el 61,5 % del total), el tercer porcentaje más alto de toda España. Además, fueron devastadas prácticamente todas las iglesias y los edificios religiosos de la ciudad, incluida su catedral. También están documentados en Tortosa los asesinatos de al menos 566 personas por parte del «democrático» Front Popular.
Demoler monumentos no es más que un símbolo de barbarie. Si no, no habría pirámides, ni anfiteatros romanos, ni monumentos mayas en lugares donde se practicaban sacrificios humanos, ni existiría el mausoleo de Lenin, ni los Inválidos de París, donde reposan los restos del déspota Napoleón…
Además, «lo Monument» no es solo un monumento en Tortosa, sino que, después de presidir durante los últimos sesenta años la pilastra del río Ebro, forma ya parte del corazón y del recuerdo colectivo de decenas de miles de tortosinos y se ha convertido en un símbolo muy fuerte de la ciudad. La cruz que se eleva sobre él es un símbolo inseparable de nuestra historia y nuestra civilización. Como señaló el escultor, autor de la obra, el combatiente de la batalla que corona el monumento, alzando una estrella hacia el cielo, nos recuerda la gloria alcanzada por los combatientes en esa épica batalla y, al mismo tiempo, la tragedia de una guerra fratricida que no debería volver a repetirse.
No me queda más que dar las gracias a los tortosinos de COREMBE por su gran dignidad al no plegarse a las presiones políticas y por continuar su incansable lucha por salvar lo Monument.
Salvador Caamaño Morado (presidente de la Coordinadora de la Resistencia Cívica, exdirigente en Tarragona del PSUC y de CC. OO. en los años 70 y 80, y autor del libro Tarragona 1936. Terror en la retaguardia).
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