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Moctezuma y Cortés, encuentro en la tercera fase

Por José Alberto Concha
sábado, 21 de marzo de 2026
en Cultura
15 mins read
Imagen: Freepik

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Seis de diciembre de 2025. Ciudad de México. Me coincide aquí la efeméride de la Constitución española del 78 con otra conmemoración: Morena celebra – con la presidenta Claudia Sheinbaum a la cabeza, brillante puesta de escena y multitudinaria participación – los siete años de la 4T en el gobierno federal de la Republica.

Recuerdo otra manifestación, aunque de signo contrario, que también pude contemplar en este mismo espacio monumental de “la ciudad de los palacios”. Era el uno de diciembre de 2006 y, de aquella, los manifestantes del PRD – aún no había nacido Morena-, con su candidato Andrés Manuel López Obrador al frente, protestaban por un supuesto fraude electoral hasta el punto de tratar de impedir la toma de posesión del candidato electo, Felipe Calderón.

Percibo una honda transformación en la marea humana en la que me he visto inmerso en sendas ocasiones. Una diferencia que va más allá, así por lo menos lo veo yo, de las antagónicas motivaciones de las dos movilizaciones (una para apoyar/celebrar; la otra para impedir/denunciar).

Se trata más bien de un hecho que ya había observado Pier Paolo Pasolini en la Italia de los años setenta. Las personas que me cruzo ahora son totalmente “normales”. Quiero decir que, despojadas de banderitas y otros emblemas, podrían estar saliendo de un cine, de la boca del metro o de un centro comercial. La polarización extrema, en la que viven- más bien sobreviven a duras penas- nuestras democracias, no es una fatal consecuencia de las diferencias entre las personas. Es fruto de las ideologías y de las estrategias de poder de los partidos políticos que buscan radicalizar a su parroquia, tanto para elevar su suelo electoral como para beneficiarse del voto cautivo de vehementes hooligans – es altamente significativo que estos sean preferidos a ciudadanos pensantes y críticos que no estén dispuestos a comulgar con ruedas de molino-.

Pero la verdad es que, esa persona anónima del autobús tiene las mismas motivaciones e inquietudes que tú. Solo que puede ser un fascista o un fascista antifascista. Aunque tú no serías capaz de distinguirlo.

Pocos hechos hay tan ejemplarizantes sobre la intoxicación ideológica que el encuentro Moctezuma-Cortés. En República de El Salvador con Pino Suarez todavía se encuentra el Hospital del Niño Jesús, el primero de los fundados por los españoles (1.524)- ¿qué clase de perversos y retorcidos genocidas construirían hospitales para sanar al pueblo que pretenden exterminar? -.

Lo curioso es que Hernán Cortés expresara su deseo de ser enterrado precisamente aquí, en la iglesia de Jesús el Nazareno, contigua a este hospital por él mismo fundado. Un deseo que no se cumplió hasta el 8 de noviembre de 1794 – ¡doscientos cuarenta y siete años después de su muerte en Castilleja de la Cuesta (Sevilla)! – tras verse obligado a repetir en la muerte la odisea trasatlántica de su vida -con al menos, hasta ese momento, cinco inhumaciones con sus correspondientes exhumaciones-.

Pero nunca es tarde si la dicha es buena. Así que, aquel día de noviembre, el virrey Güemes, segundo conde de Revillagigedo, satisface la deuda histórica de La Nueva España con su insigne fundador. Se inaugura un espléndido mausoleo para honrar a Hernán Cortés. Un obelisco de mármol con un altar para guardar los restos del conquistador, en una urna de cristal, bajo un busto de bronce, obra nada menos que de Manuel Tolsá, el escultor y arquitecto valenciano, autor también de la estatua ecuestre de Carlos IV, el célebre caballito, que el genio mexicano ha sabido inmortalizar como vacuna contra la estulticia de las resignificaciones, desmemorias históricas y otros desvaríos, al colocar en su base esta leyenda rebosante de retranca: «México la conserva como un monumento al arte».

Pero volvamos a aquel día de noviembre de 1.794. Un joven y brillante predicador dominico, descendiente de una familia de hidalgos asturianos, conocido como Fray Servando de Teresa de Mier, es el encargado de la homilía. El orador no escatima elogios al efecto civilizador de los españoles por la “destrucción de la idolatría y la abolición de los sacrificios humanos”, al tiempo que contrapone “la evangélica luz portada por Cortés con las «exageraciones» de Las Casas».

¿Por fin había sido rehabilitada la figura del conquistador y sus restos mortales descansarían en paz? ¡Ni mucho menos! Unos años más tarde, el 15 de septiembre de 1823, durante las sesiones del Primer Congreso del México independiente, sus señorías compiten en a ver quien lleva más lejos sus propuestas contra los residentes españoles y los símbolos de la Madre Patria. Lo curioso es que se llevara la palma el mismísimo Servando de Teresa y Mier con un discurso “flamígero” en el que exige llevar los restos de Cortés al quemadero del Hospital de Leprosos de San Lázaro. Claro que, para estas, el predicador ya había cambiado de chaqueta – literalmente colgado (los hábitos) para hacerse independentista y masón-. Previamente, en su afán de despojar de todo merito a la presencia española en América, el ex dominico había llegado a negar la evangelización formulando la peregrina teoría de que esta había sido realizada en el siglo I, nada menos que por Santo Tomás Apóstol – que identificaba con Quetzalcóatl-. De esta manera, la imagen de la Virgen de Guadalupe no estaría pintada en la tilma de Juan Diego, sino en la capa original del dídimo.

Fray Servando es en la actualidad – cosas de la justicia inmanente o del karma que gusta decir hoy- la larguísima avenida en la que los viajeros, camino del aeropuerto, embotellados en el atasco o perdidos en el laberinto de las calles adyacentes por las que pretenden esquivarlo- empiezan a mentar madres lamentándose de que perderán el vuelo. Finalmente, en México, todo acaba resultando marcadamente simbólico.

Volviendo a la tumba de Cortés: al día siguiente del “flamígero” discurso, Lucas Alamán- que compartía la responsabilidad de ministro del Interior con la de apoderado y administrador de los bienes de los descendientes de Cortés- alarmado de que las turbas enfervorecidas pudieran profanar la tumba, decide simular un robo y esconder la urna con sus restos. Para mayor seguridad, lo hace ahí donde piensa que nadie iría a buscarlos, esto es, en la misma iglesia de Jesús el Nazareno pero debajo de una tarima. Además, y para que pudieran ser encontrados en un futuro, cursa cartas selladas tanto a los descendientes de Cortés en Italia como a la embajada española en México (probablemente, también una tercera a la curia metropolitana).

Lo que llama poderosamente la atención es que se estableciera un consenso absoluto en torno a la única medida eficaz para proteger los restos del odio: el secreto. De hecho, el arcano fue celosamente guardado como una cuestión de honor por todos los embajadores españoles, monárquicos y republicanos, de izquierdas y de derechas, hasta que en 1946 José de Benito Mampel, subsecretario del llamado gobierno republicano en el exilio, alcanzara a robar la carta de Alamán. El alto poder simbólico de los restos del conquistador desató toda una tormenta. El diario La Nación titula “Exhumación de los restos de Cortés: bochornosa maniobra de refugiados…México debe honrar y respetar a quien construyó su nacionalidad” mientras que Indalecio Prieto se veía obligado a intervenir denunciando un “escándalo de desmesuradas proporciones” en una serie de artículos en los que denuncia que “mano española ha sido la violadora del secreto; lo confieso con sonrojo, porque a todos nosotros, dada la forma en que los hechos han ocurrido, nos salpica la vergüenza” a la par que ensalza sin ambages la figura de Cortés siguiendo a Salvador de Madariaga: “puede afirmarse, sin temor a torcer los hechos ni un ápice, que Cortés fue el primer hombre que sintió latir en su corazón un patriotismo mexicano”.

El alboroto obligaría a intervenir al mismísimo gobierno federal mediante decreto del 25 de noviembre de 1946. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) se hace cargo de la situación. Confirmada la autenticidad de los restos y, coincidiendo con los 400 años de su muerte (1947), el presidente de México decide que permanezcan, discretamente, en esta misma iglesia. Juegos de palabras de la Historia: un Alamán, Lucas, los oculta; un Alemán, Miguel, los redescubre.

Y es aquí mismo donde sigue enterrado Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, primer marqués del Valle de Oaxaca. Es sorprendente. Nada del enterramiento cuadra con la grandeza histórica del personaje hasta el punto de que pasaría totalmente desapercibido para quien no viniera a derecho. Solo una placa roja, de reducido tamaño, en el lado de la epístola, a buena altura sobre el suelo, con su escudo de armas y letras de bronce: “Hernán Cortés 1485- 1547”.

Pero hay otra circunstancia que hace muy especial este lugar. Algo que pudo determinar la predilección del propio Cortés por el mismo. Un hecho que vuelve a mostrar una carga simbólica brutal. Esta calle, hoy de Pino Suarez, era la antigua Calzada de Iztapalapa, la que se adentraba en Tenochtitlán tras cruzar el puente de Xoloco. Y fue precisamente aquí, el 8 de noviembre de 1.519 para unos, Año Uno Caña para los otros, a la altura de la actual República del Salvador, muro con muro de donde está enterrado Cortés, donde se produjo el fantástico encuentro entre dos mundos, entre dos humanidades que habían quedado separadas miles de años atrás cuando el fin de la glaciación Würm elevara el nivel del mar inundando el “puente” terrestre de Beringia.

Dos hombres extraordinarios representan a cada una de estas humanidades que se reencuentran. Moctezuma y Cortés, Cortés y Moctezuma. Como asevera Juan Miguel Zunzunegui están cumpliendo su cita con el destino: “la cita con el destino más importante de la historia de la humanidad”.

Ambos son auténticos líderes, verdaderos caudillos, ostentan, a la par, potestas y auctoritas: son temidos, respetados y admirados por sus gentes. Los dos son también consumados guerreros que han sabido llevar a sus huestes a la victoria en numerosas ocasiones. Sus gestas son registradas por los cronistas y ensalzadas por los poetas.

Pero no sólo eso. Los dos son seres espirituales. El Huey Tlatoani ha recibido una esmerada educación en el calmécac: ha aprendido historia, a interpretar las pinturas y los glifos, conoce la mitología, la astrología, la religión, la música…; es un poeta, un filósofo…. Moctezuma es un místico in Xóchitl in cuíatl, en “flores y cantos”.

El español no se queda atrás. Ha estudiado en la Universidad de Salamanca, uno de los centros neurálgicos de conocimiento y sabiduría de su época. Encarna el ideal de su tiempo compatibilizando la pluma y la espada. Hernán Cortés no es un aventurero osado e ignorante sino un humanista del renacimiento.

Muy grande, enorme, es la responsabilidad que el destino ha puesto sobre los hombros del Huey Tlatoani y el Capitán General y Justicia Mayor: nada menos que el encuentro de las dos humanidades que ellos mismos representan. Lo realmente extraordinario es que ambos parecen ser conscientes de ello. A pesar de que el encuentro siempre estuvo gravemente amenazado por los extremistas de ambos lados, los dos principales protagonistas consiguen – es un auténtico milagro- preservar su relación durante seis largos meses. De esta manera buscan y encuentran un tiempo – su tiempo- para conversar, satisfacer su mutua curiosidad, avanzar en la comprensión de sus respectivas culturas y también para conocerse a sí mismos, para intimar.

No podemos saber a ciencia cierta qué hay de verdad en la serie de ocho presagios funestos que anunciaron en el Anáhuac el fin del sol de los mexicas. Fueron recogidos por los españoles – eso sí, de testigos directos en náhuatl – cuando los hechos ya se habían cumplido.
En todo caso no es descartable que Moctezuma, en un principio, tomara a los españoles por una encarnación Quetzalcóatl – o cuando menos por enviados del dios-. A fin de cuentas era Año Uno Caña, el señalado por la profecía para su retorno. Lo que es seguro es que un hombre de sus conocimientos tuvo que darle muchas vueltas a la situación. Él mismo había sido sumo sacerdote.

La historia sagrada hablaba del príncipe Ce Ácatl (Uno Caña) Topiltzin Quetzalcóatl. Era contrario a los sacrificios humanos y gobernaba en armonía en una especie de Edén. Pero la historia contaba también su caída: la pérdida de su virtud, engañado por Tezcatlipoca, el Espejo Humeante – que le emborracha con pulque y consigue que profane a su propia hermana-. La historia narraba la derrota, la vergüenza y la huida de Topiltzin Quetzalcóatl en un viaje al este en el que, finalmente, se adentra en la mar en una balsa de serpientes para ascender en el horizonte. Eso sí, prometiendo volver.

Es muy probable que esta narración sea el eco mítico de un conflicto real en Tula entre castas sacerdotales: la de Quetzalcóatl, contraria a los sacrificios humanos, y la de Tezcatlipoca- que acabaría por imponerse-. Moctezuma conoce bien la historia de su propio pueblo. Unas cuantas ataduras de los años atrás, un Año Uno Caña, el chamán del pueblo sin rostro, Huitziltzin, había encendido el fuego nuevo en honor a Huitzilopochtli.

El poderoso dios del sol y de la guerra se había manifestado a la tribu en Aztlán, para concertar una alianza con el hasta entonces “pueblo sin rostro” y convertirlo en el pueblo elegido. A partir de aquí empieza el éxodo de los aztecas: la peregrinación sagrada a una tierra prometida que sería señalada por un símbolo, un águila sobre un nopal devorando una serpiente. Se trata de un símbolo poderoso: “en el árbol de la vida mesoamericano la materia es devorada por el espíritu; serpiente y pluma, los dos elementos constitutivos de Quetzalcóatl; Huitzilopochtli, el dios nómada del desierto, envía al pueblo elegido al sur, a conquistar la civilización con una misión sagrada: la supervivencia del quinto sol; pues solo el pueblo elegido puede alimentar al sol – con sangre- para que siga saliendo cada mañana”.

Pero si un abismo cultural separa a Moctezuma de Cortés, a Cortés de Moctezuma, hay algo, también infinito, que les une: la propia humanidad, su cualidad de personas, esa dotación “estructural” que nos hace humanos; la condición de “hijos”- a imagen y semejanza del Padre- que lleva aparejada la condición de hermanos.

Es el “sentido religioso” que sustenta la “experiencia elemental” de cada persona: la verdad, la belleza, la bondad no se “descubren”, sino que son “reconocidas” como aquello para lo que estamos hechos.

Sin esta dotación estructural – y, ¿por qué no decirlo?, sin mediar causas sobrenaturales- no hubiera sido posible que un puñado de rudos Galileos consiguieran expandir exponencialmente la fe en su líder crucificado. No menos verosímil es que los también doce apóstoles franciscanos consiguieran evangelizar a millones de indios.

Moctezuma y Cortés, Cortés y Moctezuma hablarían, intentando comprender, tender un puente, sobre el abismo cultural que les separaba.
Pero también pudieron reconocerse. ¿Ese Principio del Ser, ese Dios de los españoles no era acaso Ometéotl, “la causa suprema, padre y madre de todo y de todos”? ¿No había construido el gran Nezahualcóyotl, señor de Texcoco, poeta filósofo y humanista, abuelo del propio Moctezuma, un templo a ese Dios desconocido del que no había imagen?

¿Y la obsesión de Cortés y los suyos por abolir los sacrificios humanos? ¡También el mismo Nezahualcóyotl se había opuesto! ¿Y si el sol de Huitzilopochtli había llegado a su término tal y como parecían indicar no solo los presagios sino también los hechos?; “¿Había sido insuficiente sangre o quizá demasiada?”

Lo que contaba Cortés de Jesucristo era justamente lo opuesto a Huitzilopochtli. No eran los humanos los que debían ser sacrificados sino que Dios mismo había enviado a su propio Hijo – no un ixiptla como en la fiesta de Tóxcatl sino realmente su Hijo – que se había entregado a sí mismo para redimir a la humanidad entera- y que seguía haciéndolo de manera milagrosa cada vez que los sacerdotes celebraban el rito de su memoria con el vino y el pan. ¿Qué necesidad había ya de guerras floridas y sacrificios humanos?.

Entre tanto, un nuevo acontecimiento llevaría al límite el desarrollo pacífico – siempre amenazado por los radicales de ambos bandos- del encuentro. Cuauhpopoca, un administrador y recaudador de tributos de Moctezuma, envía a Tenochtitlán la cabeza de un soldado español. Si alguien había creído alguna vez que eran dioses aquí estaba la prueba palmaria de lo contrario.

En el Tlahtocan (consejo supremo) del Huey Tlatoani se revolvían Cuitláhuac, Cuauhtémoc y Cacama. ¿A qué estaban esperando? Una maniobra rápida y decidida y este puñado de apestosos barbudos iría a parar a la piedra de los sacrificios. ¡Que mejor ofrenda para Huitzilopochtli que la sangre y los corazones palpitantes de estos grandes guerreros! ¡Qué mayor demostración de poder que sus cráneos empalados en el Huey Tzompantli!

Cortés no lo tenía más fácil con los suyos. Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid y Alonso de Ávila se revolvían inquietos. ¿Qué hacían ahí rodeados de salvajes? ¿A qué esperaban para hacerse con todo el oro que se pudiera cargar y largarse antes de que fuera demasiado tarde? ¿No era bastante terrible la visión de sus cuerpos desmembrados cayendo escalinatas abajo del Templo Mayor para ser devorados por un tropel de indios furiosos?

Es ya mayo de 1.520 cuando se reciben noticias de la llegada a la costa de la expedición de Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, con el objeto de hacer rendir cuentas a Cortés. Parece ser que el Capitán General y Justicia Mayor pensó en enviar a su lugarteniente, Pedro de Alvarado. Podemos pensar en qué hubiera pasado, cuál hubiera sido el ulterior desarrollo del encuentro, de haber permanecido Cortés en Tenochtitlán. Pero la historia está formada por hechos y los “hubiera” no tienen lugar. Lo cierto es que la situación no resistió la ausencia de Cortés. La violencia se desató y corrió la sangre en un episodio conocido tradicionalmente como la Noche Triste – en la actualidad la efeméride se ha “resignificado” por parte del gobierno de Morena para denominarse la “Noche Victoriosa”-.

La aplastante victoria de los mexicas dejó ya claro que los españoles lejos de ser dioses eran muy humanos. Sangraban como todos y hasta lloraban – la leyenda cuenta que el propio Cortés se habría detenido a llorar junto a un ahuehuete-.

Lo sorprendente es que la derrota no sirviera para minar el poder español sino que reafirmara a la gran coalición en su determinación por librarse del yugo de los mexicas. Guerreros de Tlaxcala, Texcoco, Totonacapan, Xochimilco, Tlatlauquitepec, Huexotzinco, Atlixco, Cholula, Chalco, Azcapotzalco y Culhuacán – junto con menos de mil castellanos- pondrían fin a la gloria del Pueblo del Sol.
Una gloria que apenas habría durado dos ciclos completos de cincuenta y dos años, dos fuegos nuevos, dos ataduras de años hasta este 13 de agosto de 1.521.

Sobrecoge el cumplimiento de la profecía cósmica de Teotihuacán. Aunque esta ciudad comparte con Chichén Itzá, Palenque o Monte Albán el misterio de su destrucción- eran ya ruinas cuando llegaron los españoles y los mexicas se limitaron a reelaborar una cosmovisión prexistente- no deja de impresionar que haya sido precisamente el 13 de agosto cuando el sol de Huitzilopochtli se hundió en su ocaso para siempre. Y es que es precisamente, he aquí el cumplimiento de la profecía cósmica, el día en el que el sol, perfectamente alineado con la escalinata principal, desciende al inframundo por la pirámide principal- conocida como la del sol- de la Ciudad de los Dioses.

Pero no se produjo ningún cataclismo. Un nuevo sol emergió por el este para disipar la oscuridad de la noche. Un sol que alumbraba el nacimiento de una nueva humanidad fruto del reencuentro de las que miles de años atrás habían quedado separadas. La humanidad mestiza, hija y heredera de la civilización occidental, de la gran síntesis cristiana de la antigüedad primero, Grecia y Roma, y del medievo después- a través del gran crisol de culturas que formaron España. Pero, de la misma forma, hija y heredera también de las civilizaciones mesoamericanas, del tesoro precioso de la toltequidad (toltecáyotl), un oro más valioso que todo que pudieran haberse llevado los españoles, primero, y los gringos, después.

El sol brilla alegre sobre el cielo de México en este diciembre de 2025. Compite en belleza con los más hermosos días de primavera en AsturiasEn este cruce de Pino Suarez con República de El Salvador la ciudad ebulle rebosante de actividad. Las banquetas (aceras) están ocupadas por los puestos de los ambulantes y, solo saltando sobre las mantas y esquivando los tenderetes, consigo alcanzar el mural que recuerda el encuentro en la tercera fase. Otra vez, la realidad se convierte, aquí en México, en un poderoso símbolo de sí mismo.

A fin de cuentas, este sol que brilla pacíficamente ha estado amenazado desde el primer amanecer, desde que Moctezuma y Cortes, Cortés y Moctezuma, cumplieran aquí, en este mismo sitio, con su cita con la historia. Se asemeja, por tanto, al reino de los cielos: desde un principio sufre violencia y los violentos lo arrebatan.

Pero este nuevo sol, amenazado y todo, también otorga una certeza: “Juanito, Juan Dieguito… (…) Hijito mío, el más pequeño de mis hijos… (…) ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”

Estoy seguro de que el Huey Tlatoani y el Capitán General y Justicia Mayor nos observan complacidos. El mestizaje material, cultural y espiritual es un hecho. En él se manifiestan “encarnados”, plenos de colorido y de musicalidad, resplandecientes de belleza y de verdad, los versos eternos de Nezahualcóyotl: “Amo el canto del cenzontle…pero amo más a mi hermano, el hombre”.

José Alberto Concha es escritor y empresario astur mexicano

 

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