Seguramente como un vestigio antropológico de la época de dominio cartaginés en Cerdeña, persistía una tradición relacionada con la muerte, que se practicó en el norte de la isla hasta mediados del siglo XX. La cultura cartaginesa, que era muy tanática y su máxima deidad estaba representadas por Baal Hammon que exigía sacrificios humanos, dejó esa costumbre que consistía en una anciana vestida totalmente de negro, con un velo también negro que le cubría la cara menos los ojos, a la que llamaban La Acabadora (Agabbadòra), porque era la encargada de acabar con la vida de los enfermos moribundos a los que se consideraba incurables, para aliviarles del dolor y procurarles la muerte de una forma rápida.
Cuando una familia sarda se encontraba en esa situación, acudía a las acabadoras que realizaban su siniestro cometido de una forma gratuita. Cuando se acordaba su intervención, que era siempre de noche, la familia procedía a tapar o a retirar todos los crucifijos e imágenes religiosas que había en la habitación del enfermo, depositando un yugo al lado de la cama, para luego abandonar la casa dejando la puerta abierta. Era entonces cuando aparecía la acabadora con su siniestro semblante, provista de una maza de madera con forma de T, que cogía el yugo, lo ponía en la nuca del enfermo que estaba boca arriba, para parle un golpe seco en la cabeza, que al margen del traumatismo craneal, lo dejaba desnucado.
Ante la ausencia de médicos en esos pueblos del norte de Cerdeña, curiosamente las acabadoras ejercían también de comadronas, complementando de esta forma el ciclo de la vida. Con la llegada del cristianismo esta práctica fue considerada aberrante, y las autoridades hicieron lo que estuvo en su mano para acabar con esta siniestra tradición.
A propuesta del PSOE, Unidas Podemos y con el apoyo entusiasta de Ciudadanos, PNV y el resto de partidos nacionalistas, en Estaña está a punto de aprobarse la llamada Ley Orgánica de regulación de la eutanasia, que de una forma edulcorada, con el consentimiento del paciente, viene a sustituir a la acabadora que entra por la noche en la habitación del enfermo, por un médico que en vez de llevar en la mano una maza, lleva una inyección letal para “solucionar el problema de una forma rápida”. Aunque cambien los medios de esta siniestra práctica, los principios morales y éticos son los mismos, y si nos apuramos y nos ponemos en plan permisivo, todavía tenían más justificación las acabadoras que no podían mitigar el dolor salvo con su maza, que los médicos actuales que tienen todos los medios que les ofrece la medicina moderna, para evitar que su paciente sufra.
El problema que confieren este tipo de leyes que traspasan el umbral que impone la ética humana, es que como ha ocurrido con la ley del aborto o la ley de adopción, con las sucesivas reformas cada vez se van ampliando los supuestos, pasando en el caso de la eutanasia, por el consentimiento del enfermo, hacia el consentimiento único de los familiares, para acabar en el futuro con una simple decisión de los facultativos. Llegados a este punto nos puede pasar lo que ya está ocurriendo en Bélgica, Holanda o Luxemburgo, donde los ancianos procuran buscarse residencias en Francia, con una ley mucho más restrictiva, para evitar que sus hijos actúen a la sarda, compinchados con médicos acabadores.
Juan Carlos Segura Just
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