La segunda vuelta de la recién terminada temporada dejó mucho que desear sobre el terreno de juego. El juego desplegado por el equipo estuvo lejos de convencer a nadie, ofreciendo un rendimiento pobre y plano y una desastrosa racha de dieciocho partidos sin ganar. Sin embargo, la respuesta de la afición blanquiazul fue radicalmente opuesta a la apatía del césped, llenando la grada visitante en casi cada desplazamiento.
Ni la asfixia de la deuda económica, ni el denominado «fútbol-piedra» ni una posición mediocre en la tabla frenaron a los seguidores. Centenares de pericos fieles sacrificaron sus fines de semana para recorrer kilómetros y arropar al equipo sin condiciones. Esta respuesta masiva en los estadios rivales es la mayor evidencia de la vitalidad de una institución que se niega a rendirse.
El club se mantendrá en pie mientras quede un solo espanyolista dispuesto a dar guerra. Las ganas de resistir, luchar y defender este escudo forman parte de un ADN blanquiazul grabado a fuego. Es un sentimiento de resistencia que se crece ante las dificultades y que encuentra su razón de ser en el orgullo de sus seguidores.
La afición del Espanyol representa el bastión que garantiza la pluralidad del fútbol catalán frente al pensamiento único deportivo dominante. Lejos de apagarse por los malos resultados, la mejor afición de Cataluña demuestra estar cada vez más viva. El espanyolismo sigue adelante, combativo y con muchas ganas de seguir molestando.
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