Repetir año tras año consignas como «con salvarnos tenemos suficiente» o «firmo no pasar apuros» condiciona negativamente el rendimiento del Espanyol. Este conformismo arraigado en la grada acaba calando en los jugadores y en el cuerpo técnico, quienes terminan compitiendo con la justa intensidad para asegurar la permanencia sin buscar metas superiores.
Lejos de vender humo, la realidad social y estructural del club exige otra mentalidad. Por historia y masa social, el Espanyol debería disputar competiciones europeas dos o tres veces cada década y alcanzar una final cada docena de años, un estándar que ya se demostró posible durante el mandato de Daniel Sánchez Llibre con tres finales y dos títulos.
La superación de la grave crisis financiera causada por el últimos descenso a Segunda abre una nueva etapa de estabilidad. Por ello, la frase «somos el Espanyol» debe dejar de ser sinónimo de resignación ante la modestia para convertirse en una declaración inequívoca de ambición y competitividad en cada partido.
Esta exigencia debe trasladarse de inmediato al compromiso de la plantilla y de los técnicos. Quienes consideren a la entidad un simple «trampolín» o un paso intermedio demuestran una falta de respeto hacia un club que realiza un esfuerzo financiero notable, devaluando una imagen que se debe proteger a toda costa.
Construir un futuro sólido requiere erradicar actitudes que empequeñezcan a la institución. La exigencia colectiva, tanto desde la grada como sobre el terreno de juego, es el único camino para consolidar al RCD Espanyol en el lugar de relevancia histórica que le corresponde.
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