
¿Hay esperanza para derrotar al nacionalismo?
Existe poca esperanza, pero no por lo que yo veo con respecto a las filas nacionalistas, sino a las constitucionalistas. Mi conclusión es que no te puedes fiar de los políticos, que son los que tendrían la posibilidad de cambiar las cosas. Ni siquiera es una observación subjetiva, es objetiva. Si miras la cronología de cómo ha avanzado el nacionalismo, tanto en Cataluña como en el resto de España, la conclusión a la que llegas es que no puedes tener ninguna confianza en los que dirigen los partidos, independientemente de su adscripción ideológica.
En el libro denuncias la inoperancia del Gobierno de España a la hora de combatir en el extranjero la propaganda secesionista. ¿Por qué se ha producido, por mala fe, por ineptitud?
Por una mezcla de desidia, incompetencia, ignorancia e inocencia. Siempre he tenido la sensación, como catalán, y he vivido muchos años en Madrid, que en el resto de España el tema de Cataluña no se entendía. Había pocos interlocutores que supieran realmente de qué iba el tema. Y de esos pocos a muchos de ellos les faltaba información. Los que no han respirado Cataluña no la comprenden del todo.
¿Cómo una diplomacia tan antigua, tan fajada en siglos de historia, ha sido tan poco eficaz?
Lo único que se ha producido es una respuesta coyuntural de personas concretas, que podían hacer cosas en su ámbito y que decidieron que no podían quedarse de brazos cruzados, pero no ha habido una política de Estado. Hay muchos ángulos, muchos elementos para averiguar por qué no ha habido una respuesta coordinada desde la diplomacia española.
Uno de ellos es que desde la administración se ha perdido el pulso nacional. Y esto es el reflejo de lo que pasa en España a nivel social, que hay una desmovilización patriótica. También hemos sufrido, y no es una expresión mía, las disfunciones de la administración exterior en el tema comunicativo. Moncloa, Exteriores y los diplomáticos que están en cada una de las embajadas han rivalizado y se han entorpecido unos a otros, lo que ha restado efectividad a tener una estrategia clara y definida.
En base a las entrevistas que he hecho para el libro se refleja que esta situación no es nueva, viene de antiguo. Por eso la diplomacia española carburaba razonablemente bien mientras el camino fue llano, pero cuando llegaron las curvas y la cuesta arriba empezaron los problemas serios.
¿Cómo puede ser que solo tengamos en torno a poco más de una veintena de consejeros de información en las legaciones cuando se está lidiando la batalla de la opinión pública? En aquellos países que no son de los más importantes, como los Balcanes, Europa del Este o los bálticos, que de naturaleza simpatizan con la causa del nacionalismo catalán, allí no había un profesional en las embajadas que se dedicara a despejar balones.
En el libro detallas como en una reunión el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, te da la razón sobre la falta de operatividad de la respuesta de la diplomacia española en temas de comunicación, para combatir la propaganda secesionista. Y con Carmen Martínez Castro, su persona de confianza en temas de prensa, delante. ¿Qué papel jugó Martínez Castro en esta película?
Es la ideóloga de la política de perfil bajo. Ella me contó que había sido una decisión deliberada, porque entendían que entrar al trapo ayudaba a la internacionalización del ‘procés’, que era lo que los independentistas querían.
Ante eso hice dos reflexiones. La primera es que si aceptamos que es una estrategia que podía ser válida, ¿por qué el Gobierno de España no hizo pedagogía en Cataluña? ¿Por qué no dio la batalla del relato a los separatistas, para desmontar su propaganda en Cataluña? Tengo la convicción que muchos catalanes se subieron al carro del ‘procés’ porque desde el Estado nadie desmentía las mentiras del nacionalismo.
La segunda es que cometieron un error enorme al creer que los gobiernos que tenían que postularse con respecto a la crisis catalana solo iban a estar impactados por lo que el Gobierno de España pudiera decir. Y no tuvieron en cuenta el impacto que las opiniones públicas de cada país podían tener sobre sus respectivos gobiernos. Por ejemplo, el Ejecutivo británico no se pudo sustraer al sentir de sus ciudadanos, sobre todo tras difundirse las imágenes de las cargas del 1 de octubre.
En el libro detallas la red de militantes y voluntarios que ha creado el secesionismo en el exterior, de gente que trabaja de manera desinteresada por la independencia. Pero también relatas cómo un buen número de españoles constitucionalistas, tanto fuera como dentro del país, han trabajado para combatir la propaganda separatista en el exterior. ¿Crees que han hecho más estos ciudadanos de a pie que la diplomacia española?
Sin duda. En el libro comparo esa labor impagable, que hicieron miles de catalanes y de ciudadanos del resto de España que están en el extranjero, preocupadísimos por lo que estaban leyendo en la prensa local de sus respectivos países de residencia, con la estrategia de perfil bajo adoptada por el Gobierno español.
Estos españoles de a pie se organizaron porque la diplomacia española no estaba contrarrestando el relato secesionista. Desde las antenas de Societat Civil Catalana por todo el mundo, como otros muchos, como el Foro de Profesores y un grupo creado en Bruselas que con cero recursos, en su tiempo libre, y por puro patriotismo, se organizaron para neutralizar la propaganda nacionalista.
Ellos, con su esfuerzo, han conseguido, si no cambiar la percepción por parte de la prensa internacional, sí que muchos medios se sientan más vigilados y que contrasten más las afirmaciones del secesionismo.
¿Cuál fue el papel de los corresponsales extranjeros en España?
Los corresponsales extranjeros en España tienen bastante culpa de la difusión del relato secesionista en el exterior. Está claro que el Gobierno de Rajoy no les facilitó el trabajo, ni siquiera a la hora de dar una versión alternativa a la que vendía la propaganda independentista. Pero yo estuve diez años en China e hice mi labor sin ni una sola ayuda de los mandatarios de ese país.
Algunos corresponsales compraron el relato secesionista sin contrastarlo, como cuando hincharon las cifras de heridos tras las cargas policiales del 1 de octubre. Y omitieron hechos transcendentales del ‘procés’, que las opiniones públicas internacionales deberían haber sabido, como las violaciones a la legalidad que los partidos independentistas cometieron en los plenos del Parlament del 6 y el 7 de septiembre de 2017.
Por no decir que no tuvieron en cuenta que Cataluña no era una piña que clamaba por la independencia, sino que es una sociedad dividida en esta cuestión, tal y cómo se visualizó en las manifestaciones constitucionalistas multitudinarias del 8 y el 29 de octubre de ese año.
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