Es asombroso constatar como la II República Española, y en especial el Frente Popular, sigue siendo hoy objeto de reivindicación y es un referente para la izquierda. Nos la presentan, reescribiendo o falsificando la historia, como un régimen modelo de democracia, pluralismo y libertad.
Nada más lejos de la realidad. Es cierto que su proclamación pudo generar inicialmente, en amplios sectores sociales, gran entusiasmo y esperanza, que en algunos casos se verían muy pronto defraudados; también suscito en otros, desde el principio, desazón y dudas más que fundadas sobre su pretendida legitimidad democrática, porque su proclamación se había producido después de unas elecciones municipales (en las que por cierto la conjunción republicano-socialista, fue mayoritaria en las grandes ciudades pero minoritaria en el ámbito rural y en el conjunto del país) y no fue fruto de la designación de diputados para Cortes. Por esta razón, hubo quien la consideró de facto producto de un golpe de Estado.
De todas formas, y aunque al principio, algunos bienintencionados intentaron introducir elementos que modernizaran la sociedad española, no se puede ocultar que por el gran sectarismo y el radicalismo que la caracterizó acabó convertida en una época oscura, en una inacabable tragedia, plagada de aspectos negativos de una enorme gravedad. Para empezar, la Constitución de 1931 se redactó pensando básicamente en las izquierdas, como si las derechas no tuvieran apenas derecho a nada. Fue una Constitución de revancha; no de consenso, ni político, ni social.
El PSOE y los nacionalistas catalanes guardaron al principio las formas democráticas, pero se echaron pronto al monte, sólo hay que ver la que montaron contra la propia legalidad republicana en la conocida como Revolución de Octubre de 1934 (en Cataluña, Companys proclamó el Estat Catalá, rompiendo así con el Estatut d’Autonomia de 1932 y se sitúa en total rebeldía frente al legítimo gobierno de España. En Asturias la insurrección armada de la izquierda provocó casi 1.300 muertos, entre religiosos, civiles y miembros de las fuerzas de seguridad y militares); todo ello después, de la victoria electoral de las derechas (noviembre de 1933) con la CEDA de Gil Robles a la cabeza que posibilitará el Gobierno de Lerroux en diciembre de 1933. Pese a la claridad de la victoria, las izquierdas no aceptaron en absoluto el resultado electoral.
La 2ª República y la violencia
La 2ª República no fue para nada un régimen caracterizado por la concordia y paz social, todo lo contrario, la violencia (con más de dos mil muertos en las calles), las continuas huelgas, la persecución religiosa y los innumerables conflictos estuvieron a la orden del día. No hubo libertad religiosa y la libertad de expresión también conoció importantes limitaciones, con leyes como la de Defensa de la República o la de Orden Público se cerraron diarios y se condicionó con estas claramente a la prensa.
Fueron habituales los fraudes electorales. Según diversas investigaciones, como la más reciente y rigurosas de los historiadores Roberto Villa Garcia y Manuel Álvarez Tardío (‘1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular’. Madrid, Espasa, 2017), sin el fraude y la violencia el Frente Popular no hubiera ganado las elecciones de 1936. El líder socialista, Largo Caballero dirá en la campaña electoral: “Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”(10 de febrero de 1936, en el Cinema Europa de Madrid). El hecho es que se fueron dando pasos agigantados hacia su autodestrucción y hacia la guerra civil,
Ortega y Gasset, ya el 9 de septiembre de 1931, todavía en pleno debate constitucional, en el diario ‘El Sol’ publicó un importante artículo en el que advirtió que la República no funcionaría mientras no se desterrara la palabra revolución que tanto gustaban de usar los izquierdistas. Y lo terminó con las siguientes palabras: “Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: ¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo”.
En un sentido similar se pronunciarán, como veremos, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, ambos considerados como «los padres espirituales de la República» que poco antes habían impulsado el manifiesto «Al servicio de la República». Y el propio Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República Española (entre 1931 y abril de 1936) que era del partido liberal-demócrata, había dicho en esos meses que insistir en quitarle derechos fundamentales a los cristianos y perseguir a la Iglesia era planear una “Constitución para una guerra civil“. Pues, fue una Constitución eminentemente antirreligiosa.
El propio Azaña en sus diarios, hablando de las políticas de los republicanos de izquierda dirá : Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta»; y tratará a sus correligionarios de: «obtusos», «loquinarios», «botarates», «gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta», insufrible por su «inepcia, injusticia, mezquindad o tontería”.
Por su parte, Pérez de Ayala, dirá: “Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a sus pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Nunca pude concebir que hubieran sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza”; “En octubre del 34 tuve la primera premonición de lo que verdaderamente era Azaña” Y acabó calificando la República de “infierno”.
Y Gregorio Marañón escribirá: “¡Qué gentes! Todo es en ellos latrocinio, locura, estupidez”; “Bestial infamia de esta gentuza inmunda”; “Tendremos que estar varios años maldiciendo la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales, y aún no habremos acabado. ¿Cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado?”; “Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España. Sin quererlo siento que estoy lleno de resquicios por donde me entra el odio, que nunca conocí. Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos”. Salvando las distancias, ¿pueden algunos de estos comentarios ser extrapolables a la España actual ?
Salvador Caamaño Morado (autor del libro: Tarragona 1936. Terror en la retaguardia).

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