Ser del Espanyol en el RCDE Stadium se ha convertido en un acto que roza lo religioso. Para muchos seguidores, acudir al templo blanquiazul no es una búsqueda de espectáculo futbolístico, sino un ejercicio de pertenencia. Ante la falta de continuidad en el buen juego durante los últimos años, la grada ha priorizado su identidad como comunidad por encima de los resultados.
Cada quince días, los feligreses pericos cumplen con un precepto que va más allá del césped. La jornada sigue un ritual marcado: el saludo a los rostros habituales, el himno con las bufandas al viento y el emotivo aplauso en el minuto 21. Es una misa laica donde la Grada Canito pone la banda sonora y los asistentes reafirman su fe blanquiazul, independientemente de si el equipo ofrece un juego inexistente o si el planteamiento técnico no convence.
La lealtad del núcleo más fiel es incombustible. No importa si «el sacerdote» —el entrenador de turno— no acierta con el sermón táctico; la voluntad de volver al estadio permanece intacta. Sin embargo, el entorno reconoce que la falta de un fútbol «electrizante» dificulta la llegada de nuevos creyentes. Aunque la fe no flaquee entre los veteranos, el club necesita recuperar ese «algo más» sobre el césped para que el apostolado blanquiazul siga sumando adeptos para su causa.
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