Hay momentos en los que el deporte trasciende lo meramente competitivo para convertirse en una declaración colectiva. El próximo martes 31 de marzo es uno de esos momentos. El partido entre las selecciones masculinas de España y Egipto en el RCDE Stadium no es solo un encuentro amistoso. Es, sobre todo, una oportunidad.
Una oportunidad para demostrar algo que algunos se empeñan en negar desde hace años: que en Cataluña hay una parte muy significativa de la sociedad que siente, apoya y se emociona con las selecciones de nuestro país. Que existe una Cataluña plural, diversa y alejada del relato monocorde que ciertos sectores han intentado imponer como única realidad.
Durante demasiado tiempo, se ha querido proyectar la imagen de que la selección española es poco menos que una invitada incómoda en tierras catalanas. Que jugar aquí es casi un acto de provocación. Que el sentimiento de pertenencia a España es residual o inexistente. Pero basta con rascar un poco —o, mejor aún, basta con llenar un estadio— para desmontar esa ficción.
El fútbol, como fenómeno social, tiene una capacidad extraordinaria para reflejar lo que realmente ocurre en la calle. No en los despachos, no en los discursos oficiales, no en las consignas interesadas. En la calle. Y en la calle catalana hay miles, millones de personas que disfrutan viendo a la selección española, que celebran sus victorias y que sienten como propios sus colores.
Por eso, llenar el RCDE Stadium el 31 de marzo no es solo una cuestión deportiva. Es un acto de normalidad. De pura y simple normalidad. Es decir, sin complejos y sin necesidad de pedir permiso: aquí estamos, y también somos parte de esto. No se trata de confrontar, ni de imponer, ni de generar ninguna polémica artificial.
Se trata de visibilizar una realidad que ha sido silenciada o minimizada. Porque el problema no es que exista un sentimiento independentista en Cataluña —eso es evidente—, sino que se haya querido invisibilizar a quienes no lo comparten. Y el deporte, en este caso, puede ser el mejor altavoz para romper ese silencio.
Habrá quien intente restar importancia al evento. Quien diga que es solo un partido amistoso, que no hay nada en juego, que no merece la pena. Pero precisamente ahí radica su valor. Porque cuando no hay títulos ni clasificaciones en disputa, lo que queda es el sentimiento. Y el sentimiento, cuando es auténtico, no necesita excusas.
Llenar el estadio será, también, una forma de enviar un mensaje claro a las instituciones deportivas. Durante años, Cataluña ha sido apartada o utilizada con cautela en la planificación de partidos de la selección. Como si fuera un territorio incómodo, imprevisible o incluso hostil. Demostrar lo contrario con hechos —no con palabras— puede cambiar esa percepción.
Porque Cataluña no es una realidad uniforme. Nunca lo ha sido. Es una tierra de contrastes, de identidades múltiples, de sensibilidades diversas. Pretender reducirla a una única visión es, además de injusto, profundamente erróneo. Y actos como el del próximo 31 de marzo ayudan a recordar esa complejidad.
Habrá familias que acudan juntas, amigos que compartan la experiencia, niños que vean por primera vez a sus ídolos en directo. Habrá camisetas, banderas, cánticos. Habrá emoción. Y todo eso, en sí mismo, ya es una victoria. Una victoria de la convivencia, de la pluralidad y de la libertad de sentirse como cada uno quiera.
No deja de ser significativo que algo tan sencillo como ir a ver un partido de la selección española en Cataluña tenga, todavía hoy, una carga simbólica. Pero es así. Y precisamente por eso, conviene no desaprovechar la ocasión. El RCDE Stadium debe llenarse. No por obligación, no por consigna, sino por convicción. Porque hay ganas. Porque hay afición. Porque hay una parte de Cataluña que quiere decir, sin estridencias pero con claridad, que también se siente representada por la selección española.
Y ese mensaje, dicho con naturalidad y respaldado por miles de personas en las gradas, vale más que cualquier discurso. El martes 31 de marzo no se juega solo un partido. Se juega, en cierto modo, la visibilidad de una realidad que ha sido demasiado tiempo ignorada. Y la mejor manera de ganarlo es sencilla: ocupando cada asiento, llenando cada rincón del estadio y disfrutando, sin complejos, de lo que siempre ha sido el fútbol. Un espacio de encuentro.
Porque al final, más allá de ideologías y debates, hay algo que no debería discutirse: el derecho de cada ciudadano a sentir y apoyar lo que quiera. Y ese día, en Cornellà, muchos tendrán la oportunidad de ejercerlo. Que se note. Que se vea. Que se llene.
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