Cada vez que Dolça Catalunya emplea el término «Catadisney» (neologismo creado por dicho digital en sus atentas y prolíficas publicaciones), la evocación resulta inevitable. En efecto, «Disneylandia es un modelo perfecto de todos los órdenes de simulacros entremezclados». Así lo señaló allá por 1978 Jean Baudrillard en su «Cultura y simulacro», obra que junto a la coetáneo «La condición postmoderna», de Jean-François Lyotard, señaló asimismo la epifanía de estos tiempos que siguen conjugándose en presente, los de la postmodernidad precisamente.
«Disneylandia con las dimensiones de todo un universo extrañamente parecido al original», donde «las cosas aparecen dobladas por su propia escenificación». Y sin embargo, advierte, «este doblaje no significa una muerte aparente, pues las cosas están en él ya expurgadas de su muerte; mejor aún, más sonrientes, más auténticas bajo la luz de su modelo, como los rostros de las funerarias». Y cabe notar que Baudrillard no se refería sólo a las atracciones. El ejemplo le servía para apuntar el advenimiento de lo postmoderno, valga la redundancia.
Otras muchas imágenes de aquel Baudrillard evocan igualmente las del «procés». Como en Disneylandia, que en su original recreaba a los Estados Unidos en sus idealidades nacionales y mitos de masas, (el Far West, Hollywood, la conquista del espacio…): la calidez e incluso la ternura de las multitudes magnetizadas, canalizadas en su fluir por tan emblemático recinto y, respecto a las imágenes del «procés», qué no decir del travelling colosal de la denominada «Via catalana», o las coreografías de masas en sucesiva sobrexposición y autocomplacencia.
Las masas magnéticas que absorben, consumen y si acaso reflejan, sin generarlas de por sí, las energías que se les inyectan, los incesantes flujos de signos en las redes sociales, como las llaman, y los media con sus correspondientes pantallas. Aunque Baudrillard, por fallecido en 2007, se quedó bastante al principio de todo esto. seguro que le sacaría punta a que les llamen «redes sociales». Lo social, en ellas y sus simulacros, resulta cuanto menos irónico. Aplíquese también a lo del «procés», si tal que así pareciera asimismo.
Unas páginas más allá, en el mencionado libro y en la misma exposición, Baudrillard no sólo anticipó el fenómeno de la telerrealidad y sus reality-shows. Incluso lo describió con detalles precisos y el debido análisis, tal cual emergió después en las pantallas, y en esta Catadisney, por ir a a la anécdota del lugar concreto, alcanza ahora, también en lo local, a los avatares de la familia Mainat-Dobrowolski. Porque todavía estaba por inventar, apenas pudo citar el inidicio precursor de una teleserie de dibujos animados, «La Familia Loud», estrenada en 1971.
Desde antes que el «procés», o de los reality-shows, existe pues lo que cabría denominar la «Teoría del simulacro». En ella, la simulación es más que ficción. La adscribe a la condición de «hiperrealidad»: Lo más real que lo real que, por la simple lógica del silogismo, cae en los abismos de la irrealidad hasta el extremo de constatar, en la visión distópica de Baudrillard, la muerte de lo real, y con ella la de lo social, lo económico y por tanto lo político. Todo ello a verificarse en este mundo de extenuación de signos, redes y sus consiguientes pantallas.
El libro, «Cultura y simulacro» cuya traducción publicó Kayrós en 1984, ni siquiera se puede encontrar en Amazon. Aún así, además de oportuno quizá al caso, es bello. Valga recordar que se inspira, como apunta, en un cuento de Borges, «Del rigor en la ciencia». Su historia es la de un mapa a escala 1:1 con el que un emperador cubrió sus dominios, como muestra de poder claro está. Y, sirva de optimismo. aquel mapa acabó en jirones y podredumbre sobre lo real, y por tanto vital, del vasto espacio que suplantó. La poética de las ruinas, también.
Ni que sea por la emergencia de lo real bajo el simulacro, tal vez contagien optimismo a los críticos o adversarios respecto al «procés», las noticias sobre la Operación Voloh en curso entre cuartelillos y juzgados. Baudrillard, fascinado por lo barroco, también por Gracián pero sin llegar al extremo de la castiza picaresca patria, no llegó a alcanzar tales fondos, los bajos fondos, donde las ideologías, fundamentales en las seducciones que alientan sus simulacros, rentabilizan la propaganda y las «relaciones» a costa de dinero público, lo político en crudo.
Pero en un punto, por lo menos, quizá se acercó a ello. Radica en las crisis, catástrofes por donde lo real, sea nostalgia e imagen, resurge ante el simulacro. «Guardémonos en tomarlas como irreales o como inofensivas (a las crisis económicas y sociales)», avisa. «Al contrario», explica, «es en tanto que sucesos hiperreales, no teniendo contenido ni fines propios, pero refractados los unos por los otros (…) es en tanto que tales que llegan a ser incontrolables para un orden que solo puede ejercerse sobre lo real y lo racional, sobre causas y fines».
El poder, el capital en el decir postmarxista de Baudrillard, «es quien primero ha jugado la baza de la disuasión, la desterritorialización, la desconexión, etc.». Y añade: «Él es quien primero lo liquidó (al principio de realidad frente al de placer, en el concepto de Freud) con la exterminación de todo valor de uso, de toda equivalencia real de la producción y la riqueza, con la sensación que tenemos de la irrealidad de las posibilidades y la omnipotencia de la manipulación». En las crisis, y la de ahora es considerable, caben todos los lamentos.
¿Qué hacer?, que se preguntó aquel Lenin, lumbrera de la táctica entre los suyos. En la operación Voloh, quizá Oriol Soler, entre lo más inteligente de su círculo, le haya leído. Del caos a la toma del poder, fue entonces un paso. Pero aquél aún era un mundo real, o por lo menos como a tal le apelaban discursos y retóricas. Ahora, el «estado mayor» del procés se jacta de moverse como pez en el agua por la redes cibernéticas en la tramoya del simulacro baudrillardiano, y por los despachos en más prosaico, para ante todo meter mano en la caja.
En las crisis, la aún moderna tradición liberal, después democrática, que aquí se ha dado en llamar constitucionalismo, la libertad regulada por la ley, tendía a responder con programas de gobierno, uno de ellos el de Keynes con los liberales (tories) de Sinclaire y Lloyd George, y a menudo, con gobiernos de concentración, grandes coaliciones, y sus pactos sociales. Ahora en Catalunya, sin embargo, casi ni se considera tal cosa. Apenas Ciutadans, muy en testimonial. Será, quizá, por efecto de la postmodernidad y los simulacros de sus paisajes.
Por mucho que Baudrillard, abocado él a la postmodernidad, no creyera en ello, y no falten tampoco razones para su escepticismo, puede que no haya más de otra que contemplar el réquiem por la industria turística española, y en particular catalana, en el que desde hace meses abunda la prensa alemana, o las ayudas con que Macron ha dotado la reconversión a lo eléctrico en su industria automovilística y, en plena pandemia, la incapacidad del sistema hospitalario y asistencial en Catalunya, más grave en la Catalunya interior que en Barcelona.
Baudrillard, aquí simple pretexto, contrapuso a Disneylandia la desolación de su parking, al que comparó con los campos de concentración: El lugar donde la ensoñación o el simulacro se desvanecen, pese a que siempre quede el coche como último y gran gadget. En la noria de Catadisney, al hámster independentista y su «ho tornarem a fer» le persigue el del «si tú no votas, lo volverán a hacer». Suena a la teoría de los campos, de significado y poder en Bourdieu, otro postmoderno. Apetece apearse, e intentar ver más allá, incluso del parking.
Josep Ache
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