Desde hace unos años, el RCDE Stadium es escenario de un fenómeno tan singular como esperanzador. A pesar de transitar deportivamente lejos de los puestos de honor, el campo registra unas entradas extraordinarias y, jornada tras jornada, vemos cómo la asistencia roza los treinta mil espectadores. Una cifra notable que merece un análisis detallado sobre el estado de salud de la masa social perica.
Es evidente que los factores económicos explican una parte de esta bonanza. Un abono competitivo — los hay en los goles por unos 350 euros— permite a muchos aficionados disfrutar de media docena de encuentros ante los transatlánticos de la categoría, complementados con el resto del calendario. Sin embargo, reducirlo exclusivamente a una cuestión de tarifas sería simplificar la realidad.
La verdadera clave reside en un cambio profundo que se percibe a pie de calle. En los últimos años, la proliferación de símbolos blanquiazules en las calles, en las escuelas y en el propio estadio se ha multiplicado de forma exponencial. Llevar una camiseta del Espanyol ha dejado de ser una excentricidad o una rareza en Cataluña para convertirse en un hecho cotidiano y orgulloso.
Algo está cambiando en el tejido social catalán. Mientras la politización absoluta de otros referentes futbolísticos cansa a sectores crecientes de la población, el sentimiento perico se erige a menudo como un espacio de convivencia y tolerancia frente a las corrientes de uniformidad. Este arraigo transversal despierta simpatías latentes en muchos ciudadanos que buscan un refugio deportivo apacible.
El gran riesgo, sin embargo, es la inacción institucional. Estamos ante una oportunidad magnífica que se corre el peligro de desaprovechar. Si el club es capaz de rozar los llenos estando instalado en la mediocridad clasificatoria, ¿qué techo de asistencia y comunión alcanzaríamos con un par de temporadas exitosas y un proyecto deportivo ambicioso?
Si la propiedad diera el paso definitivo y apostara por dotar a la entidad de la competitividad que su gente merece, el sueño de un club poderoso dejaría de ser una quimera. Los aficionados ya cumplen su parte partido a partido; ahora le toca a la dirección estar a la altura de una hinchada que demuestra, cada fin de semana, que el sentimiento blanquiazul está más vivo que nunca.
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