Una vez más, el lobby mediático y separatista relacionado con el entorno perico ha conseguido imponer su ley. Lo ha hecho gracias a la cobardía endémica que ya viene de la etapa del consejo de administración de Chen Yansheng y que Alan Pace mantiene hoy sin tocar ni una sola coma. Es el triunfo de unos pocos que imponen su particular «ley del terror»: presionar año tras año para que el club acuda institucionalmente a la Diada y la felicite públicamente, mientras imponen un veto flagrante a la hora de tener el mismo gesto con el 12 de octubre, Fiesta Nacional de España.
A la directiva perica actual —al igual que a las anteriores— le da exactamente igual la pluralidad de su masa social. Prefieren plegarse a las exigencias del minoritario sector independentista, que, aunque cuenta con escaso respaldo social en la grada, dispone de multitud de terminales mediáticas para hacer ruido. Para no enfadar a esos altavoces de la línea editorial separatista, el club opta por lo más cómodo: ignorar y despreciar la Fiesta Nacional.
Como ocurre habitualmente, la distancia entre quienes comen canapés en el palco y la afición que sufre en la grada es abismal. Lo que en la calle y entre los pericos se vive con absoluta naturalidad —la convivencia pacífica del orgullo autonómico y el sentimiento nacional— se transforma en un tabú insuperable para unos directivos atemorizados por lo que puedan decir de ellos en determinadas emisoras de radio locales.
Si el club considera oportuno felicitar la Diada y participar activamente en la ofrenda floral ante el monumento a Rafael Casanova, lo mínimo coherente y respetuoso con su afición sería felicitar también el 12 de octubre. Sin embargo, en la Cataluña hegemonizada por el nacionalismo, resulta mucho más fácil esconder la cabeza bajo el ala y dar la espalda a los miles de pericos que nos sentimos orgullosamente españoles.
Mientras la directiva persista en esta actitud pusilánime, no dejaremos de denunciar un comportamiento que resulta intolerable y profundamente despectivo hacia una afición que lleva décadas manteniendo al club y pagando fielmente sus carnés. El Espanyol ya no es neutral ni equidistante; ha tomado partido de forma descarada.
Aquel histórico lema de «solo la Blanquiazul» quedó enterrado definitivamente hace años. Desde entonces, el club no ha dejado de ceder espacio ante un nacionalismo que, paradójicamente, nos desprecia sistemáticamente —al tener como único e indivisible proyecto deportivo al FC Barcelona— pero ante el cual la directiva perica se conforma con que, de vez en cuando, le pasen la mano por el lomo.
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