Ahora que estamos en la enésima racha negativa de resultados de nuestra historia reciente, con un Manolo González destituido tras su horrible dinámica —con solo cuatro partidos ganados de treinta y dos—, me gustaría que alguna vez nuestra afición se tomara en serio que tenemos que dejar de ser, de una vez por todas, un club ascensor.
Lo que estamos viviendo en el Espanyol en los últimos años va mucho más allá de la figura del ya destituido Manolo González. No puede ser que hayamos pasado de ser un club de media tabla a convertirnos en una entidad que, año tras año, sufre de forma dramática por no descender, acumulando además recientemente dos dolorosas bajadas al infierno de Segunda División.
Manolo González es un técnico aún júnior a nivel profesional; no podemos olvidar que su experiencia previa en la élite se limita prácticamente a la nuestra, por lo que en el fondo todavía se está formando. Si sigue evolucionando, es muy posible que de aquí a cinco o seis años sea un entrenador consolidado en nuestro fútbol. Si ha conseguido mantenerse al frente del banquillo perico durante este tiempo, ha sido básicamente porque le ha tocado capear el temporal en la agonía de la etapa de Chen y durante los inicios aún balbuceantes del mandato de Alan Pace.
En un contexto con una presidencia y una propiedad casi ausentes en demasiadas ocasiones, el único portavoz autorizado ha sido el propio Manolo González, especialmente en su primer año al frente del equipo. Su discurso llano y sin complejos conectó de inmediato con una afición huérfana de referentes, que necesitaba escuchar a alguien que diera la cara como representante del españolismo. Sin embargo, en nuestro afán por encontrar un clavo ardiendo, quisimos encumbrar a la categoría de ídolo a un técnico que acababa de aterrizar en el fútbol profesional y que estaba —y está— en plena fase de aprendizaje y crecimiento.
Lo que verdaderamente toca es consolidar de una vez por todas un modelo deportivo sostenible y reconocible, basado en una cantera potente que sirva de cimiento, complementada con tres o cuatro fichajes de calidad que aporten la veteranía y el oficio necesarios. Esto nos permitiría operar en el mercado con inteligencia, comprando y vendiendo jugadores para crecer de manera sostenida. Siempre hemos sido, somos y seremos un club vendedor, porque en el fútbol español, salvo tres o cuatro excepciones, el resto compartimos esa misma realidad. La diferencia radica en que debemos vender por estrategia y ambición, y nunca por una asfixiante necesidad económica.
Dado que la llegada de Alan Pace tampoco ha traído por ahora esa inversión diferencial en talento futbolístico que nos permita dar un salto cualitativo, solo nos queda ejercer presión desde la base. Debemos exigir que la propiedad se espabile y entienda que no va a poder convertirnos en un triste club ascensor sin que haya una respuesta firme por parte de la grada. No se trata de crecer a base de derrochar dinero de manera irresponsable, sino de construir un proyecto sensato, paso a paso, donde se perciba una voluntad real de devolver al club la estabilidad y la dignidad que históricamente le pertenecen.
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