El reciente temporal de viento y lluvia no ha hecho más que dejar al desnudo una realidad que el Gobierno central pretendía ignorar. La autovía A-2, a su paso por la Segarra, se ha convertido en una auténtica trampa para los conductores que osan transitarla. El pasado viernes, el asfalto cedió literalmente, provocando una cadena de incidentes que rozaron la tragedia en el tramo de Cervera.
Neumáticos reventados, lunas hechas añicos por fragmentos de pavimento volador y frenazos de emergencia fueron la tónica de una tarde caótica, tal y cómo ha denunciado ‘El Periódico de Catalunya’. La degradación del firme es de tal magnitud que trozos de carretera se desprenden al paso de los vehículos como si fueran proyectiles. Resulta inaudito que una de las principales arterias de comunicación del Estado presente este estado de conservación tercermundista.
La gravedad de la situación obligó a clausurar el carril derecho en ambos sentidos entre la capital de la comarca y Sant Antolí. La falta de seguridad era tan evidente que el Ministerio no tuvo más remedio que admitir la derrota y restringir el paso. Es el reconocimiento implícito de que la infraestructura ha colapsado por falta de una inversión real y sostenida en el tiempo.
El subdelegado del Gobierno en Lérida, José Crespín, ha anunciado trabajos de urgencia a partid de hoy, consistentes básicamente en poner parches sobre el desastre. Sin embargo, estas soluciones temporales llegan tarde y con la excusa de esperar a que el asfalto esté seco. El ciudadano, que paga religiosamente sus impuestos, se pregunta por qué se ha permitido llegar a este punto de deterioro extremo.
Desde el ámbito municipal, la indignación es total y absolutamente justificada y ‘El Periódico’ ha recogido las preocupaciones de varios ediles. Jan Pomés, alcalde de Cervera, ha lamentado los graves daños materiales sufridos por los usuarios de la vía. Su queja no es aislada, ya que los ediles de Ribera d’Ondara y Sant Guim de Freixenet comparten la misma sensación de abandono por parte de Madrid.
Cada vez que el cielo se encapota, la A-2 se deshace, demostrando que la humedad es el peor enemigo de un mantenimiento deficiente. La mezcla de baches profundos y restos metálicos en la calzada es una combinación letal para cualquier conductor. El Ministerio de Transportes que dirige Óscar Puente no puede mirar hacia otro lado.
Es inadmisible que una infraestructura de esta importancia estratégica dependa de la meteorología para no desintegrarse. La seguridad vial no debería ser una cuestión de suerte o de que sople menos el viento. Lo ocurrido esta semana es la prueba de que los «parches» informativos no sustituyen a las capas de asfalto necesarias para garantizar la vida de las personas.
La A-2 necesita una rehabilitación integral y no más promesas de mantenimiento que se quedan en el papel. El episodio de La Panadella debe servir de advertencia definitiva antes de que tengamos que lamentar pérdidas humanas. La movilidad segura es un derecho, no un lujo que el Gobierno pueda decidir recortar mediante la negligencia y el olvido.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















