Estamos asediados por ideas para conseguir viviendas más asequibles que, si exceptuamos el decálogo de Ayuso, no solo serán ineficaces sino además contraproducentes. La última ventolera, -Collboni proponiendo prohibir en Barcelona el alquiler turístico de pisos-, es una de las peores. Como cualquier medida populista parece solucionar algo a corto plazo cuando en realidad lo empeora a medio plazo.
Lo lógico sería empezar por analizar la composición del precio de la vivienda. Se supone que el coste de construcción es lo más importante, es lo que parece que aporta más valor al propietario. Pues no es así en la mayoría de los casos. En 2024 el precio de construcción medio para calidad aceptable es de 1.100 euros/m2, el de calidad superior 1.500 y el de calidad de lujo 2.000. Si es vivienda unifamiliar 2.400. La diferencia con los 3.000-10.000 que se pagan es el precio del suelo.
Ah, argumentan los políticos y promotores, pero es que hay cesiones de suelo y el coste de urbanizar, agua, alcantarillado, calles, entre otros gastos, es enorme. Tratan de justificar su actividad con estos pretextos. Pues no es verdad, todo eso tiene una repercusión por m2 edificado en un edificio de viviendas medio de 300 euros/m2, algo sorprendentemente bajo. Esa no es la causa, los políticos nos engañan y la verdadera diferencia sigue estando en el precio del suelo.
Bueno, lo del precio del suelo es un eufemismo. En realidad, el propietario de toda la vida del suelo lo termina vendiendo relativamente barato porque se aburre, tiene miedo de que se lo expropien o se quede de minoritario en una junta de compensación, o no se quiere meter en temas de comisiones para el experto en recalificaciones y esas gestioncillas. Los promotores ganan, pero también tienen sus gastos, tienen que compartir con los que deciden en que orden y por donde se crece, cuándo, si se va a permitir esto o lo otro. Tú, ¿entiendes?
La guinda del pastel son los impuestos. ¿Por qué no empezamos por suprimirlos para la vivienda habitual o para los que la compren para alquilar como vivienda habitual? Así se bajarían un poco los precios, coincide que en la cuantía de todos los costes de urbanización. Aunque si los políticos se apretaran el cinturón bajarían un mucho más. Pero, ¿quién quiere de verdad bajarlos? ¿No es una forma de financiarse de todos los partidos y de los intermediarios que intervienen?
En realidad, la mejor forma de bajar el precio de la vivienda es bajar el precio del suelo y para eso hay que facilitar la competencia, tener una normativa razonable de ámbitos de urbanización y autorizar automáticamente todos los proyectos que la cumplan de forma que los promotores asuman los costes de urbanización y cesión de espacios públicos, y el resto de los servicios, como transporte o colegios, se puedan prestar competitivamente por la iniciativa privada. ¿Cuántas áreas nuevas de urbanización se aprobaron en Madrid en los cuatro años de Carmena? Ninguna, y claro, los precios subieron mucho. Pues hay que hacer lo contrario, ¿no?
La mejor forma de bajar el precio de algo es aumentando la oferta y la información. Si queremos bajar el precio de la vivienda hay que liberalizar la promoción del suelo. Se organizará bien por el mercado. Si se atreven lo podrán comprobar. Es lo que ha sucedido siempre y en todos los productos y mercados. Sólo perderán los que se están lucrando ahora con la escasez forzada, las regulaciones artificiosas y las explicaciones falsas.
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