El espectáculo astronómico del eclipse solar terminó convirtiéndose en un amargo calvario para cientos de ciudadanos en Tarragona, por culpa de un PSC que no supo prever las necesidades de los viajeros. Lo que debía ser una jornada festiva y de contemplación derivó, una vez más, en escenas de tensión e incertidumbre en la red de transportes. La incapacidad de las administraciones para articular un plan de movilidad a la altura de las circunstancias volvió a quedar en evidencia a las primeras de cambio.
Al caer la noche, las inmediaciones de la estación de trenes de la capital tarraconense presentaban una estampa lamentable de colapso absoluto. Cerca de quince mil personas se habían congregado en la zona de la Marina Port Tàrraco para seguir el evento. Sin embargo, al finalizar este, la masiva marea de visitantes se topó de frente con un cuello de botella institucional que el Govern socialista de Illa no supo prever.
La acumulación de viajeros pendientes de regresar hacia Barcelona obligó a la policía a cerrar los accesos a la terminal. Las fuerzas de seguridad tuvieron que dosificar la entrada a los andenes para evitar males mayores y garantizar un mínimo de seguridad física. Seis furgones policiales y efectivos de la Guardia Urbana desplegaron un dispositivo de contención que denota la improvisación del operativo.
El pánico a quedarse tirados se apoderó de los usuarios ante la inminente llegada del último tren procedente de Tortosa. La sombra de que el convoy hiciese entrada con el aforo completo generó una evidente indignación entre las familias y jóvenes atrapados en la calle. La falta de alternativas de transporte público de refuerzo demostró la pasividad habitual con la que la administración aborda este tipo de eventos extraordinarios.
Por si el colapso organizativo fuera poco, la jornada también dejó muestras del incivismo alimentado por la falta de control en los puntos clave. En Altafulla, la temeridad de varias personas que encaramaron a vagones de mercancías obligó a cortar la catenaria y la circulación de trenes. La imprudencia, que se saldó con un joven trasladado al hospital tras despeñarse, agravó aún más el caos en un servicio ya de por sí castigado.
Desde el Departamento de Interior prefirieron restar importancia a la jornada tildando el balance de incidente «poco destacable» y escudándose en las cifras de atenciones médicas. Resulta llamativo el empeño institucional socialista por maquillar con estadísticas la evidente descoordinación vivida en las calles. Una vez más, el ciudadano de a pie termina pagando con retrasos e inseguridad la falta de previsión de unos gestores públicos incapaces de responder con eficacia ante retos previsibles.
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