Miguel Ángel Quintana Paz presentó esta semana su último libro, Cosas que he aprendido de gente interesante (Deusto), en la sede de Vox en Barcelona, junto a Júlia Calvet, diputada de esta formación en el Parlament.
Fidalgo: 29 de noviembre, elecciones generales. ¿Hace falta un cambio?
Quintana Paz: Sin duda, aunque hace falta mucho más. El mero lema del cambio —Felipe González en 1982, Barack Obama en 2008— suena a mercadotecnia, como si al votante le gustase variar de vez en cuando porque se aburre. Pero el problema de España no es precisamente el aburrimiento. Es existencial: no solo para nuestra nación, sino para todas las naciones de Europa y para la propia civilización europea.
Hablo de civilización porque está en juego quiénes queremos ser, qué da sentido a nuestras vidas, cómo nos vinculamos con nuestra historia. Las respuestas que teníamos a todo eso peligran, porque hay múltiples poderes interesados en reemplazarlas por otras; en reemplazarnos por otros. Y nuestra desgracia es que uno de esos poderes disfruta hoy del Gobierno de España.
No creo que todo el PSOE, ni toda la izquierda, sea consciente del papel que desempeña. Algunos sí lo son, y aplican a sabiendas esa ideología de reemplazar nuestra civilización; en otros, sin embargo, pesarán más el mero interés particular, el enriquecimiento personal y, a veces, incluso lo delictivo (como cuando han amenazado de muerte a una jueza desde los bajos fondos del PSOE).
Fidalgo: ¿Para ti quién representa mejor este cambio?
Quintana Paz: En estas elecciones, quien ha captado estas ideas, las ha explicado y ha ofrecido soluciones —y las tres cosas son imprescindibles: si falta una, no se avanza nada— es Santiago Abascal como candidato. Y Vox como partido.
Algo reseñable de Abascal, y no siempre reconocido, es que desde que asumió el liderazgo de su partido ha promovido en él, y en los espacios de pensamiento alternativo en general, una reflexión política de hondo calado. Gracias a ella, Vox recoge inquietudes conservadoras, y con razón: hay muchas cosas valiosas, heredadas de nuestra civilización, que hoy peligran y merecen defensa. Acoge también a quienes valoran la virtud del patriotismo; y también con razón, pues a nuestra nación la atenazan riesgos que alcanzan ya a su integridad territorial.
Pero, más allá de eso, esa mirada amplia sobre lo que está pasando en el mundo permite acoger a todos los que vivimos preocupados por la historia más reciente. Preocupados por adónde nos quieren llevar las élites mundiales. Preocupados por la supervivencia de una civilización tan admirable como la occidental. Preocupados porque demasiados poderes quieren un Occidente humillado, acobardado, despreciador de su propio legado y sometido.

Fidalgo: ¿Qué hemos de hacer a partir del 29 de noviembre, los que tenemos claro que hace falta un cambio, para que este cambio no se tuerza?
Quintana Paz: Los retos son múltiples, así que también lo serán los motivos para torcerse. Como nos enseñó una hebra importante de nuestra civilización, la aristotélica, obrar bien implica recorrer un estrecho caminito entre dos abismos. Ese camino delgado es la virtud; los abismos, los vicios en que uno puede precipitarse.
¿Qué dos abismos nos acecharán aquí? Por un lado, quienes voten por el cambio creyendo que se notará en cuatro días. Al quinto, o incluso al tercero, estarán ya desanimados: quizá porque por fin habrán captado la realidad, la de que nuestros problemas son gravísimos. Captar la realidad está bien; captarla demasiado tarde hunde en el desánimo.
Por otro lado, existe el vicio contrario: quienes voten solo para “echar a Pedro Sánchez”, o para que “este PSOE” deje de gobernar. Su error será no haber caído aún en la cuenta de que ni Sánchez ni este PSOE son el problema real. No tiene sentido aguardar, como al mesías, un PSOE bueno que vuelva a comportarse de modo loable. Ni un Sánchez II, ni un Zapatero II, ni siquiera un González II que desande lo andado por el PSOE a lo largo de su historia. Quienes no capten la gravedad de nuestra situación pondrán también obstáculos a las profundas reformas que hay que emprender.
Fidalgo: ¿Cuál es la primera ley que se ha de derogar si se consigue el cambio el 29-N?
Quintana Paz: La llamada ley de nietos. Un pueblo soberano, un demos, como el español no puede depender del voto de personas que ni viven en España, ni pagan impuestos en España, ni se interesan por lo que pase en España, ni se verán afectadas por nada de lo que nos ocurra en España. Y que, además, tienen otras pertenencias; o sea, otras lealtades. Para que España decida en unas elecciones, para que elija —eso significa «elección»—, lo esencial es que quienes elegimos estemos afectados por las consecuencias. E implicados con esa España sobre la que decidimos. Esto es lo que hace una elección responsable, esto es, válida. Disolver al votante español, como quiere la izquierda, entre millones de votantes que ni siquiera nos conocen constituye solo el paso previo para que dejemos de existir, primero, como democracia. Y, segundo, como demos, como pueblo.

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