Cientos de miles de catalanes, fanatizados por los líderes del procés, han despertado a una cruda realidad. Comprobaron que la promesa de una República fue puro humo. Todo se redujo a una huida hacia adelante para asegurar cargos y prebendas para la élite separatista.
Sin embargo, el adoctrinamiento ya había calado hondo. Las creencias ancestrales de que «España nos odia» por ser catalanes se solidificaron, junto a la idea de que la lengua propia es superior, signo de una identidad «diferente y mejor».
Este electorado, movido por el rencor inculcado durante más de una década, observó con desagrado un nuevo giro. Vieron cómo ERC, Junts y la CUP competían por ver quién pactaba más veces con el supuesto «opresor», la España que encarna el Gobierno de Pedro Sánchez.
Ante la incoherencia de sus antiguos líderes, muchos han buscado un referente más fiel al mensaje que consumieron a diario en los medios. TV3, Catalunya Ràdio, RAC1 y el inmenso aparato mediático separatista habían creado el caldo de cultivo perfecto.
Es en este vacío donde irrumpe la figura de Sílvia Orriols. Ella dice las «verdades del barquero» que los separatistas mediáticamente fanatizados querían escuchar. Su mensaje es simple: España es una fuerza perseguidora y debe ser combatida sin tregua. Defiende la lengua catalana por encima de todo. Y construye un relato donde Cataluña es una nación milenaria y admirable, mientras que España es tachada despectivamente de país ‘dictatorial’ y ‘atrasado’, una rémora para la Cataluña ‘catalana’ que promete.
El elemento clave que le otorga credibilidad a Orriols es su promesa de no pactar jamás con el PSOE ni con ningún partido de ámbito nacional. Este gesto la diferencia de las formaciones que han controlado la Generalitat, y por eso muchos la han creído. A esta frustración nacionalista se suma otra grave problemática. Las desastrosas políticas migratorias, impulsadas desde la época de Pujol y continuadas por el sanchismo-podemismo, han desbordado Cataluña.
El resultado es la proliferación de guetos urbanos, zonas donde la policía autonómica ha perdido el control efectivo. Estos focos de inadaptación exportan una delincuencia creciente al resto de barrios y ciudades. Además, la «desobediencia selectiva» se ha instalado como norma. Ocho años de Ada Colau en Barcelona y una década de gobiernos separatistas en la Generalitat han generado un clima generalizado de nulo respeto por la ley.
Orriols también capitaliza este desorden social. Su discurso es firme contra la inmigración ilegal, las okupaciones y el rampante aumento de la delincuencia. Ofrece mano dura a un electorado desesperado. Esta mezcla de mensaje duro en seguridad y la firmeza en su odio visceral a «España» está arrasando. Atrae a un electorado separatista agotado de las mentiras y de la sensación de caos en las calles.
No debe olvidarse la incoherencia interna de los separatistas tradicionales. Junts, por ejemplo, llegó a coquetear abiertamente con la extrema izquierda durante las fases más intensas del procés. Ahora, muchos de los que han dominado la política catalana se rasgan las vestiduras ante las espectaculares subidas que otorgan los sondeos a Aliança Catalana. La hipocresía es evidente.
Si la formación de Sílvia Orriols consigue un magnífico resultado en las urnas, la culpa recaerá directamente sobre los dirigentes separatistas del ‘procés’. El clima de rencor y radicalidad lo han creado los activistas separatistas que juegan a periodistas y sus jefes políticos en ERC y Junts. Y el apoyo mediático que le ha dado el PSC a Orriols para dividir a Junts, ha acabado de engordar a Aliança Catalana.
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