El infantilismo congénito de nuestros izquierdistas de salón sería patético, si no fuera porque intentan destruir nuestro tejido económico, mientras ellos viven de su sueldo público, sea como cargo de confianza, funcionario o contratado por una fundación o entidad dopada con dinero público.
En buena parte de Barcelona han aparecido pegatinas con el lema «Tourists go home. Refugees welcome» [Turistas, fuera de aquí. Bienvenidos los refugiados]. El debate sobre si hay que permitir la entrada de refugiados o inmigrantes ilegales y en qué condiciones es uno de los más candentes. Pero de lo que no hay ninguna duda es que sin dinero público, poco hay que decir.
Y el «turistas, fuera de aquí» es reventar la principal industria de nuestro país, es mandar al paro a centenares de miles de trabajadores y, también, es privar al Estado de miles de millones de euros en impuestos. ¿Cómo van a «acoger» si el Estado entra en quiebra? La respuesta es evidente.
Lo de «acoger» refugiados y, al mismo tiempo, «echar» a los turistas busca empobrecer a nuestra sociedad para que sea esclava de esa minoría fanática que quiere salvarnos de nosotros mismos a golpe de consigna de asamblea de instituto. Si no hay riqueza que distribuir, porque hemos hundido la economía, pocos servicios sociales se podrán prestar.
Ni caso a estos fanáticos que con la excusa de «acoger refugiados» quieren acabar con el capitalismo a costa de condenarnos a todos al hambre. Porque estos «activistas» sabrán mucho de corear consignas y enganchar pegatinas, pero poco de crear riqueza para que los ciudadanos vivan cada día mejor.
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