El turismo es, guste o no, uno de los grandes motores de la economía de Barcelona. Genera miles de empleos directos e indirectos, sostiene la hostelería, la restauración, el comercio y gran parte de los servicios de la ciudad. Negarlo es un ejercicio de irresponsabilidad. Sin embargo, buena parte de la clase política sigue tratando al turismo como un problema en lugar de como una oportunidad.
El PSC de Jaume Collboni, con su tibieza habitual, se limita a proclamar discursos ambiguos sin poner en marcha medidas reales de apoyo a los empresarios del sector. La indiferencia socialista hacia la economía productiva choca con la realidad de una ciudad que depende en gran parte del visitante internacional para seguir funcionando. Barcelona no puede vivir de eslóganes vacíos.
Más preocupante todavía es la hostilidad explícita de partidos como ERC, la CUP y los Comunes. Desde hace años, su discurso demoniza a los turistas y criminaliza a los empresarios que arriesgan su capital en hoteles, bares o comercios. Lo llaman “turismofobia”, pero en realidad es un ataque frontal contra una de las pocas industrias que mantiene a flote la economía local en tiempos de incertidumbre.
Los empresarios, lejos de ser los villanos de la película, son quienes generan empleo y riqueza. Son ellos quienes mantienen viva la oferta cultural, gastronómica y de ocio que atrae a millones de visitantes cada año. Sin su esfuerzo y sin un marco político estable, Barcelona perdería competitividad frente a otras capitales europeas mucho más abiertas y receptivas.
El turismo no es incompatible con la calidad de vida de los vecinos. Lo que hace falta es gestión, equilibrio y visión de futuro. Limitar vuelos, restringir alojamientos y obstaculizar la inversión solo conduce a una cosa: que el turista elija otro destino. París, Lisboa o Roma estarían encantadas de acoger lo que Barcelona desprecia por ideología.
Es incomprensible que un sector que aporta tanto al PIB local y a la recaudación municipal no reciba un apoyo decidido por parte del Ayuntamiento. En lugar de ofrecer seguridad jurídica, incentivos y planificación estratégica, se imponen trabas burocráticas y discursos que solo generan incertidumbre. Así no se construye una ciudad de futuro.
El mundo observa a Barcelona. Lo que fue símbolo de modernidad, innovación y apertura corre el riesgo de convertirse en un ejemplo de decadencia autoinfligida. No porque falten recursos ni talento, sino porque sobra sectarismo político y falta pragmatismo económico. El turista no es un enemigo: es un aliado al que hay que cuidar.
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