Un domingo en Barcelona

Cuando uno tiene hijos pequeños, una disyuntiva que se presenta cada fin de semana, es dónde llevarlos para que se distraigan, evitando de esta forma el sempiterno alboroto casero.

Todos los padres hemos sido previamente hijos, y con nuestra experiencia infantil acumulada, podemos intuir que es lo que le agrada o no a nuestros hijos, para que se lo pasen bien y tenerlos distraídos. Con esta experiencia infantil preadquirida, uno recuerda a dónde me llevaban mis padres los domingos por la mañana, y como me lo pasaba pipa.

Al principio de una mañana dominical mis hijas me dijeron: “¿Papá a dónde nos vas a llevar hoy?”. Lo primero que se me ocurrió fue recordar una vez que mis padres me llevaron a la carabela Santa María, amarrada al lado de las golondrinas del puerto, en la que me sentía como Peter Pan en el barco pirata del capitán Garfio, pero enseguida recordé que los separatistas la incendiaron parcialmente, y el ayuntamiento ordenó retirarla utilizando esa escusa.

También recordaba que después de visitar el barco de Colón, subíamos en el aéreo al Museo del Ejército del castillo de Montjüic, donde me extasiaba observando las maquetas de fortalezas, y los desfiles de innumerables soldados de plomo en aquellas interminables galerías, pero rápidamente me vino a la mente que en ese mismo lugar, ahora hay un centro de interpretación de la paz, y la verdad, se me presentaba muy complicado explicarle a mis hijas de 3 y 5 años, lo que es un centro de interpretación de la paz, en el que sólo van a ver plafones explicativos y fotos que no van a entender.

No hay problema pensé, me las llevo como hacían mis padres, al Velódromo de la Meridiana, donde disfrutaré viendo como persiguen con su mirada a la liebre eléctrica, que los galgos nunca consiguen atrapar, pero recordé que ese velódromo no existe, porque se ha convertido en un parque público en el que se vende droga, y lógicamente ese no es el mejor lugar para llevar a los niños.

Pensemos en un parque en el que no se venda droga. ¡Ya está, el Parque Güell! Pero enseguida pensé que cuando mis padres me llevaban era libre la entrada, y ahora te cobran 7,50 euros a los adultos y 4,90 euros a los niños, y la verdad siendo cinco en mi familia, no me apetecía pagar mas de 32 euros por entrar en un parque público, para estar rodeado de guiris chancleteros, por muy de Gaudí que fuera.

Si me cuesta dinero entrar en una parque, que por lo menos me valga la pena y el dispendio me compense la visita. Pues vayamos al Zoo, pero me vino a la mente que el Zoo de Barcelona ha cambiado su composición, y lo que antes eran animales exóticos y de todo tipo, ahora se va a convertir en un zoo de fauna ibérica.

Eso significa que donde antes se contemplaban guacamayos de múltiples colores, que hacían las delicias de los niños, en su lugar verán perdices y tórtolas. Los tigres y los leones serán sustituidos por algún lince, que no deja de ser un gato grande.

En el lugar donde estaban osos polares, ahora veremos algún oso ibérico que tiene la mitad de su tamaño, y donde veíamos en el terrario las ranas de las selvas sudamericanas, de relucientes colores amarillos, rojos o azules, ahora veremos ranas de charca, y evidentemente cuando nuestros hijos vean a los lobos, lo primero que dirán es que parecen simples perros.

También pensé llevarlos al teatrillo del Turó Park, dónde se celebraban funciones gratuitas de polichinelas casi todos los domingos, que entusiasmaban a los pequeños, pero fue derribado por la piqueta municipal y su lugar lo ocupa un bar, en el que los niños solo pueden ver a sus padres tomando el sol o leyendo el periódico.

Cuando un barcelonés no sabe que hacer un domingo, siempre nos queda el Tibidabo. ¡Pues ala, nos vamos al Tibidabo! Que los niños disfrutarán subiendo en el tranvía azul, pero enseguida que di cuenta que de ese centenario tranvía sólo quedan las vías. Entonces me di cuenta que la Barcelona ciudad viva, auténtica y de los barceloneses, había muerto y ha sido sustituida por la Barcelona ñoña del diseño, de la tontería y de los guiris.

Decepcionado por no poder revivir con mis hijos, aquellos lejanos domingos con mis padres, decidí sacarlos a pasear dando una vuelta a la manzana. Cuando llegué a casa le dije a mi esposa: por lo menos tú y yo nos podemos ir esta tarde de domingo a la Monumental a ver una buena corrida de toros.

Pues va a ser que no.

Juan Carlos Segura Just
Padre de familia y barcelonés decepcionado.

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