Rogelio Alonso: “Cuando ETA o sus defensores ocupan las instituciones políticas, el relato está ya cerrado”

Rogelio Alonso, Marita Rodríguez y Arcadi Espada

El lunes la Asociación por la Tolerancia presentó en Barcelona el último libro del prestigioso experto en terrorismo Rogelio Alonso, profesor titular de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos.

La obra lleva por título: La derrota del vencedor. La política antiterrorista del final de ETA, título que es en sí mismo una perfecta síntesis de su contenido. Actuó como introductora Marita Rodríguez, por parte de la Asociación, y glosó la obra el conocido escritor y periodista Arcadi Espada, ante una sala abarrotada y expectante.

Marita Rodríguez, tras explicar brevemente la relación que une a la Asociación por la Tolerancia con el autor, cuyo inicio se remonta al año 2004, con motivo de unas primeras Jornadas sobre Terrorismo, desgranó su nutrido currículo. Luego, hizo una breve reseña del libro cuyo eje conductor consiste en probar que ETA ha sido derrotada policialmente, pero no políticamente.

Arcadi Espada, comenzó alabando el trabajo de Rogelio Alonso como una obra que destaca entre lo mucho (y bueno) que se escribe por una rara cualidad, por su utilidad. El suyo, dijo, es un trabajo necesario. Hizo, una reserva previa: frente a lo que el título elegido por el autor sugiere, hay que dejar constancia firme de que ETA ha resultado derrotada por la fuerza de la Constitución, que el sistema constitucional ha sobrevivido con éxito a los embates del terror. A continuación, pasó a reflexionar sobre las lecciones que le había sugerido la lectura.

En primer lugar, el ensayo muestra las debilidades de los sucesivos gobiernos de la democracia frente al terrorismo. En segundo lugar, da cuenta de por qué ETA ha durado tanto. La causa (entre otras) han sido las flaquezas del Estado, no ya solo las de orden técnico, sino otras de carácter moral, y ello desde el primer momento de nuestra historia democrática reciente.

La dilatada trayectoria de ETA ha destruido, afirmó, el tejido social, ha debilitado la conciencia civil de la sociedad, se ha imbricado con nuestra historia misma. Por eso resultó tan difícil su derrota. No hay victoria posible, cuando la sociedad se enfrenta a una parte de sí misma.

Con la frase “ETA fue una organización política (criminal, pero política) y, por ello, su derrota debe ser igualmente política”, resumió la tesis de la obra y dejó abierta para su discusión la pregunta acerca de cómo debería ser la derrota política de ETA (o del nacionalismo que constituye su base ideológica).

Es fácil, terminó, escribir razonadas críticas o sentidas repulsas pero, ¿cómo se acaba con el apoyo social, con los flecos que el terrorismo ha dejado sembrados en la sociedad? Hay que admitir que hay gente que elige el mal y que éste es muy difícil de erradicar.

Tomó la palabra Rogelio Alonso para dar cuenta de sus propósitos. Había intentado, dijo, buscar otro escenario distinto de los análisis habituales para utilizarlo como referencia. Redundó en lo que había apuntado su antecesor: los crímenes políticos tienen consecuencias políticas.

Cuando el terrorismo atenta contra la vida de una persona, su objetivo no es el asesinato, sino la alteración del orden social. Por ello, no basta con la justicia penal (que, en muchísimos casos no se ha producido –más de 300 crímenes sin resolver–), sino que también es necesaria una justicia política.

Las víctimas del terrorismo no se pueden comparar con otras, como las de tráfico, por ejemplo, la diferencia fundamental radica en la intencionalidad, que extiende el mal causado al entramado social y político.

El PNV hace hoy política con toda normalidad, como si ETA no hubiera existido. Eso es inmoral, porque la confluencia de sustrato ideológico y de fines entre ambas organizaciones, provoca que los réditos de las acciones de la banda terrorista estén moralmente contaminados.

¿Cómo puede el PNV aprovecharse impasiblemente de los beneficios derivados de una oposición debilitada por la amenaza, que es lo que le ha permitido gozar de una posición hegemónica en el País vasco?

Criticó también con dureza la proliferación de actos de supuesto reconocimiento a las víctimas en los que se escamotea el análisis de las causas de su sacrificio. Sus expectativas, muy de tener en cuenta, no se satisfacen sólo con el recuerdo y los memoriales, sino con la deslegitimación del discurso que permite a los terroristas ocupar puestos institucionales y que sean públicamente tratados como héroes.

Criticó, igualmente, el insulto permanente para las víctimas que suponen los actos de homenaje a sus victimarios, precisamente por sus crímenes. Afirmó que “una sociedad que no honra a sus víctimas es una sociedad indecente”.

Subrayó el interés del sano resentimiento que experimentan las víctimas debido a la conciencia de la falta de la reparación debida, no como un acto de venganza, sino como el acicate necesario para perseguir que no se cierren las heridas de la sociedad en falso. Y, siendo indudablemente importante, afirmó que no todo se circunscribe al control del relato oficialista porque, “cuando ETA o sus defensores están ocupando las instituciones políticas, el relato está ya cerrado”.

Concluyó su intervención, apelando a la conciencia de la sociedad, por cuanto las víctimas del terrorismo fueron sacrificadas por nuestra libertad y recordando que “el antídoto del olvido no es el recuerdo sino la justicia”.

Tras un breve turno de preguntas, se dio por terminada la sesión en medio de una cerrada ovación.


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