Patriotismo

Hace unos años ya me pasó, al coincidir que anduviese por Manhattan durante una estancia vacacional en Estados Unidos, siendo 4 de julio.

La noche de ese día, a orillas del Hudson, portando una de mis múltiples camisetas de la selección española de fútbol que siempre me acompañan en excursiones o escapadas por el mundo, disfruté de un sentir que me conmocionó e hice mío, asumiendo como propio el folclore, parafernalia derrochante y llamativos fuegos artificales de dicha celebración.

En un momento como aquel, siendo español y patriota, me sentí cómodo, comprensivo e incluso, uno más, ante tanta exaltación.

No tiene nada que ver que esté hablando de una potencia mundial. El sentimiento que afloró lo internalice y me sentí parte de la fiesta viendo como la gente respaldaba los colores, los símbolos y todo lo que conlleva relacionar un acto, un momento, unas circunstancias a lo que es su patria.

Este pasado fin de semana repetí la experiencia. En este caso me sentí involucrado en dicha lógica participando en una conmemoración que tuvo lugar en Portugal, junto a la famosa Torre de Belém en Lisboa. Escuchar su himno junto a patriotas portugueses, que lo sentían dentro como yo cuando suena nuestro himno, me hizo alcanzar un estado de complicidad comprensiva que yo tildaría de sana.

Desde mi punto de vista, una persona que siente lo que es la patria y el patriotismo, como era el caso, debe reconfortarse con respeto en ese mismo sentir de los demás, aunque no sea la suya. No me siento mal al decir que estaba a gusto, lo confieso. Ver ondear la bandera portuguesa (que dista de ser una potencia mundial), me hacía reflexionar y aflorar cariño hacia esas buenas gentes.

Tanto en un caso como en otro me daba lo mismo la leyenda negra, rosa, verde, azul o dorada que, el transcurso de los tiempos, pudiese poner encima de la balanza. Me importó cero lo que trascendía de muchos siglos de la Historia Universal. No pensaba en el pasado, ni en guerras, ni en reinos compartidos, o descubrimientos, o conflictos cruzados. No valoraba nada de lo que venía de atrás. Sólo disfrutaba del presente con gente del siglo XXI que, como yo, no se avergüenza y siente orgullo por haber nacido y servir a una nación a la que amas.

Rodeado de gente en la plenitud de su cordura no había riesgo alguno de que acabásemos mal, pese a estar en un hábitat, en cierto modo, ajeno. Satisfecho entre patriotas, no dudaba de su reciprocidad inclusiva al ver a un tipo como yo (que suele destacar al sacar media cabeza en un grupo) con una camiseta que, orgullosamente, llevaba el escudo de nuestro país… ¿Qué pinta allí un tío nacido en la calle Balmes de Barcelona?.

Amigos, hablo de realidades, como son EEUU, Portugal o España. Y también de raciocinio y emotividad respetuosa. Desgraciadamente es algo imposible cuando mezclamos los sentimientos patrios con borreguismo y manipulación y, más todavía, si metemos por medio mentiras, tergiversación y falsedad.

Era frustrante comparar esas situaciones con las que, últimamente, acontecen en nuestras calles y barrios. Se vive un caldo de cultivo que convierte en real el riesgo y la problemática por manifestar abiertamente y, sin complejos, el sentir españolista. Es avergonzante que algo que comparte la mayoría, pueda verse condicionado por la obsesión de una minoria fanatizada. Y, encima, sabiendo que enfrentan un concepto real, una verdadera nación como es España, con la exaltación de pertenencia a algo que ni existe, ni es más que el fruto de la perniciosa imaginación calenturienta de los dignatarios de la república bananera y sus hordas.

Es humillante e inasumible que los fanáticos lazis (al significarse con el lacito limón) creen, con su conducta y actos, un malestar social propio de un fascismo inculcado a través de la degradante educación doctrinal y la repulsiva tele amarilla parcial y sectaria que, a mi modo de ver, como he dicho en numerosas ocasiones, son el verdadero problema a solucionar.

Mi identificación con el sentir patriótico español no concibe que aquellos que ni tienen país (pese a que durante mi infancia se gastasen millones con su campaña de “fem país”), ni son una nación (pese a que durante mi juventud se gastasen millones con su campaña de “som una nació”), ni evidentemente son estado (pese a que durante mi madurez se estén gastando millones con su campaña de “volem un estat nou”), pongan en riesgo el futuro de un gran país, una gran nación, un gran estado, como es el que identifica a nuestra verdadera patria: España, que aunque les duela también es la suya…y lo seguirá siendo para siempre.

Hemos de hacer fuerte la idea de unidad de los que pensamos igual. Debemos arrimar el hombro y dejar a un lado las diferencias ideológicas, más allá del común denominador que es ser y sentirse parte de España.

Lo digo consciente y preocupado dado que la vida política actual no rema en dicho sentido. Los que ahora tienen el poder nacional ya dan muestras de bajada de pantalones, una vez han logrado la meta pretendida ( el puñetero “poder” y, egocéntricamente, hacer historia como presidente). Miedo me da que el actual rivalice con el anterior prodigio presidencial de su partido, culpable del mal que ahora nos toca combatir los catalanes de bien.

Tampoco merecen olvido ni perdón los de antes, tras defraudar y abandonar a los que pensábamos que eran los verdaderos garantes de la unidad y que siempre antepondrían los intereses de la nación como prioridad.

Pero veamos el vaso medio lleno. España no son sus políticos. La sociedad es la que ha de tener la voz cantante y salvar esta papeleta patriótica que no protegerán los que solo viven interesados por el poder y/o sienten el patriotismo en sus carteras. Los que sentimos la patria de forma sana, respetuosa y convencida nos da lo mismo si están unos bufones u otros controlando los hilos.

Nuestro sentimiento es, con orgullo y convicción, el mismo que percibí en los que celebraban su festividad con una flotilla de cazas de última generación en el Hudson, o lo hacían con un destartalado helicóptero con muchas ITVs ya pasadas en el Tajo.

Desde luego, paseando por las calles lisboetas y viendo tanto homenaje público, con calles, plazas y estatuas a la Monarquía lusa (y ellos sí son una república, pero no quieren dar carpetazo y olvidar su historia), o no sienten vergüenza ni complejos ante los que murieron por Portugal, con un parque a los “mártires caídos por la patria”, me queda muy claro que los españoles (los que gobiernan) tienen mucho que aprender.

Por Javier Megino


Puede comprar el último libro de Sergio Fidalgo ‘Usted puede salvar España’ en este enlace de Amazon, en la web de El Corte Inglés y en la tienda on line de La Casa del Libro. Y ‘El hijo de la africana’, de Pau Guix, en este enlace de la tienda de El Corte Inglés.

no recibe subvenciones de la Generalitat de Catalunya ni de otros organismos públicos.
Si quieres leer nuestras noticias necesitamos tu apoyo.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo