Manuel Cruz: “TV3 se ha convertido sin el menor pudor en la correa de transmisión de los independentistas”

El filósofo y diputado en el Congreso Manuel Cruz (Barcelona, 1951), una de las voces socialistas más críticas con el nacionalismo, acaba de publicar “La flecha (sin blanco) de la historia” (Ed. Anagrama), un ensayo en el que reflexiona sobre la crisis de la idea de progreso y el uso torticero de la historia por parte de la clase política.

En su último libro denuncia la manipulación del pasado para justificar la acción política del presente. Resulta inevitable pensar en Cataluña.

Buena parte de lo que viene ocurriendo en Cataluña en los últimos años tiene muy poco de original y se parece, no solo a cosas que están ocurriendo ahora en Europa y en el resto del mundo, sino incluso a otras que llevan ocurriendo desde hace mucho. En este último apartado, se incluye la voluntad de utilizar el pasado en provecho propio por parte del poder –que es quien está en condiciones de imponer un relato del mismo–. A este respecto, la cita de Orwell resulta poco menos que obligada para describir el comportamiento de algunos: “Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro”.

El eslogan del 1-O fue: “Nacemos con el derecho a decidir”. Como filósofo, ¿qué opina de ese decisionismo irrenunciable que promueven los separatistas pero también Podemos y los comunes?

Que es una forma de escamotear uno de los rasgos más específicos de nuestra democracia, que es el debate y la deliberación racional en el ámbito público. Para formularlo de manera menos abstracta, pondría el ejemplo de la secuencia a seguir ante ciertos problemas planteada por los nacionalistas vascos: diálogo, negociación, pacto y ratificación del acuerdo. Una de las cosas más llamativas en relación a lo que Foucault llamaba el orden del discurso es que, en Cataluña, algunos se han pasado años diciendo que había que empezar decidiendo, y que la deliberación vendría después. Puede parecer una broma, pero le aseguro que los hay que lo han puesto negro sobre blanco.

Borrell ha definido a Colau como la Emperatriz de la Ambigüedad. Sin embargo, usted discrepa de ese apodo.

No sé si mi discrepancia con Borrell es muy grave. En el fondo del asunto –que es el escaso fuste político del personaje, lo que podríamos denominar su oportunismo estructural– estamos de acuerdo. La cosa es que, intentando precisar los términos, ambiguo es aquel que no define claramente sus actitudes u opiniones. En cambio, yo tiendo a pensar, a propósito de la actual alcaldesa de Barcelona, que si algo la caracteriza es que defiende con gran énfasis, rotundidad y determinación, esto es, sin la menor ambigüedad, cuanto hace y dice. Lo que ocurre es que se comporta de esta manera tanto para defender una cosa como su contraria, giro de ciento ochenta grados que, de manera oportunista, lleva a cabo con enorme frecuencia.

El grado de autogobierno de las regiones españolas se encuentra entre los más altos del mundo. ¿Qué aportaría el modelo federal, del que usted es un firme partidario?

Aunque los nacionalistas insistan mucho en que les faltan competencias (en muchas ocasiones les ha faltado competencia, pero eso es harina de otro costal), lo que realmente ha faltado, desde una perspectiva federal, es cooperación. Porque una de las definiciones de federalismo es la de gobierno compartido. El federalismo proporciona un equilibrio entre los elementos centrífugos y centrípetos. Aquí solo ha habido lo primero, en forma de descentralización, pero no lo segundo, que no se puede confundir con recentralización. Faltan instituciones en las que desarrollar el gobierno compartido de una federación. Debería serlo el Senado, pero sabemos que no lo es. Las que lo son, como la conferencia de presidentes de comunidades autónomas, apenas funcionan. Pero vale la pena señalar el motivo: porque los recentralizadores no la convocan y los nacionalistas no quieren asistir. Acaso esto esté señalando una de las grandes virtudes cohesionadoras del federalismo.

Ha criticado que en Cataluña se tilde siempre de “excesiva” cualquier iniciativa del Estado que cuestione al Govern. ¿A qué atribuye esa inercia?

Entre otras cosas, a la arraigada tendencia a la victimización característica del nacionalismo. El discurso nacionalista anda siempre a la búsqueda de munición victimista, convierte en agravios insoportables lo que en algún otro sitio serían quejas o reclamaciones ordinarias. Aquí todo se convierte en casus belli al servicio de la legitimación del objetivo final.

Estos días se habla mucho de fractura social. No obstante, durante mucho tiempo se ha ninguneado una realidad: que los castellanoparlantes de rentas media y baja están en contra de la independencia, mientras que los catalanoparlantes de clase media y alta están a favor. ¿Por qué se ha ocultado esta división?

Porque dejaba en evidencia una de las radicales mentiras del discurso independentista: la existencia de un sol poble, decidido partidario de la autodeterminación y, más allá, de la independencia. Pero no se trata de que quieran ocultar el pluralismo, la existencia de diferentes puntos de vista políticos, sino el carácter de clase que estas diferentes perspectivas representan. Ya sé que la expresión “carácter de clase” ha caído en desuso, aunque estaría bien que quienes hoy tanto reivindican su condición de única izquierda verdadera la aplicaran a esta situación. Constatarían que si, por ejemplo, se hace un mapa de los municipios más ricos de Cataluña, en ellos la mayoría independentista en sus ayuntamientos es abrumadora. Esto no es una valoración por mi parte: es un dato de hecho.

-Al contrario que el derecho a decidir, el derecho a la educación en lengua materna cuenta con el respaldo de la ONU, que defiende que una parte importante de la enseñanza se imparta en ese idioma. ¿Por qué entonces el PSOE defiende la inmersión obligatoria en catalán?

El nacionalismo, antes, y el independentismo, ahora, se han dedicado con ahínco –y, por qué no decirlo, con notable éxito– a convertir la cuestión de la lengua en material inflamable. Lo primero que hay que decir es que no es cierto que el PSC haya defendido desde siempre el modelo de escuela catalana que hoy tenemos, sino que dicho modelo ha ido experimentando importantes variaciones, algunas de ellas, las más cuestionables, introducidas por los gobiernos nacionalistas. Lo que el PSC proponía desde el inicio es que no hubiera dos líneas diferenciadas por su lengua, como sí había en el País Vasco, porque entendía que eso podía dañar a la cohesión social, pero no que en esa sola línea el catalán fuera la única lengua vehicular.

Iceta ha prometido recuperar el catalanismo que “hizo grande a Cataluña”. Sin embargo, el catalanismo pasa muchas veces por reclamar derechos sostenidos en la identidad, práctica muy poco progresista.

Sinceramente, no creo que se deba interpretar que la voluntad, manifestada por Iceta, de recuperar el catalanismo equivalga a reclamar derechos sostenidos en la identidad. A este respecto, hago mía la brillante formulación de Fernando Savater: hay que defender el derecho a la diferencia, no la diferencia de derechos. Al llegar a este punto, no suele faltar quien introduce, a mi juicio de una manera forzada, la cuestión de si el federalismo que viene ha de ser simétrico o asimétrico. Una respuesta al reproche podría ser esta sencilla pregunta: ¿acaso no es ya bastante asimétrico nuestro Estado de las Autonomías, sin que dicha asimetría haya causado hasta ahora particular escándalo en los repentinamente escandalizados por la propuesta federal?

Usted ya denunció hace tres años en TV3 la falta de pluralismo de sus informativos. ¿Cree que el canal autonómico ha contribuido al auge del secesionismo?

Se ha esforzado denodadamente, de eso no cabe la menor duda. Dicho lo cual, valdría la pena distinguir entre dos formas de contribución. TV3, prácticamente desde su creación, ha dedicado el grueso de sus energías a construir lo que podríamos llamar la cosmovisión, o visión del mundo, nacionalista. Desde esa perspectiva, es evidente que la televisión pública catalana ha constituido uno de los factores claves en la elaboración y reforzamiento de una determinada identidad colectiva. No es casual que durante una época el eslógan con el que la propia TV3 se promocionaba era “La nostra”. En realidad, lo que se ha visto es que el eslogan merecía una pequeña rectificación, y debería haber sido “La dels nostres”, la de los nacionalistas, que es en lo que se ha convertido, de manera exclusiva.

Pero luego se encontraría la otra contribución, que es la que estamos viendo en los últimos tiempos, y que bien podríamos denominar la contribución de argumentario. TV3 se ha convertido durante el procés en la correa de transmisión de las consignas de los partidos independentistas hasta el menor detalle y sin el menor pudor. No dudo en absoluto que TV3 esté llena de magníficos periodistas. Lo que sí afirmo es que no ejercen de tales cuando se comportan de una determinada manera. De una manera que en aquella casa se ha convertido en norma.

También ha alertado de la credulidad de una parte de los ciudadanos ante los mensajes tóxicos del independentismo. Una vez demostrada su falsedad, ¿confía en que una parte importante de los catalanes varíe su voto el 21-D?

Quienes entienden de estos asuntos –tanto de comportamientos electorales colectivos como en general de psicología de masas– acostumbran a señalar que, cuando se producen adhesiones políticas cargadas de una fuerte emotividad, a los individuos les cuesta gran esfuerzo la rectificación. Tanta resistencia resulta comprensible. A todos nos cuesta reconocer nuestros errores, y cuanto mayores sean estos, la dificultad es mayor, sobre todo si el reconocimiento resulta doloroso por el tamaño de las expectativas incumplidas. En ese sentido, yo no veo, pongamos por caso, a grandes contingentes de votantes de Junts pel Sí pasando a votar a Miquel Iceta –y ya no digamos a Arrimadas–. Pero sí creo que podría haber un sector de votante independentista sobrevenido que, ante la evidencia del monumental engaño –seremos la Dinamarca del Mediterráneo, Europa ya tiene preparada la fiesta de bienvenida a la futura Cataluña independiente, etc.–, decidiera abstenerse.

 

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