Los comunes de Ada Colau son tan independentistas como ERC o la CUP, a los que consideran sus auténticos compañeros de viaje. Lo han demostrado continuamente, con su desprecio a los catalanes castellanoparlantes – recuerden los carteles del Ayuntamiento de Barcelona en la etapa Colau en urdú, catalán, filipino y tágalo, pero no en español – y su apuesta por un referéndum de autodeterminación en el que Colau ya adelantó que votaría «sí».
Los comunes tienen lo peor del populismo y del independentismo. De ahí que el proyecto del ministro de Cultura, Ernest Urtasun, de “revisar históricamente” los museos nacionales para “superar un marco colonial” no sea una ocurrencia, sino una idea muy arraigada dentro del separatismo de esta formación. Y es que se encuentran a gusto con los que gritan “puta España” con sus camisetas con ‘esteladas’ y lemas en contra del heteropatriarcado. Lo del respeto al resto de compatriotas no les va mucho.
Es una pseudoizquierda antiobrerista que desprecia al obrero que se desloma en la SEAT para producir unos automóviles que Colau quiere eliminar. Recordemos como Janet Sanz, la entonces número 2 de los comunes en el Ayuntamiento de Barcelona, fue la que dijo que había que aprovechar la pandemia para acabar con las fábricas de vehículos y reconvertir a sus trabajadores a dedicarse a la “movilidad sostenible”. Y lo hizo porque así piensan los comunes. Y si la casta de los comunes condena con este tipo de ocurrencias a miles de obreros al paro les da igual. Colau y los suyos viven del presupuesto público.
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