Sobre lengua y brechas salariales. Un análisis de Dolores Agenjo

Se oye mucho hablar últimamente de la brecha salarial existente entre hombres y mujeres, pero nadie comenta otra no menos lacerante: la que se produce en Cataluña entre los salarios de los castellanohablantes y los de los catalanohablantes.

Sin embargo, es algo que salta a la vista de cualquiera que visite esa Comunidad, no digamos de los que vivimos en ella. Los trabajos de menor categoría, los peor pagados, los menos valorados socialmente son desempeñados por trabajadores de lengua materna española. Sí, ya se que probablemente el camarero o el dependiente se dirigirá a su cliente en catalán —faltaría más, son órdenes de la empresa—, pero fíjense en su acento o pregúntenles que lengua hablan en casa y comprobarán cómo indefectiblemente los que desempeñan estas actividades son castellanohablantes.

Desde que tengo uso de razón, sé que en Cataluña hay dos clases de personas: las que hablan catalán y las que hablan español. Cuando yo era niña, las diferencias entre unos y otros eran aún más ostensibles que en la actualidad. Los primeros eran los amos, literalmente los amos, porque eran siempre los dueños de las empresas en que trabajaban los segundos, vivían en los barrios acomodados de la ciudad, vestían de cuello blanco, en buenas viviendas, con calefacción y elegante mobiliario, eran la gente bien, de “casa bona”, decían.

Los segundos eran los llamados charnegos o murcianos, los que llegaron de fuera, “en trenes cargados por Franco de colonos”, decía Montserrat Carulla, la candidata de Junts pel Sí en las elecciones autonómicas de 2015. Pues bien, esos colonos o charnegos vivían en el extrarradio, en viviendas humildes o en barracas, no tenían casi nada, solo su capacidad de ser explotados. Dedicaban jornadas extenuantes de trabajo para que los pobres nativos colonizados que los explotaban pudiesen enriquecerse y acumular capital, fregaban sus escaleras, limpiaban sus casas y las construían. No tenían casi nada.

Por aquel entonces, la única relación de los castellanohablantes con los amos catalanohablantes era la laboral. El charnego obedecía y el amo mandaba, naturalmente en español, porque el catalán lo guardaban para relacionarse con sus iguales, no con el servicio. Poco a poco, las cosas han ido cambiando y aquellos que llegaron desnudos a Cataluña durante la década de los 50 y los 60 han ido progresando. A fuerza de trabajar, —no porque nadie les haya regalado nada, como pretenden hacernos creer los que predican la doctrina del agradecimiento debido—, los castellanohablantes consiguieron progresar y hasta acumular modestísimos patrimonios, y, lo que es más importante, darles estudios a sus hijos.

En los años 80 aquellas nítidas diferencias que yo percibía en mi infancia parecían diluirse. Los hijos de los charnegos obtenían también títulos universitarios y, con ellos, la oportunidad de desempeñar trabajos distintos a los de sus padres. Los cuellos blancos de las oficinas, de los bancos, de los despachos de abogados ya no eran solo los hijos de la clase social dominante, la burguesía catalanohablante.

Quizá alguien pensó entonces ingenuamente que el ascenso social generalizado y progresivo estaba al alcance de todos, pero se equivocaban. Había que pagar un peaje: desprenderse de la lengua materna española. Fue precisamente por los años 80 cuando empezaron con la propaganda de que para conseguir un buen trabajo era imprescindible hablar catalán. Cuentan, y es verdad, que la inmersión lingüística empezó cuando un grupo de padres de Santa Coloma, deseosos de que sus hijos pudiesen mezclarse con los hijos de los amos de la tierra, decidieron educar a sus hijos exclusivamente en la lengua catalana. También por aquel entonces algunos padres decidieron renunciar a su propia lengua y adoptar el catalán para hablar con sus hijos.

Lo que no explican es que previamente alguien imbuyó a aquella buena gente de la genial idea de que sin lengua —lengua catalana, se entiende— no hay paraíso. Esa era la consigna que recibíamos los profesores: a los padres díscolos, renuentes a la imposición del catalán, había que convencerlos de la inagotable fuente de bendiciones que supondría para sus hijos la inmersión en catalán. Incomprensiblemente —o no—, rápidamente la izquierda compró ese discurso y se aprestó, con más entusiasmo aún que la casta nacionalista a predicar la buena nueva de la llamada “normalización lingüística”, o sea, de la erradicación del español de la vida pública y , en especial de la enseñanza, y a ser posible hasta de las almas de sus votantes.

Atrás quedaban los tiempos en que la izquierda catalanista clamaba por la enseñanza en lengua materna catalana porque “enseñar a nuestros niños en los primeros años de escolarización en una lengua que no es su lengua materna es un crimen, una tortura” (Josep Benet dixit). Se ve que los niños castellanohablantes tienen menos sensibilidad porque enseñarles en una lengua que no es la suya no solo ha dejado de ser un crimen, sino que es “un tesoro”, eso dicen.

Sin embargo, han pasado los años y el paraíso para los castellanohablantes no se vislumbra. Lo que no les dijeron cuando les vendieron las bondades infinitas que comportaba renegar de la lengua materna para adoptar la “lengua de la tierra” era que por mucho catalán que aprendieran nunca iban a ser como los “auténticos” catalanes, los de sangre pura, no contaminada por orígenes foráneos. Creyeron que podrían hacerse pasar por catalanes, creyeron que podrían acceder a los mismos trabajos, que tenían reservado un puesto en los peldaños altos de la escala social si eran buenos chicos y que la clave para conseguirlo era el dominio del catalán. Pero resultó que no, todo fue una ilusión, un espejismo.

Lo cierto y evidente es que hoy en día los castellanohablantes siguen siendo los obreros, los que friegan escaleras y limpian casas, los que engrosan las colas del paro, los que viven en barrios degradados, los que han de hacer colas para conseguir atención en la seguridad social, los que desempeñan los trabajos peor remunerados, los que están discriminados en los puestos de directivos… Yo no poseo estadísticas, pero no hay más que repasar las listas de responsables de la administración pública autonómica para comprobar que los de lengua materna española (y cuento entre ellos a los que han adoptado el catalán como lengua de comunicación en el trabajo) son una minoría escandalosa. Y ya no digamos si reparamos en la lengua materna de nuestros parlamentarios o en los miembros de los sucesivos gobiernos de la Generalidad. Sí, ya sé que hemos tenido un presidente de la Generalidad andaluz, el efímero José Montilla.

Este buen hombre puso tal empeño en adoptar la lengua de la casta dominante que ni se le nota que sea andaluz, casi parecía el novio de la señorita Norma, aquella extraña criatura, encarnada en un dibujo omnipresente en todas las dependencias de la Generalidad, que nos reclamaba a todos hablar en catalán (“en catalá si us palu”). Sin embargo, el idilio de Montilla con la señorita Norma se hizo añicos cuando la inefable doña Marta (“això és una dona”), en una gloriosa entrevista radiofónica, confeso que no le gustaba José Montilla porque se llamaba José y no hablaba bien el catalán. Y como ella piensan muchos, aunque no lo digan, porque esas cosas se piensan, pero no se dicen.

La pura realidad es que con el cebo de conseguir el ascenso social lograron engatusar a muchos para aceptar sin rechistar la imposición de la inmersión lingüística, pero lo que nunca les dijeron es para qué les iba a servir realmente este insólito —por único en el mundo— sistema de aprendizaje: para ser, salvo raras excepciones, los sirvientes de la clase social dominante, integrada en exclusividad por la burguesía catalana de toda la vida. Y es que la lengua es para los nacionalistas el espíritu de la nación, algo que no se consigue aprendiendo catalán en el colegio, algo que se lleva impreso en el alma, que se hereda generación tras generación y que se traduce en una fonética, en una entonación, en unos giros, inalcanzables para el que no nace ya imbuido de su sagrada llama.

El niño aplicado podrá hablar un catalán perfecto, correctísimo, sin un error gramatical, pero algo en su acento, algo en su expresión, algo en su cadencia, algo en su expresión lo delatará. Y si consiguiese salvar este obstáculo, ahí estarían sus apellidos para revelar que no es de buena familia, que no es completamente de fiar, que son necesarias varias generaciones y su contribución meritoria, rufianesca diría, a la construcción nacional de Cataluña para que le sea perdonada la impureza de su origen.

Así que, a pesar del aparente progreso social de los castellanohablantes, las cosas no han cambiado mucho respecto a como estaban hace ya medio siglo. Hoy en día en Cataluña, clase social y lengua siguen superponiéndose como en el pasado, cuando descendían del tren en la Estación de Francia aquellos escuálidos campesinos, cargados con maletas de cartón, para abastecer de mano de obra barata a la franquista burguesía catalana. Los obreros hablaban y hablan español; los burgueses hablaban y hablan catalán. Los primeros, a pesar de ser mayoría, son los que tienen salarios más bajos, desempeñan peores trabajos y ocupan menos puestos de dirección en las empresas y en la administración pública, y constituyen una escandalosa minoría entre los que se sientan en el Parlamento catalán.

La voluntariosa propaganda del movimiento nacionalcatalanista no puede ocultar para quien tenga ojos que seguimos sin ser “un sol poble”. Nunca lo hemos sido ni parece que vayamos camino de serlo, mientras en Cataluña haya dos clases de ciudadanos: unos con derecho a estudiar en su lengua materna y otros desposeídos de la suya, condenados a la inmersión; unos ocupando los peldaños altos de la escala social y otros relegados a los más bajos, privados de ascender en virtud de su lengua y su origen.

Ha llegado la hora de acabar con esta injusticia, con esta segregación. Ha llegado la hora de exigir paridad en las listas electorales, en los gobiernos, en la administración, en los puestos directivos de las empresas. Ha llegado la hora de denunciar la brecha salarial que los castellanohablantes sufren en Cataluña. Y, por supuesto, ha llegado la hora de acabar con la lacra social de la inmersión lingüística obligatoria, la terrible injusticia de privar a los niños castellanohablantes del aprendizaje en su lengua materna en España.

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