La frustración controlada del procés

Hace unos pocos meses se pidió una prueba de paternidad. La persona estaba convencida -por leyenda urbana familiar- que era hija de Salvador Dalí. Con nocturnidad se le desenterró y se tomaron muestras del maestro del Surrealismo. En mala hora un juez se creyó a Pilar Abel y desenterramos a Dalí. A partir de ese día el final del procés se ha convertido en un gran happening surrealista. Hemos pasado del “Ja sóc aquí” de un ponderado y centrado Tarradellas a un “Ja no sóc aquí” de un personajillo llamado Carles Puigdemont que un día soñó que era presidente de la Generalitat y, cuando despertó se dio cuenta que su historia política se reducía a una línea insignificante, en un volumen decadente, de una quimera baldía.

Y es que la historia que hemos vivido en los últimos tiempos se parece a aquella historia del hombre que soñó que era una mariposa. Al despertar no sabía si era un hombre que había soñado ser mariposa, o era una mariposa que soñó ser un hombre. Y al procés le ha pasado esto. Aquellos que lo han seguido, al despertar el pasado sábado -a pocas horas de aplicarse el artículo 155- no sabían si realmente existió un procés o todo fue una tomadura de pelo.

Y visto los resultados podemos asegurar que ha sido una tomadura de pelo. Un día alguien se despertó y dijo: “vamos a crear la república catalana”. Podía haber exhalado cualquier otra cosa, pero fue esta. El problema de pensar en voz alta es que siempre hay un iluminado que te compra la idea. Y esa idea fue comprada y amplificada. Y más desde que Maragall pensó en voz alta lo del 3%. Entonces se les ocurrió que su inaptitud política y la corrupción podían ser camufladas con una república. De ahí la creación de entidades soberanistas -muy bien condimentada económicamente- para hinchar la idea hasta extremos complicados de comprender.

En un momento determinado alguien se dio cuenta que la película se había hecho tan grande que difícilmente se podía terminar. El final estaba escrito, pero no terminaba con un final feliz. Dicho de otra manera, no se proclamaba la república catalana. ¿Y entonces? ¿Qué podemos hacer? Dejar que otros concluyan la película con el final que todos habían pensado, pero que no se atrevían a rodar. Y es que para algunos es complicado no estar de acuerdo con lo que explican y luego tenerlo que defender.

El tío Rajoy vino con las rebajas y al aplicar el 155 cambió el relato. Sorprendentemente pasaron tres cosas que nadie se esperaba. En el momento de proclamar la república catalana nadie habló. Es cierto, luego lo hicieron en las escaleras del Parlament. Pero las escaleras no es el hemiciclo y no hay delito. Hacerlos en las escaleras, en la calle, en un bar, en la peluquería… no es delito. Levantarse y proclamar o decir lo que sea en el atril del Parlament si lo es. Tampoco se ha publicado en el Boletín Oficial de la Generalitat nada de lo aprobado el viernes 27 de octubre. Si tan legal era todo, incluso las votaciones, y tantas ganas tenían de proclamar la república, lo lógico era darle legalidad. Y no se ha hecho. Por último, ni en el Parlament ni en la Generalitat se ha retirado la bandera de España. Con lo cual nada de lo que pasó ese viernes fue verdad. Si te dicen que todo fue un sueño, es verdad. Lo fue.

Y luego vino el silencio más absoluto. Todos aquellos que habían vitoreado y se habían partido el cobre por el procés se quedaron huérfanos. No tenían ningún mandato. Ninguna orden. Nada. Nadie les dijo salid a la calle y luchad por la república. Nadie les dijo resistid. Nadie les dijo somos una república y tenemos que construir su futuro. Nadie dijo nada. Todos callaron. Nadie levantó la voz y muchos siguen a la espera de una orden para salir en rebelión de algo que nadie sabe lo que es.

Callaron los consellers. Calló Junqueras. Calló Forcadell. Calló Turull. Y aunque habló el sábado 28 desde un lugar llamado Girona, también calló Puigdemont. Al día siguiente habló la calle y esta estaba llena de constitucionalistas. Y el caos se apoderó de todos. ¿De dónde había salido esa gente? ¿Hemos perdido? ¿Qué ha pasado? ¿Qué sucederá? ¿Dónde está la república? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué hemos conseguido? ¿Qué conseguiremos? ¿Dónde llegaremos?

Todas estas preguntas siguen sin ser contestadas. Mientras algunos están aquí y otros han decidido hacer un tour por Europa -me recuerda la serie de Dagoll Dagom “Oh Europa”- los que se han peleado con amigos, familiares, compañeros de trabajo, hermanos… piensan que les han tomado el pelo -por enésima vez- y `que el procés no iba en serio. El viernes empezó la frustración de muchos y se están recuperando con el paso de las horas. Les tomaron el pelo. Ahora lo saben y su venganza se producirá el próximo 21 de diciembre. Porque en esas elecciones el procés quedará definitivamente finiquitado.

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