Por la concordia en Cataluña

Los últimos meses en Cataluña han sido un tanto agónicos. Declaración de independencia, destitución vía artículo 155, encarcelamiento y huída de parte del gobierno cesado, convocatoria de elecciones y vuelta a formar un parlamento que, aunque diferente, nos asegura que el mal llamado “procés” seguirá copando las portadas de los rotativos.

El resultado electoral solo ha vuelto a corroborar lo que ya sabíamos: existen dos cataluñas, una que quiere la independencia de España y otra que no. Dos cataluñas que son prácticamente iguales en números y que, por mucho que se sucedan declaraciones unilaterales, encarcelamientos, huída masiva de empresas, manifestaciones multitudinarias y caceroladas nocturnas no van a cambiar su opinión.

Podemos seguir cerrando los ojos a esta realidad, forzar las estadísticas o rompernos la cabeza intentando encontrar argumentos para demostrar que unos u otros tenemos la razón, que el otro está equivocado y que debe convencerse o morir, pero la realidad seguirá siendo la misma. Las posiciones no han cambiado, movilizado o no, ambos bandos cuentan con un músculo muy potente, capaz de hacer ganador a un partido en las elecciones y de llenar las calles de Barcelona con poco menos de una semana de preparación.

¿Y entonces qué hacemos? ¿Cómo podemos salir de este atolladero?

Creo que es evidente que tenemos dos opciones, dos caminos que voy a intentar explicar de la manera más clara posible:

Uno es el método culturista. Los culturistas se pasan años entrenando para conseguir levantar pesas de cada vez más kilos. Tanto es así que, pese a saber que por su peso y altura es imposible que consigan levantar un mancuerno más grande, sigue entrenando, haciendo el músculo más grande, para alcanzarlo. Independentistas y no independentistas podemos seguir alimentando el argumentario, buscando nuevos casos de corrupción del contrario, señalando los fracasos y esperando nuevas oportunidades para asestarle un buen “zasca” a nuestro contrincante. Pero, por muchos “zascas” que se hagan, por muchos castigos que se impongan al adversario, socialmente nada cambiará, ambos bandos estamos muy fuertes, hemos llegado al límite y no vamos a poder levantar un mancuerno que vaya a dejar al contrincante fuera de juego. Aunque es lícito y bueno que sigamos denunciando las injusticias y luchando por lo que creemos que va a ser una Cataluña mejor, las posiciones están muy enfrentadas y es muy complicado, por mucha verborrea que soltemos, que consigamos que el contrincante se convenza de que tenemos la razón, al menos a corto plazo.

La otra opción, quizás compleja por el grado de confrontación al que hemos llegado, pero seguramente la más necesaria, es la del tercer tiempo del Rugby. En este deporte de contacto, una vez ha acabado el partido, que suele tener dos tiempos (o partes, como en el fútbol), ambos equipos se encuentran, después de haberse repartido de lo lindo en el campo, para compartir unas bebidas (normalmente cerveza) y algo de comida. Esta tradición permite que los jugadores de Rugby, pese a enfrentarse con dureza durante el partido, puedan limar sus asperezas y entablen una noble y sincera amistad con los que han estado aporreándose solo hace unos instantes. Y es que, al fin y al cabo, ambos equipos saben que van a tener que volver a encontrarse y que, por mucho rencor que guarden, van a tener que seguir viéndose en futuros enfrentamientos. Es más, el que ha sido contrincante, puede pasar a ser compañero en otras ligas o equipos.

De la misma manera en Cataluña ahora mismo no paramos de asestarnos puñaladas políticas. Incluso entre amigos y familiares se ha sembrado la discordia o la discusión por culpa de este tema, pero al final, vamos a tener que seguir viviendo con los que tenemos al lado.

Las dos cataluñas, por mucho que nos guste o no, van a seguir existiendo. Por mucho que sigamos alimentando el músculo, ninguna de las dos, a día de hoy, va a conseguir la hegemonía y lo que sí que podemos alcanzar es que dicha discordia acabe infestando nuestras relaciones humanas.

Hemos jugado duro. Nos hemos enfrentado y todos hemos comido mucho barro. Cojamos una toalla, sequémosnos el sudor y pasemos a un tercer tiempo. Limemos asperezas y compartamos una buena cerveza, un buen vino de la Rioja o un buen cava del Penedés, pero bajemos el tono, porque nos toca seguir viviendo juntos y debemos trabajar unidos para sacar adelante esta tierra que todos amamos. Es lícito y bueno que haya divergencias políticas, que tengamos espacios donde denunciar lo que no nos parece bien y de pedir que las cosas cambien, pero desde la diferencia y la disensión, desde estar jugando para equipos diferentes, necesitamos también un lugar común en el que podamos construir una concordia social en Cataluña.

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