La Cataluña real sube al escenario. Una crónica de Pau Guix

Estas últimas semanas la Cataluña real se ha hecho presente no sólo en dos multitudinarias manifestaciones sino a diario en las calles, en los trabajos, en los domicilios, en los bares, en los medios de comunicación, en las asociaciones, en la Administración catalana, en los colegios profesionales, en definitiva, en donde siempre había existido pero donde callaba por una ley del silencio impuesta con coacciones y bajeza moral por el omnipresente nacionalismo, esa ideología del odio, de carácter totalitario y uniformizador, que ahora debe rendir cuentas en los tribunales por rebeldía, sedición y malversación del dinero público, es decir, de los recursos de todos los catalanes y del resto de españoles que viven en mi amada tierra.

Pero si esto ha sido posible es porque una parte de la Cataluña real –al menos una pequeña parte– ya lleva mucho tiempo hablando y denunciando los horrores del nacionalseparatismo que han llevado a Cataluña a una situación económica impensable – con casi 2.000 empresas fugadas en un mes– y a una situación social de división y
fractura de la ciudadanía desconocida desde la época de la Guerra Civil Española. Vaya aquí mi homenaje a muchas personas y asociaciones que han hecho esto posible gracias a su actividad, militancia y publicaciones a lo largo de las tres últimas décadas (no los citaré porque el listado es extenso y sería injusto dejarme a una sola de ellas fuera).

Pero no solo ellas son las protagonistas de este renacimiento cívico en Cataluña, lo es también el conjunto de sus gentes, las que cada día levantan la persiana de su negocio o taller, las que cada día van a la oficina, las que van cada día a educar a nuestros hijos o a cuidar de nuestros enfermos o de nuestros mayores, las que están merecidamente en su casa jubiladas después de aportar con su trabajo durante 30 o 40 años recursos a la sociedad y al bien común que ampara nuestra democracia. Han sido protagonistas todas aquellas personas que quieren hacer su vida día a día sin tener que condicionarla al oscuro marco político del nacionalseparatismo y dedicarla a sus familias, sus amigos y sus aficiones, dedicarlas en definitiva a hacer su vida como ellos escojan dentro de un marco constitucional que les garantiza sus derechos civiles y los servicios públicos que, además, pagan con sus impuestos.

Y también hay otro tipo de gentes, la del mundo artístico, que, por la esencia de su profesión, deberían haber sido también protagonistas de este renacimiento cívico pero contrariamente han renegado de ello aferrándose al dinero fácil de las subvenciones, convenios y mamandurrias de todo tipo para tratar de expandir maléficamente la propaganda del nacionalseparatismo. ¿Todos? No, en cualquier lugar y época, siempre hay gente íntegra, honesta, con los pies en el suelo, que se niegan a convertirse en siervos del mal y dicen lo que piensan, y aunque sean los menos, en una cultura finiquitada por su politización como es la catalana, el valor de su trabajo deviene en una importancia social capital.

El pasado viernes 27 de octubre, día del golpe de estado a lo nacionalista –sería injusto decir a la catalana–, decidí hacer lo que mejor sé hacer, escribir un artículo contundente de denuncia en este mismo diario, y, acto seguido, ir al mejor sitio que uno puede ir en estos casos: al teatro. Decidí acercarme hasta L’Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad de Cataluña, de marcado carácter luchador, trabajador, resistente, leal, una necesaria mezcolanza de gentes de toda España y de otros lugares del mundo, un crisol no sólo de la Cataluña real sino de la España real, o de cualquier otro lugar del mundo occidental en pleno siglo XXI. Una ciudad de gentes que recuerdan y celebran sus orígenes, ya estén en Cataluña, en Galicia, en Murcia o en Honduras, una ciudad que no olvida sus raíces pero que avanza con paso firme hacia la arboleda del futuro, una ciudad que tampoco olvida su lengua común, el español, pero que conoce y usa, cuando libremente lo deciden sus gentes, el catalán sin ningún tipo de problema ni reparo.

Un fiel representante de esta Cataluña real es el humorista Raúl Alcaraz que, junto con Alberte Montes, de raíces gallegas, hicieron una gran gala de humor con el Auditorio Barradas lleno a rebosar. Ese viernes, como los viernes anteriores, la Cataluña real subió a escena. A nadie, ni humoristas ni público, les importaban lo más mínimo las estultas “tradiciones” nacionalistas inventadas como la “flama del Canigó” o la insoportable levedad de “la nació” o las consignas del odio “Espanya ens roba” o “som una nació”. A toda esa gente no le importaba si el chiste se hacía en catalán o en español, porque la comicidad nacía del relato social verdadero, por ejemplo, de la incomprensión lingüística entre el vecino español y el peluquero pakistaní a la hora de del corte de pelo, o del “savoir faire” de los camareros de origen chino cuando te ofrecen un “delicioso pan de gamba” que parece y sabe como un trozo de porexpán, o sobre los médicos y la atención en la Seguridad Social, o sobre los orígenes personales de los catalanes en otra regiones de España y su graciosa fonética, o sobre nuestras madres, o sobre las series que ven nuestros padres en tv, o sobre la vida familiar, etc., todo ello plagado de lugares comunes y de referencias populares compartidas por el global de la población a día de hoy como puede ser The Walking Dead (por citar sólo una). También daban para lo jocoso las referencias a la dificultad del uso de los “pronoms febles” catalanes para un castellanoparlante o el reírse de esa familia de apandadores que han sido los Pujol o del irrepetible personaje de Cristiano Ronaldo.

Raúl Alcaraz, impregnado de ese orgullo hospitalense que lleva siempre consigo y hasta en la camiseta, inició la gala advirtiéndonos que estábamos en L’Hospitalet, territorio neutral, y que no nos preocupáramos a pesar de lo que había acontecido esa misma tarde en el Parlamento de Cataluña. Sentenció: “A nosotros ni nos va ni nos viene, juegan con el cariño de la gente”. Amén, Raúl, eso han hecho exactamente, pero la Cataluña real, como tú y Alberte, se ha subido al escenario para no bajarse jamás.

Mucha mierda para todos, que la vamos a necesitar en el páramo que el nacionalismo nos ha legado.

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