Junqueras en Jerusalén. Un análisis de Pau Guix de la condena al líder de ERC

Pau Guix (Foto: Cristina Casanova Seuma)

¡Habemus sententiam! Los que quisieron destruir el Estado de Derecho y pusieron en riesgo los derechos civiles no sólo de los catalanes sino del conjunto de los españoles han sido condenados. Pero, antes de seguir con el tema, permítanme los lectores una breve pincelada sobre otro juicio que nos aportará mediante la comparación una visión más amplia sobre lo que subyacía en éste.

El 1 de octubre de 1946 se sentenció en el Juicio de Nuremberg a los líderes del nazismo por sus crímenes en contra de la Humanidad: doce fueron condenados a muerte y tres a cadena perpetua. Pero no todos los líderes nazis fueron juzgados: algunos huyeron y fueron capturados y juzgados años después, como es el caso de Adolf Eichmann, un Teniente Coronel de las SS que participó de la Solución Final, siendo parte importante en la maquinaria de esa terrible Shoah u holocausto del pueblo judío.

La excepcional pensadora Hannah Arendt (1906-1975) ─alemana de origen judío que marcó un antes y un después en el pensamiento occidental con sus obras La condición humana (1958), La vida del espíritu (póstuma, 1978) o Los orígenes del totalitarismo (1951)─ asistió al juicio de Eichmann y escribió, a modo de crónica y reflexión perenne sobre el mal y su banalización, el libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal (1963).

En el juicio, que acabó con la condena a muerte de Eichmann, éste se presentó a los ojos del mundo como un ser humano aterradoramente normal. Fue uno de los jefes de departamento de la Oficina de Seguridad del Reich encargada de exterminar a los judíos europeos. Pero él, lejos de considerarse un asesino, se veía a sí mismo como un obediente siervo de Alemania, como un empleado que debía obedecer las órdenes del Führer ─cuya voluntad era ley─, siguiendo aquella máxima de “Mi lealtad es mi honor”. Eichmann no se sentía para nada culpable, sólo se estaba comportando conforme a la ley ─la de la barbarie nazi─ y por tanto no había actuado incorrectamente en ningún momento, es decir, que estaba clara aunque inconscientemente banalizando el mal, ese gran mal que él había ayudado a perpetrar.

Arendt reflexiona sobre la figura de Eichmann y esa banalización del mal: “Cuando hablo de la banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que, en el curso del juicio, resultó evidente. Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que resultar un villano, al decir de Ricardo III. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, tal diligencia no era criminal; Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo”.

Arendt recoge en su libro las motivaciones del tribunal en la sentencia contra Eichmann: “Has reconocido que el delito cometido contra el pueblo judío en el curso de la guerra es el más grave delito que consta en la Historia, y también has reconocido tu participación en él. Pero has dicho que nunca actuaste impulsado por bajos motivos, que nunca tuviste inclinación a matar, que nunca odiaste a los judíos, y pese a esto, no pudiste comportarte de manera distinta y no te sientes culpable. Nos es muy difícil, aunque no imposible, creerte; existen pruebas, aunque escasas, que demuestran sin dejar lugar a dudas razonables lo contrario de cuanto afirmas, en lo referente a tus motivos y tu conciencia. También has dicho que tu papel en la Solución Final fue de carácter accesorio, y que cualquier otra persona hubiera podido desempeñarlo, por lo que todos los alemanes son potencialmente culpables por igual. Con esto quisiste decir que, cuando todos, o casi todos, son culpables, nadie lo es. Esta es una conclusión muy generalizada, pero nosotros no la aceptamos. [Según] la recién inventada teoría de la culpabilidad colectiva […] hay gente que es culpable, o se cree culpable, de hechos realizados en su nombre, pero que dicha gente no ha realizado, es decir, de hechos en los que no participaron y de los que no se beneficiaron. En otras palabras, ante la ley, tanto la inocencia como la culpa tienen carácter objetivo, e incluso si ochenta millones de alemanes hubieran hecho lo que tú hiciste, no por eso quedarías eximido de responsabilidad”.

Arendt asistió al juicio de Eichmann en Jerusalén. Y se horrorizó y se sorprendió a partes iguales por esta actitud de Eichmann y su creencia en que no hizo nada que fuera punible, sólo seguir la ley nazi y las órdenes de sus superiores. Y nosotros, gracias a la sociedad de los mass media, pudimos asistir al juicio de los políticos presos, cómodamente desde nuestros domicilios, a través de la televisión.

Junqueras, como el gran hacedor del nacionalseparatismo, como el feriante de emociones que se oculta a plena vista entre la multitud para diluir su culpa en ella, como el titiritero que mueve los hilos de un golpe de Estado embozado en un vacío negro que ─cree que─ le encubre, como el gran jerarca nacionalista que con un tono monódico y verosímil típico de aquellos curas de pueblo de antaño pronuncia palabras que sibilinamente dejan escurrir un potente veneno, tampoco se ha sentido culpable de nada ─como Eichmann─ y se ha autojustificado como un obediente y disciplinado siervo de una inexistente ley constituyente (nacionalista) nacida de la falacia del mandato (anti)democrático del 1 de octubre. Y el conjunto de ciudadanos que creemos firmemente en el Estado de Derecho y en sus instituciones nos horrorizamos y nos sorprendimos ─como Arendt─ a partes iguales por su actitud.

Relata Arendt como “Adolf Eichmann se dirigió al patíbulo con gran dignidad […] Calmo y erguido, con las manos atadas a la espalda, anduvo los cincuenta metros que mediaban entre su celda y la cámara de ejecución. […] En aquellos instantes, Eichmann era totalmente dueño de sí mismo, más que eso, estaba perfectamente centrado en su verdadera personalidad. Nada puede demostrar de modo más convincente esta última afirmación cual la grotesca estupidez de sus últimas palabras. […] En el patíbulo, su memoria le jugó una última mala pasada; Eichmann se sintió estimulado, y olvidó que se trataba de su propio entierro. Fue como si en aquellos últimos minutos resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

Junqueras, como método y estrategia de defensa, ha querido ─emulando a Eichmann pero sin mostrar ni un ápice de su dignidad─ banalizar el mal que supone el nacionalismo (cualquier nacionalismo y a la Historia del último siglo de Europa me remito) y diluir su culpa en el colectivo, un colectivo que no es más que un entramado mediático, asociativo y político engrasado con el dinero público que los nacionalistas controlan con ánimo inmisericorde. Pero el Estado, de manera garantista y por medio de la independencia del poder judicial, no le ha creído y ha descubierto sus engaños.

Al igual que quedará un español (aunque piense que tenga más proximidad genética con los franceses que con el resto de los españoles) para la vergüenza, Junqueras, hemos ganado un español para la Historia, el juez Marchena, que nos ha vuelto a hacer creer en el Estado de Derecho, en la democracia y en la separación de poderes y, sobre todo, en la integridad ética y moral de los representantes del Estado que los condenados perdieron mucho antes incluso de intentar dar ese fracasado golpe de Estado y romper en miles de fragmentos el cáliz de la convivencia y la paz social de la sociedad catalana, fragmentos que serán muy difíciles de recomponer otra vez en el mismo recipiente. El nacionalismo es el mal, y no hay que banalizarlo sino destruirlo antes de que éste destruya nuestra sociedad; y esto es un trabajo de todos los españoles, una hercúlea tarea que los catalanes libres de nacionalismo ni podemos hacer solos ni queremos hacer sin su ayuda.

Ahora ya solo faltará que, ocupe quien ocupe el Gobierno de España, en un acto de constricción democrática, el Estado envíe a Junqueras y los otros condenados lejos del control penitenciario del régimen nacionalista catalán ─cuyos líderes siguen amenazando con “lo volveremos a hacer”─ a instituciones penitenciarias de otros lugares de la geografía española en donde los presos ─como Junqueras─ sean los internos y no los que manden, en el que no tengan privilegios ni tratos de favor ─haciendo así efectiva la igualdad entre todos los españoles─, en donde no puedan seguir dirigiendo los partidos políticos y el movimiento separatista desde sus celdas, y en donde paguen ─democráticamente─ con su condena el daño irreparable que le han causado a nuestra sociedad y al conjunto de la ciudadanía española.

Quizás, en la soledad del presidio, el creyente Junqueras, ahora que tendrá mucho tiempo para leer, revisite los Salmos de la Vulgata, en especial el 121:6 que recoge “rogate quæ ad pacem sunt Ierusalem” (“rogad a los que están por la paz de Jerusalén”) y se entristezca al darse cuenta de que podía haber sido uno de ellos en vez de ser uno de quienes la rompieron.

Pau Guix

14 de octubre de 2019

 


‘50 hazañas de TV3’ es el último libro de Sergio Fidalgo, en el que ofrece 50 ejemplos que demuestran las malas artes de una televisión pública que se ha convertido en una herramienta de propaganda en manos del secesionismo. Insultos al Rey, faltas de respeto a líderes constitucionalistas, manipulaciones informativas... Se puede comprar en este enlace de Amazon. Si lo quieres dedicado manda un correo a edicioneshildy@gmail.com y pregúntanos como pagar.

no recibe subvenciones de la Generalitat de Catalunya.
Si quieres leer nuestras noticias necesitamos tu apoyo.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Información básica sobre Protección de Datos

  • Responsable: SERGIO FIDALGO.
  • Fin del tratamiento: Mantener una relación comercial y el envío de comunicaciones sobre nuestros productos y servicios.
  • Legitimación: El consentimiento del usuario.
  • Comunicación de los datos: No se comunicarán los datos a terceros, salvo por una obligación legal.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos, como se explica en la información adicional.
  • Contacto: elcatalandigital.es@gmail.com.
  • Información adicional: Puede consultar la información adicional y detallada sobre Protección de Datos en Política de Privacidad.