Juan Milián: “TV3 utiliza el dinero de todos para ir contra la mitad de los catalanes”

Juan Milián, en una cafetería del barrio del Born en Barcelona / Óscar Benítez

Colaborador habitual en las páginas The Objective, El Debate de Hoy y la edición catalana de ABC, Juan Milián (Morella, 1981) es en la actualidad coordinador general de estrategia política del Partido Popular catalán. Para Milián, nada cambiará en Cataluña hasta que el constitucionalismo trabaje unido en defensa de las verdaderas víctimas de este conflicto: “los catalanes no independentistas”.

En un artículo en The Objective afirmaba que el “nacionalismo es un ascensor de la mediocridad”. ¿A qué se refería?

En este momento, conocemos los daños materiales del nacionalismo. El daño económico —que podíamos anticipar por lo ocurrido en Quebec o Escocia— lo hemos comprobado en carne propia con la huida de empresas y las inversiones que ya no se llevarán a cabo. También hemos sufrido el desprestigio de las instituciones, así como la fractura social. Pero, además, el nacionalismo ha ocasionado un daño cultural tremendo. Esto ocurre porque el nacionalismo subvenciona el ombliguismo y la cerrazón; delimita la cultura tras unas vallas tan altas que termina produciendo asfixia. Es un fenómeno que explica muy bien François Jullien en el libro La identidad cultural no existe: cuando uno puede definir perfectamente una cultura, es que ya está muerta.

Muchas veces, el nacionalismo no es un repliegue hacia la tradición, sino hacia la mediocridad, hacia lo que no se salga de la norma, hacia todo aquello que justifique el proyecto político nacionalista. Es lo que ha ocurrido en Cataluña, donde se ha alimentado todo lo ha sido complaciente con el poder político, mientras que lo creativo y heterodoxo ha sido aplastado o expulsado. En Madrid deben de estar muy felices, porque se han beneficiado de mucho talento catalán que se ha refugiado allí. Ese es el efecto del nacionalismo: la protección de la mediocridad y el castigo de la excelencia.

Mientras Pujol hablaba del andaluz como un hombre destruido”, Torra ha llamado “carroña” a los castellanohablantes”. ¿Es la xenofobia de ambos dirigentes una casualidad?

En el fondo, la xenofobia es intrínseca a la idea de nacionalismo étnico que impera en Cataluña. El otro día, me encontré un texto de Karl Lueger, el que fuera alcalde de Viena a finales del siglo XIX, que era exacto a los escritos de Torra. La única diferencia es que era contra los judíos en lugar de contra los españoles. Textos como los del alcalde vienés generaron un caldo de cultivo, una cultura que deshumanizaba a parte de la población. En el caso catalán, genera una sensación de angustia estar rodeado de personas que justifican lo que justifica Torra. Todos conocemos a personas inteligentes y bondadosas que validan sus opiniones, pero que no lo harían si las escucharan en otro idioma que no fuera el catalán. Si les dieras a leer cualquiera de esos artículos traducidos a otro idioma —y sin desvelar que son de Torra— se indignarían.

La plataforma El País de demà, integrada por dirigentes moderados del PDeCAT, pide incluir el derecho a la secesión en la Constitución. ¿Es una idea conveniente?

Aquí nos falta una gran labor pedagógica, porque es verdad que la batalla contra la independencia se puede ganar, pero la del derecho a decidir no es tan fácil porque una parte de la izquierda la compra. Sin embargo, en democracia ese derecho a separarse es profundamente antiprogresista. No existe ninguna constitución democrática del mundo que lo contemple. Y esto es por una razón: si se concede a las partes la posibilidad de marcharse de manera unilateral, éstas pueden someter al conjunto a un chantaje continuo. Imagine, por ejemplo, que las regiones ricas de un Estado pudieran decidir irse en cualquier momento. Y que su condición para no hacerlo fuera no ser solidarias y que todas las inversiones se destinasen a ellas. Estas dinámicas convierten en insostenible el Estado del bienestar.

Por otra parte, cuando ha habido Estados que permitían la autodeterminación, o bien se han convertido en un Estado federal que ha abolido ese derecho, o han acabado separándose. Es el caso de Suiza, cuyas partes soberanas adquirieron la forma de una federación donde no se pueden separar, o el de Serbia Montenegro, que terminaron separándose al cabo de pocas semanas. Y es que para la democracia no es asumible que las distintas partes puedan decidir sobre algo que pertenece a la soberanía nacional. Lo progresista es que todos tengamos los mismos derechos sobre aquello que es de todos.

Entidades como Plataforma per la Llengua apelan al derecho a vivir “plenamente en catalán”. ¿Le parece un propósito razonable?

Hay muchos argumentos contra la inmersión lingüística. El primero, que tus hijos deben poder estudiar en su lengua materna siendo ésta oficial. Lo contrario no ocurre en ningún país del mundo. Por otra parte, la verdadera inmersión es un cambio de contexto lingüístico: en el caso de los catalanoparlantes de ambientes catalanoparlantes, no es inmersión sino ahogamiento. Es imposible que aprendan español correctamente. Curiosamente, los nacionalistas quieren que los niños aprendan el español en esas teles que desprecian. Este sistema es una manera de encerrarse, que sea todo en catalán para que no venga talento de fuera y no tener que competir.

Muchos piensan que la inmersión es una política de éxito porque así lo repiten en la televisión cada dos minutos, pero no hay encuestas que lo avalen porque el CEO nunca preguntará si prefieres una escuela monolingüe, bilingüe o trilingüe. Cuando se ha hecho y la gente responde de manera libre, la mayoría quiere trilingüismo. De hecho, es sabido que los líderes nacionalistas llevan a sus hijos a escuelas trilingües. Normal, porque la mayoría quiere que sus hijos dispongan del mayor número de instrumentos para el futuro. No quiere que renuncien al catalán, sino que si pueden estudiar también en español y en inglés —e incluso en una cuarta lengua— pues mejor.

Por otra parte, contra el nacionalismo es bueno que tengamos una agenda de libertad. Ellos se refugian en una idea falsa de democracia, con sintagmas como el derecho a decidir, porque saben que es difícil luchar contra conceptos que suenan bien. Pero nosotros, los constitucionalistas, tenemos a nuestro favor la idea de libertad. Dejen libertad a las escuelas para elegir su modelo educativo, dejen a los padres libertad para elegir la lengua en la que escolarizar a sus hijos. Cualquiera instrumento de libertad que introduzcamos en Cataluña, ayudará no solo a introducir oxigeno, sino a combatir el nacionalismo excluyente.

Antes de retirar el lazo amarillo, Torra argumentó que éste era un símbolo “transversal compatible con la neutralidad ideológica de la Administración”. ¿Puede entenderse así?

El nacionalismo, sobre todo el actual, ha socavado todos los pilares de la democracia. No solo la neutralidad de las instituciones. A ningún partido en el resto de España se le ocurriría algo parecido: ni el PP pondría banderas azules en los ayuntamientos ni el PSOE banderas rojas, y menos en campaña electoral. Respetar la neutralidad de las instituciones y de los servicios públicos es una condición sine qua non para vivir en democracia.

Pero le diré más. El fomento que se ha hecho desde medios públicos de totalización del espacio público —como calles, balcones, etc.— no dice mucho del carácter democrático de este movimiento. Querer señalar, aunque sea de manera negativa, al que no pone un lazo en su solapa o una pancarta en su balcón es propio de regímenes poco democráticos. Cuando uno piensa en la imagen de un régimen totalitario, lo primero que le viene a la mente son calles y balcones exhibiendo todos el mismo símbolo.

El separatismo no solo no se desvinculó de los CDR acusados de terrorismo, sino que directamente ha exigido su puesta en libertad. ¿Le sorprendió esta postura?

No, porque han creado un marco mental en que el Estado es culpable de todo. En el caso hipotético de que hubiesen atentado —estos u otros—, no tenga ningún duda de que hubieran dicho que no eran independentistas sino agentes del CNI que trataban de criminalizar al independentismo. Salvando la presunción de inocencia, hay respetar a los jueces y las fuerzas de seguridad. Por el contrario, ponerte del lado de activistas que presuntamente tienen explosivos y mapas de cuarteles de la Guardia Civil, no solo es inmoral, sino que demuestra que, estratégicamente, han llegado a un punto de cierta estupidez.

TV3, por su parte, habló de “represión al independentismo” y se refirió en varias ocasiones al atentado que preparaban los CDR como “acción mediática”. ¿En qué medida ha contribuido el canal autonómico al relato separatista?

Es de las pocas veces en la historia que una revolución se promueve y organiza desde la propia Administración pública. Un revolución de privilegiados, porque han contado con todo tipo de recursos a su disposición. Para “acción mediática”, la que lleva a cabo a diario TV3, que utiliza el dinero de todos para ir contra la mitad de los catalanes. Durante años, TV3 ha ido generando marcos mentales de desprecio hacia el que no representaba su estereotipo de catalán —identificando, por ejemplo, a los castellanoparlantes con poligoneros—, pero en la actualidad han cruzado definitivamente el rubicón. El caso de los explosivos es un buen ejemplo de cómo justifican lo injustificable.

¿Qué dirías a aquellos que acusan a PP y Ciudadanos en Cataluña de “vivir del conflicto?

Eso es como lo de judicializar la política: quien lo hace es quien se salta la ley. Si te saltas un semáforo y te multan por saltarte un semáforo, no te multan por conducir, te multan por saltarte un semáforo. En este caso, quienes se han saltado la ley y pisoteado los derechos fundamentales han sido los independentistas. Y si ante eso permaneces callado, estás colaborando. De hecho, el problema ha sido que durante muchos años parte de la sociedad catalana ha estado callada ante los excesos del nacionalismo. Me fastidia esta equidistancia esnob de ponerse por encima de todos: ni contra los que chillan ni contra los que quieren la independencia. No son cosas equiparables.

Yo entiendo que no haya que ponerse al mismo nivel que los nacionalistas y que la sobreactuación es contraproducente. Pero, igual que algunos ahora se arrepienten de haber defendido el derecho a decidir en 2012, en el futuro se avergonzarán —aunque no lo digan— de haberse situado en una posición intermedia. Además, a alguien como Torra cualquier que no sea como Torra le crispa. Siempre van a estar crispados, por lo tanto no dejemos de hacer nada que sea necesario hacer.

¿Y qué es necesario hacer?

Cuando hace dos años el nacionalismo intentó dar un golpe de Estado y cargarse la democracia, parte de la sociedad catalana dijo “hasta aquí hemos llegado”. Ahora, no estamos dispuestos a volver al pujolismo, a que los que han roto el pacto constitucional sigan ganando espacios para que al final puedan dar otro golpe con más fuerza. Todo ha cambiado: las victimas no son los que están ahora en la cárcel sino la parte de la sociedad catalana que ha visto su convivencia rota, que ha pasado noches muy complicadas. Nuestro objetivo debe ser ofrecer protección a esa Cataluña.

Por otra parte, el reto es que el constitucionalismo entienda —con sus diferencias ideológicas legítimas— que si no hay un proyecto conjunto y no se apuesta para que la actual mayoría social se convierta en una mayoría parlamentaria, esto no va a cambiar. Solo sucederá cuando haya alternancia en el poder en Cataluña. Hasta ahora, siempre han gobernando los nacionalistas, de una manera u otra: con CIU o ERC, o con un PSC en ocasiones más radical que CIU. Para que las inercias cambien, los partidos constitucionalistas catalanes deben sacrificar a corto plazo ciertos postulados ideológicos y remar conjuntamente.

En cuanto al Gobierno en el conjunto del Estado, se debe cambiar la visión con respecto a Cataluña. Hasta el momento, se ha aplicado la política del palo y la zanahoria con los nacionalistas en función de si facilitaban o no la gobernabilidad de España. Pero, por mucho que los premies, van a seguir queriendo la independencia. Es mejor girar el rumbo y fijarse en la Cataluña no independentista. Hacer políticas para compensar la situación; nivelar el terreno de juego para que los no nacionalistas dejen de estar jugando siempre un partido de fútbol cuesta arriba. Para ello, debe impulsarse una agenda de libertad en la escuela y en los medios. Si éstos no reflejan la complejidad y pluralidad de la sociedad catalana, nada cambiará.

Por Óscar Benítez


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