Inanidad del presente

Siempre me ha llamado la atención ese fenómeno al que podríamos llamar “inversión semántica”, por el que una palabra pasa a significar lo contrario de lo que significaba en su origen, y que nos revela su etimología. “Nada”, por ejemplo, dicen que proviene de “nata” (“res nata”, cosa nacida) y de “nati”, nacidos, deriva “nadie”. ¿Tan efímero es todo, que al nacer ya es nada, y tan insignificantes todos, que ya nacidos somos nadie? El español ha sido muy creativo en torno a este campo semántico: nadería, nonada, anodino, anonadar, nimiedad, nulidad, futilidad, insignificancia, fruslería…

Pensando en un tema sobre el que hilvanar alguna reflexión para cumplir con mi cita semanal en estas páginas, confieso que esta vez nada me estimulaba, nada tiraba de mí, nada agitaba mi “segundo cerebro” (ese montón de neuronas que viven en nuestras entrañas, de donde siempre parto) y sí, en cambio, se fue apoderando de mí cierta indolencia, cierta sensación de inutilidad. Me vino así la palabra “inanidad”, y ahí se ha quedado hasta el punto de coronarse como titular de este articulillo que, en consecuencia, no podrá ser sino “inane”.

Porque hoy veo la realidad que nos rodea (que me rodea) como cosa insustancial, insignificante, saturada de nimiedades que tratan inútilmente de rellenar el vacío, la vacuidad esencial del día a día, por más agitación, aspavientos, declaraciones rimbombantes, convenciones, rescates imposibles, taladros para horadar lo duro, lo sumergido. Para sustituir la incertidumbre y la confusión y el miedo y la inseguridad esencial de la vida por un imposible sustancial, trascendente.

Pero sobre todo veo la política de nuestros políticos como el reino de la inanidad, la nadería, la insustancialidad, algo tan inasible, intangible y efímero cuanto con más virulencia se proclama y defiende. Yo creo que esta era, esta nueva era de inanidad, la inauguró Zapatero, al que algunos tardaron en descubrir como otros han tardado en descubrir la vacuidad de Iglesias, Monedero o Errejón. Pedro Sánchez, sin duda, ocupa hoy el trono de los inanes, los fútiles y vacuos (que no inocuos, sino inicuos), alcurnia insípida de la que no podemos descartar a otro que lleva tiempo haciendo méritos para entrar en este club de elegidos, Albert Rivera. La inanidad de los Puigdemont, Torras y  Junqueras pertenece a otra categoría, la de los apostólicos, que son tantos y tan variados que podríamos abrir con ellos otra taxonomía.

Pero como la inanidad raya con la memez, dejaríamos este esbozo o aproximación científica a la actualidad muy inacabado, si no reveláramos que detrás de la futilidad del ahora se encuentra la fatuidad de los que acaparan la atención del momento, los que difunden el atontamiento general del presente con ínfulas de entendidos. La necedad se oculta con la impostura, la ñoñez con la vanidad, la estupidez con la insolencia. Miren hacia cualquier lado, pongan nombres, hagan  juego.

Bueno, ya ven que no tengo el día ni la hora ni el momento muy lúcido, así que quédense con esta idea de que la mayoría de las cosas que consideramos importantes hoy, por el mero hecho de ser actuales, no por ello dejan de ser inanes, intrascendentes, no merecedoras de nuestra atención, y menos de nuestro desasosiego. Y que un mínimo de prudencia y sensatez nos obliga a esperar un poco, a ver qué queda de tanta alharaca, tanta algarabía, tanto fatuo vaticinador. Esperemos un poco para ver qué queda de tanto líder, tanta aclamación, tanto innovador, tanto campeador, tanto servidor de la patria, tanto estratega.

Porque la vida es frágil, el presente efímero y el futuro impredecible. ¿Y la seguridad? Quizás sólo sea eso que va por debajo, que está ahí, pero que no vemos. Como hemos comprobado que ocurre con algunas palabras, la realidad puede también acabar significando lo contrario de lo que a primera vista dice, o sea, lo que su apariencia, a la que llamamos actualidad, nos dice ahora con tanto apremio. Si dejamos que las cosas evolucionen, quizás podamos ver cómo acaban transformándose en lo contrario de lo que ahora significan. Actual no es sinónimo de urgente.

Así que, españolitos, un poco de paciencia, a barajar y a esperar, que los acontecimientos se precipitan por sí solos. Entre nosotros y la realidad sigue habiendo un abismo. Imposible eliminar de nuestras vidas la confusión, la incertidumbre y la perplejidad. Mejor pararse de vez en cuando a observar, que dejarnos arrastrar por la inanidad turbia del ahora y acabar paralizados, petrificados por lo que se nos venga encima.

Santiago Trancón Pérez


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