Entrevista a Francisco Laporta: “Las afirmaciones de Torra son claramente racistas”

Francisco Laporta (Madrid, 1945) es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador habitual en el diario El País. El jurista madrileño juzga los nacionalismos “antidemocráticos”, desconfía de los referéndums por considerarlos “simplistas” y aboga por el diálogo “entre catalanes” para superar el conflicto actual.

Usted se ha mostrado muy crítico con los referendos como método para solventar conflictos políticos.

Sí, efectivamente. Un referéndum es una supuesta apelación al pueblo que puede resultar en un fiasco por la información inducida en los votantes, la ausencia de responsabilidad política del pueblo y la interferencia que produce con los órganos representativos.

En una cuestión muy compleja —el brexit, por ejemplo— lo que se pone de manifiesto es que gran parte de los votantes no supieron realmente lo que decidían, y han dejado al parlamento inglés en una situación imposible: tienen que cumplir un mandato indiscutible pero no se les dice cómo, ni a quién hay que pedir responsabilidades.

El referéndum es un procedimiento simplista que sirve para un tema sencillo y sin matices: el límite de velocidad en las carreteras o el divorcio por mutuo acuerdo. Los temas complejos hay que dejárselos a un órgano plural y deliberante que pueda razonar en público, armar consensos y aproximar posiciones. Y que pueda renovarse periódicamente.

También ha considerado que democracia y nacionalismo son poco compatibles.

Esto es claro. La democracia liberal tiene su asiento en personas individuales dotadas de derechos. El nacionalismo, por el contrario, presupone la existencia de una entidad colectiva con una suerte de destino histórico que está por encima de los individuos. Llámese nación o pueblo. Para el nacionalista lo único importante es ese destino, y para cumplirlo debe ignorar los derechos de los individuos si eso es necesario.

Los nacionalismos son tendencialmente antidemocráticos. Que no se equivoque nadie: los secesionistas catalanes demandan el derecho de autodeterminación, o el derecho a decidir, no para dar la voz al ciudadano, sino para que el mero reconocimiento de ese derecho implique que Cataluña se ha tornado una entidad independiente que puede decidir su destino político. Si consiguen ese  reconocimiento, habrán logrado su objetivo. Después, les dará lo mismo lo que voten los ciudadanos. Si votan que no, pedirán otro referéndum y otro referéndum, hasta que salga el . Y ahí se acabará la democracia, porque no volverán a consultar el tema ni a apelar a ningún derecho a decidir.

Ortega y Gasset señalaba que el problema catalán solo “podía conllevarse”. ¿Sigue siendo un paradigma válido?

No sé qué suponía Ortega que era el problema catalán, pero esa afirmación me parece desalentadora. Creo que los ciudadanos de Cataluña son muy capaces de articular unos criterios positivos de convivencia entre sí, con los demás españoles y con el resto de los europeos. Y todo ello conservando perfectamente sus derechos, su lengua, sus tradiciones y su cultura. Sólo hace falta que no les engañen ni les llenen la cabeza con quimeras absurdas.

Según el académico italiano Mauricio Viroli, la “única forma de vencer al nacionalismo es redescubriendo el patriotismo”. ¿Lo suscribe?

El patriotismo de Viroli es un poco forzado. Es una forma intensa de recordar que uno tiene unas creencias políticas abiertas y un cierto amor a su tierra y sus gentes. Eso es algo muy común y sencillo. Casi todos lo tenemos. Y estamos dispuestos a defenderlo. Pero elevarlo a la temperatura del patriotismo no me parece positivo. Yo tiendo a considerar al patriota como una amenaza potencial por su exaltación. Y hay ciertos episodios de la historia de mi patria que rechazo profundamente.

Lo que debe preocuparnos son los derechos y el bienestar de los conciudadanos que nos ha tocado vivir juntos, no las entelequias que se inventan a partir de un relato impostado.

Por lo que respecta al catalanismo, analistas como Ricardo Dudda lo consideran el “soporte intelectual del independentismo”. ¿Le parece cierto?

Parece que hay dos catalanismos: el catalanismo que subraya la pujanza de la lengua y la cultura catalana, y trata de cuidar sus tradiciones, su historia y hasta su idiosincrasia, pero todo ello en el marco de una convivencia fluida con los demás ciudadanos (tanto si viven en Cataluña como si viven en el resto de España); y el catalanismo excluyente y secesionista que ha inventado esa nueva historia de las incompatibilidades  y ha alentado con ello el procés. Yo creo que sólo esta versión puede servir de soporte al independentismo.

Un estudio reciente demuestra que el modelo catalán de inmersión lingüística lastra el rendimiento de los alumnos castellanohablantes. ¿A una sociedad bilingüe no debería corresponderle una escuela bilingüe?

No conozco ese estudio, pero es plausible. Yo voy más allá: creo que toda escuela contemporánea debe ser plurilingüe. Y no sólo porque parece que el plurilingüismo estimula más la inteligencia de los chicos, sino porque en una realidad tan globalizada no conocer lenguas equivale a ser medio analfabeto.

Enseñar el castellano es enseñar una lengua que hablan 500 millones de seres humanos. La tercera, tras el chino y el inglés. De forma que un chaval que acabe su educación hablando catalán, castellano e inglés es con toda seguridad un ciudadano catalán del futuro. Si se limita al catalán, será un paleto que se queda en la cuneta de la historia. El parroquialismo es siempre pobre como programa escolar.

Lo ocurrido en octubre de 2017 en Cataluña, ¿fue o no un golpe de Estado?

Los golpes de Estado han sido por lo general aparatosos, cruentos y autoritarios. Y liderados por militares. Pero, claro, una semántica tan cargada emocionalmente puede deleitarse en asimilar lo que se hizo aquellos días a un golpe de Estado. Yo no creo que lo fuera en sentido estricto. Creo que fue un intento de subvertir el orden constitucional y el orden estatutario mediante un fiat voluntarista que se pudo imaginar  —para mí de un modo incomprensible— que podría tener éxito sin consecuencias jurídicas de tipo alguno.

Prefiero pensar que los actos claramente delictivos que se realizaron entonces se sustentaban en una suerte de alucinación o alteración de la percepción que llevó a muchos a pensar que semejante paso iba a ser acogido con alguna benevolencia por el Estado español, la Unión Europea, las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional. Quizás ese paso se dio por obcecación, o porque no tenían a nadie al lado con la honestidad y el coraje suficiente para advertirles de lo que cualquier persona medio informada tenía que saber.

¿Cómo se entiende que Quim Torra condene la xenofobia de Vox y al mismo tiempo dijera que “se corre el riesgo de que la nación se deshaga como un azucarillo en un vaso de leche, atenazada entre la avalancha inmigratoria”?

A Quim Torra le molesta al parecer que le llamen nazi. Sin embargo, sus afirmaciones son claramente racistas. Y aunque no se proponga organizar un régimen como el nacionalsocialista, se mueve sin embargo en las disparatadas coordenadas de valores que dieron lugar a ese régimen: la afirmación de una raza superior, en este caso la catalana, y el protagonismo del Volksgeist —el espíritu del poble— y su existencia como entidad histórica de orden superior.

Con esos mimbres se puede provocar, se quiera o no se quiera, un fenómeno parecido al nazismo. Al oírle decir esas cosas, algunos pueden entender que los migrantes o las bestias españolas pueden ser ignoradas o suprimidas en aras de ese objetivo moral superior que es el pueblo catalán. Por mucho que ellos quieran negarlo, el Santiago Abascal de Vox y el Quim Torra del procés son dos perfiles ideológicos muy cercanos.

El abogado de Junqueras ha considerado como “juicio político” la causa del procés en el Supremo. ¿Puede considerarse así?

En absoluto. Lo que se juzga en el Supremo son unos hechos muy graves de violación del orden jurídico por parte de autoridades constituidas por él. Quienes no han realizado esos hechos no son juzgados. Al presidente Torra, o al diputado Joan Tardá, que piensan y dicen lo mismo que los encausados, y militan en las mismas formaciones políticas, no se les importuna, incluso se les invita a la tribuna del juicio con carácter preferente, y se les reconoce su condición de autoridades.

¿Por qué esa diferencia? Pues porque no han realizado ninguna de las acciones ilegales que se juzgan. Si se deciden en algún momento a realizarlas, experimentarán enseguida la diferencia que hay entre tener una posición política admitida y cometer un delito. Una cosa es estar en contra del delito de hurto y otra muy distinta hurtarle la cartera a alguien.

Partidos como el PSC o entidades como Federalistes d’Esquerres creen que el federalismo serviría para superar la crisis en Cataluña. ¿Podría ser una solución?

En una situación normal, quizás podría ser un principio de solución. De hecho, la mayoría de los organismos internacionales que se han ocupado de problemas similares sugieren esto como posible solución para ellos. Pero hoy por hoy en Cataluña hay que hacer algo previo de la máxima importancia: que los catalanes mismos se sienten y vuelvan a buscar todas las sintonías posibles entre ellos mismos. Eso se tendría que buscar en primer lugar en el Parlament, pero ya vemos que le han echado el cierre. Y, claro, en esta situación una propuesta federalista sería poco escuchada.

Por Óscar Benítez


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