Entrevista a David Jiménez Torres: “La protección del catalán no requiere de la exclusión del español”

David Jiménez Torres. Foto de Ludovica Chiussi

Autor de novelas como Cambridge en mitad de la noche (2018) y flamante fichaje como columnista del diario El Mundo, David Jiménez Torres (Madrid, 1986) es uno de los articulistas políticos más agudos del panorama actual. El escritor madrileño explica en esta conversación con El Catalán que el nacionalismo no es una ideología “ineluctable ni natural”, pero que para combatir su deriva no existe una receta única.

Ha comparado a Torra con Donald Trump. ¿Qué tienen en común?

Como buenos nacionalistas, comparten una mentalidad de ciudadela asediada. Su acción de gobierno está influida por la idea de que su nación —que sería relativamente homogénea— está amenazada por fuerzas exteriores que buscan sojuzgarla o esquilmarla. Entre ellas cobra especial relevancia la inmigración, que perciben a través de un filtro entre xenófobo, clasista y paternalista. Esta pretendida emergencia nacional justificaría atropellos, tanto simbólicos como reales, que siempre se plantean como acciones puramente defensivas.

Los dos también prefieren satisfacer a sus votantes más radicalizados que intentar atraer, o incluso reconocer como interlocutores, a quienes no piensan como ellos. Pero, sobre todo, Torra y Trump muestran algo importante acerca del estado de sus respectivas bases. Los dos son el resultado de una radicalización de los votantes de partidos históricos: el Partido Republicano en EE. UU. y CiU en Cataluña. Más interesante que la biografía o la estrategia de los propios personajes es el proceso que lleva a tantos votantes a aceptar un líder de estas características.

Sin embargo, el nacionalismo suele alegar que los textos xenófobos de Torra están sacados de contexto…

Pueden decirlo, claro. Pero la lectura de artículos como el de La lengua y las bestias muestra que es al revés: precisamente revelan un contexto.

También ha sostenido que el objetivo de cualquier gobierno nacional debería ser que un frente constitucionalista gobernase Cataluña. ¿Por qué es tan importante?

En primer lugar, por una cuestión simbólica. Se señala a menudo que los independentistas no son mayoría en votos, pero muchos —dentro y fuera de Cataluña— siguen pensando que el nacionalismo, en versión más o menos explícita, es la forma natural de autogobierno catalán. En cierto modo es lo que explica muchas actuaciones de los gobiernos de Maragall y Montilla, y también de los sucesivos gobiernos nacionales. Un frente constitucionalista que consiguiera gobernar la Generalitat ayudaría a deshacer de una vez ese equívoco, tanto dentro como fuera de Cataluña. Y también recordaría que el nacionalismo no es algo que emane de las piedras y los ríos catalanes, sino que es una ideología al servicio de una estructura de poder; una ideología que los ciudadanos pueden tomar o desechar como cualquier otra, y que por tanto no es ni ineluctable ni natural.

También hay una cuestión práctica: con la actual estructura del Estado autonómico, un cambio verdaderamente eficaz en las políticas culturales, educativas, de medios, etcétera, debe venir de las instituciones autonómicas, y con un plazo largo. Esto es algo que los nacionalistas comprendieron desde el minuto uno; estaría bien que el constitucionalismo también lo asumiera.

Diarios como The Economist han cuestionado las multas lingüísticas que impone la Generalitat a los comercios que no rotulan en catalán. ¿Son justificables dichas sanciones?

No. La protección del catalán no requiere de la exclusión del español, que sigue siendo la lengua materna de la mayoría de los catalanes. Es otra de las grandes imposturas del nacionalismo.

Durante años hemos oído que el PP era una “fábrica de independentistas”. ¿Qué hay de cierto en ello?

Solo lo que tiene de profecía autocumplida. Primero, se genera un marco según el cual el PP es enemigo de Cataluña, los catalanes, el catalán, etc. Luego, se presenta cada nueva noticia que tiene que ver con el PP a través de ese filtro, con dosis generosas de manipulación, paranoia o metonimia (criticar el nacionalismo es “atacar a Cataluña”, criticar a Pujol es “insultar a los catalanes”, criticar el proyecto inicial del Estatut era “catalanofobia”, etc.). Y así se ceba la dinámica. Si acaso, lo que fabrica independentistas es la asunción o imposición de ese marco. Y me temo que en esto los nacionalistas han tenido mucha ayuda del PSC, que ha creído durante muchos años que sumarse a ese discurso le daba rédito electoral.

Partidos como el PSC o Lliures abogan por resucitar el catalanismo para atraer al votante secesionista. ¿Puede ser una vía eficaz?

Creo que no. El catalanismo no es una fuerza estática; en su propia matriz está la ambición de moverse hacia algo, ir hacia algo. Y el votante secesionista ya ha llegado a ese algo. Además, ese lugar al que ha llegado es bastante consecuente con los planteamientos anteriores, con las estaciones intermedias. Me temo que, más que un programa creíble, esa propuesta revela impotencia, falta de ideas y una nostalgia del statu quo ante. Es un deseo de volver a un orden cuyas miserias han quedado expuestas durante los últimos años y que ya no podemos volver a ignorar, aunque sea por una mínima honestidad intelectual.

Dicho esto, no creo que exista una receta única para arreglar la quiebra de la convivencia en Cataluña, ni la deriva de la base social del separatismo. Probablemente, sean necesarias varias estrategias a la vez.

Ada Colau ha defendido que las acusaciones a los políticos presos por el procés son una “barbaridad”. ¿Está en lo cierto?

Yo creo que no. Y, en cualquier caso, me siento cómodo con que eso lo decida el Tribunal Supremo y no Ada Colau.

¿Y qué opina de la postura de la nueva izquierda ante el problema catalán?

Creo que se parece mucho a la de la vieja. Por un lado, por su reticencia a reconocer que hay una enorme cantidad de catalanes que no son nacionalistas. También hay una predisposición —más allá de toda racionalidad— a ver cualquier exceso de los nacionalistas como algo puramente reactivo, una respuesta a algún agravio de parte del resto de España.

Finalmente, no son consecuentes con el hecho de que sus recetas y puntos de vista ya se han aplicado; es más, han sido las estrategias hegemónicas en la cuestión catalana desde hace cuarenta años. Junto a esas continuidades, la nueva izquierda incluye una apuesta por el decisionismo y la radicalidad democrática. Pero me parecen mucho más decisivas las continuidades que las novedades.

Por su parte, la ministra de Educación, Isabel Celaá, ha negado el adoctrinamiento escolar aduciendo que solo afecta al 0’2% de los 60.000 libros de texto que se editan en España. ¿Le parece también un problema anecdótico?

No, por varios motivos. En primer lugar, porque se ha demostrado que los datos que aportó Celaá no son reales. No parece que su postura se base en la evidencia sino en la conveniencia política, lo que hace sospechar que el problema no es tan anecdótico como quiere dar a entender. En general, la actitud de este gobierno y del anterior ante los informes sobre el adoctrinamiento revela temor y desidia.

Pero es que, incluso si los datos que Celaá aportó fueran ciertos, su postura sería lamentable. El deber de un ministerio de Educación es resolver este tipo de problemas, tanto si suceden a gran escala como si no. No puedes decir que como solo se adoctrina un poco, y a unos pocos estudiantes, no te vale la pena hacer algo al respecto. Es una dejación de funciones increíble. Los sucesivos ministerios de Educación de la democracia han fallado a los estudiantes en muchos aspectos, y este es uno de ellos.

Son muchos lo que no han entendido que Ciudadanos haya descartado pactos poselectorales con Pedro Sánchez o el PSOE. ¿Se cuenta entre ellos?

Bueno, una cosa es que lo entienda, otra que lo comparta y otra aún que esté de acuerdo con las reacciones que suscitó este anuncio. Imagino que la cúpula de ese partido vio que les hacía daño el argumento que esgrimían PP y Vox, de que votar a Ciudadanos es votar un gobierno de coalición con el PSOE, y quiso tapar ese flanco lo antes posible. Entiendo que es una manera de aislar a Sánchez, de marcar perfil propio y de luchar por la hegemonía del centroderecha con el PP, todo lo cual me parece entendible desde la lógica de lo que es un partido político.

Por otro lado, como votante, el anuncio me produjo una mezcla de frustración y melancolía. Creo que la mejor manera de afrontar los desafíos del país es a través de pactos hacia el centro, y está claro que esta decisión aleja esa posibilidad en vez de acercarla. No me gusta nada que se esté consolidando una política de bloques.

Y, finalmente, me sorprendió que nadie en el PSOE o en sus sectores afines se planteara qué ha hecho el partido para que un posible aliado en el Congreso, que incluso estuvo dispuesto a investir presidente a Sánchez en 2016, se niegue ahora a pactar con ellos. Es decir, me sorprende esa suerte de inocencia ofendida con la que el sanchismo ha reaccionado a este anuncio. Durante los últimos meses hemos visto una estrategia de parte del PSOE de estigmatizar a Ciudadanos, de colocar el marco de “las tres derechas”, “la derecha trifálica” y demás. ¿No entienden que todo esto ayudó a que llegáramos a este punto? Las críticas del PSOE y sus voces afines solo me merecen respeto si se corresponsabilizan de que hayamos llegado a este punto.

Óscar Benítez


‘Desde la aspillera’ es una recopilación de artículos de Joan Ferran, ex diputado del PSC, críticos con el secesionismo catalán desde una óptica de izquierdas. Se puede adquirir aquí.

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