Entrevista a Aurelio Arteta: “La inmersión es la palanca básica de la construcción nacional”

Conocido por ser uno de los fundadores de UPyD, el filósofo Aurelio Arteta (Sangüesa, 1945) ha sido un crítico tenaz del nacionalismo y sus políticas lingüísticas. El autor navarro, que acaba de publicar el ensayo A fin de cuentas: Nuevo cuaderno de la vejez (Taurus), reflexiona en esta conversación sobre la espinosa cuestión catalana.

Usted afirma que el “nacionalismo democrático” es un “contrasentido”.

Es tan contradictorio como hablar de una “democracia nacionalista” o de un “ateísmo creyente”. En ambos casos, el sustantivo —nacionalismo o ateísmo— niega el adjetivo —democracia o creyente— y viceversa. Las comunidades autónomas que hoy alberga nuestro Estado no son propiamente sujetos políticos, salvo en las particulares competencias que les otorga ese Estado, y para ejercerlas en su nombre. Si un Estado se califica de democrático, no puede conceder más derechos a los ciudadanos de un territorio que a otros. Por eso los llamados “derechos históricos” o privilegios forales —de Navarra o Euskadi—, obviamente, son antidemocráticos.

También sostiene que en política no todos los sentimientos son respetables.

Claro que no. En cuanto a los sentimientos privados, no deben respetarse los que conduzcan a dañar al prójimo. Por ejemplo, el goce ante el mal ajeno. Y de los sentimientos públicos, debemos rechazar los que atentan contra los valores y derechos democráticos. Es el caso de los que inducen al enfrentamiento entre comunidades o a la consideración de la superioridad civil propia y de la inferioridad ajena. En una democracia,  las creencias y las emociones no deben sustituir a las razones.

En su ensayo Tantos tontos tópicos, criticó el efecto pernicioso de algunos lugares comunes muy arraigados. ¿Qué papel han jugado los clichés en el proceso catalán?

Los clichés resultan tan nefastos porque, siendo con frecuencia muy cuestionables o directamente rechazables, su uso refuerza la buena conciencia gracias a su gran respaldo colectivo. En este caso, unos tópicos han amparado y justificado el separatismo, mientras otros han fomentado la indiferencia y la cobardía de buena parte de la sociedad catalana.  Entre los clichés nacionalistas se cuentan algunos como “Somos mayoría, y punto”, “Democracia es votar”, “Nuestra historia nos da derechos” o “Nadie tiene derecho a pedirme que renuncie a mis ideas”. Y entre los que han alimentado la indiferencia, han sido recurrentes otros como “Todos tenemos alguna parte de verdad”, “Bueno, es su cultura”, “No tengo madera de héroe” o “Sin violencia, todos los proyectos políticos son legítimos”.

En este sentido, diversas voces han criticado la extendida idea que atribuye el origen del conflicto a la sentencia del Estatut.

En su momento, leí aquel proyecto de Estatut y me pareció democráticamente indefendible. Pensé despacio también los análisis críticos de constitucionalistas sensatos y compartí sus juicios: ese proyecto era impresentable. Por lo demás, viniendo a la historia reciente, me temo que el origen próximo del conflicto no esté tanto en aquella sentencia. A mi juicio, está en el consentimiento durante decenios de los sucesivos gobiernos de España y Cataluña frente a las crecientes proclamas nacionalistas. Y en la cobardía o indiferencia de la mayoría social catalana ante sus exigencias.

La ministra de Educación, Isabel Celaá, ha defendido recientemente la inmersión lingüística en Cataluña como un “modelo de cohesión”. ¿Lo suscribe?

Que yo recuerde, la señora Celaá fue también consejera de Educación del gobierno vasco cuando lo ocuparon los socialistas, y ya decía algo parecido de la política lingüística en aquella comunidad. Allí, los socialistas prorrogaron una política lingüística mentirosa que encubría el escaso número de hablantes del euskera —salvo en muy pocas comarcas—, el fracaso evidente de los modelos educativos y una flagrante injusticia en el acceso al empleo público según el presunto dominio de esa lengua “propia”. Algo parecido está pasando hace tiempo, con la bendición socialista, en Valencia y Navarra. Así que la inmersión lingüística catalana no me parece un modelo de cohesión, sino más bien de fomento de división social y “normalización”. Muchos aún no han entendido que la política lingüística es la palanca básica de la llamada “construcción nacional” ansiada por los secesionistas.

Según el director de TV3, Vicent Sanchis, el canal “debe representar a la mayoría social en Cataluña, que es independentista”. ¿Le parece lícito su planteamiento?

Según eso, si la mayoría social catalana —que no es claramente nacionalista, por cierto— defendiera un proyecto político engañoso o criminal, ¿debería también TV3 representar ese proyecto y convencernos de su bondad? Un canal público de televisión, ¿se debe primero a la verdad o a aquella presunta mayoría social?

Analistas como Santos Juliá afirman que lo ocurrido en Cataluña el año pasado fue un “alzamiento contra el Estado”. Por su parte, otros como Ignacio Sánchez-Cuenca estiman más apropiado hablar de “choque de legitimidades”. ¿Cuál de los dos está en lo cierto?

A mi entender, sin duda, Santos Juliá. Creo con él que la declaración de independencia del parlamento catalán fue un acto de “alta traición” civil de los partidos secesionistas. Y que España requiere hace bastantes años una reforma constitucional en que, entre otras cosas y si así lo decidiese la mayoría, se definiera en un referéndum como un Estado federal. Eso sí, con una mayoría nítida que no fuera inferior al 60% de los ciudadanos. Otra cosa es un golpe de Estado.

¿Cómo valora, entonces, la decisión del tribunal alemán sobre la extradición de Puigdemont?

Doctores tiene el derecho que lo sabrán responder —o ya han respondido— con más autoridad que yo. A mí me parece una barbaridad jurídica y, además, contraria al espíritu europeísta.

La activista estadounidense Susan George ha definido a Quim Torra como un “racista de extrema derecha”. ¿Cómo se entiende que el nacionalismo catalán, ya sea de izquierda o derecha, respalde a un líder inequívocamente xenófobo?

Xenofobia significa literalmente miedo —o también aversión, asco, odio, discriminación y sentimientos similares— hacia el extranjero. Se trata de una actitud que persigue a las identidades culturales diferentes de la propia. A tenor de los textos y pronunciamientos públicos del señor Torra, pasados y actuales, se diría que ha sido definido con justicia. Pero quede claro que, en mayor o menor medida, todo nacionalismo étnico ha de tender por naturaleza a esa xenofobia.

¿Se muestra optimista con respecto al proceso de diálogo abierto por Pedro Sánchez con el independentismo?

Ni mucho menos. Me da miedo cuánto puede sacrificar por el plato de lentejas de conservar el Gobierno. Me da miedo también la gravísima confusión reinante en buena parte de nuestra izquierda, que se acerca al nacionalismo como si fuera  progresista. Y no me da menos miedo la permanente flaqueza doctrinal del Partido Socialista en esta materia, lo mismo en las políticas sobre el catalán que sobre el euskera, el gallego o el bable.

Por Óscar Benítez


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