Después del 1714: Justicia

La justicia se aplicaba con firmeza sobre ladrones, soldados desertores, alborotadores sociales y asesinos. No había semana que la sociedad barcelonesa no pudiera presenciar una ejecución. En la Explanada -muy cerca del mercado del Born-, donde estaban las horcas, la gente se reunía para contemplar el espectáculo de la muerte. Una vez sentenciado el cuerpo del condenado o era enterrado o era expuesto en dos lugares paralelamente distantes, pero vías principales de comunicación. Esto es: la carretera de Madrid y la de Girona. Estos lugares eran siniestros. Allí se pudrían los cuerpos y se les conocía como carneros. El de la carretera de Madrid se conocía como la Cruz Cubierta y el de la carretera de Girona como el Coll de la Trinidad.

Lo que hoy parece un tema tabú, casi nadie asistiría a una ejecución pública, en aquella época formaba parte de la vida cotidiana. Se aceptaba aquel espectáculo como una parte más del devenir diario. Una vez fallecido el condenado era la cofradía de los desamparados la encargada de enterrar el cadáver. O bien lo hacían después de su muerte o al cabo de un tiempo si se condenaba a la persona a ser expuesta en el carnero. Si el delito era menor dejaban que la cofradía lo enterrara. Si el delito era grave y se quería prevenir a la sociedad, se exponía en el carnero. Antes y después de producirse la ejecución muchos devotos iban a las iglesias para orar, a las almas del purgatorio, por la salvación del condenado. En la Cataluña de aquella época había una gran devoción a las almas del purgatorio. Incluso la gente daba donativos para enterrar a los sentenciados a muerte. Así pues, las ejecuciones eran un ritual donde se mezclaba justicia y religión.

Los malos tratos a los condenados también eran una norma habitual. Es decir, estos eran paseados por las calles de Barcelona hasta la Explanada. A veces este paseo se convertía en algo humillante para él. Otras veces el condenado, en vez de arrepentirse por lo que había hecho, se enfrentaba a la justicia y a la gente que presenciaba el acto. A pesar de lo dicho, la vida cotidiana en Barcelona era tranquila. ¿Qué queremos decir? Como la gente sabía perfectamente el castigo que recibirían, se comportaban con rectitud por el miedo de ir a la Explanada. Como siempre hay excepciones. En toda sociedad la excepción confirma la regla.

La sociedad barcelonesa ayudaba a la justicia a detener a los ladrones. Los mismos gremios colaboraban con la justicia haciendo rondas, por las calles. Nos debemos situar en aquella ciudad amurallada que en nada se parece a la actual. Era una ciudad apretujada. Todos o casi todos se conocían. El boca a boca era la principal fuente de información. Para saber lo que pasaba era básico conocer todos los chismes que corrían por la calle. Como siempre el original era tergiversado y, al final, cada uno ponía su grano de arena. Un hecho insignificante podía convertirse en algo extraordinario. Todo dependía de la inventiva de la gente. Vamos a poner un ejemplo. Supongamos que en la calle del Pi se producía un robo. A los pocos minutos gran parte de la ciudad lo sabía. El hecho se difundía por las calles de la ciudad. Se tenía la descripción del ladrón. Enseguida salían las rondas y peinaban las calles de la ciudad. Pocas horas después o al día siguiente lo pillaban. La tranquilidad volvía a la ciudad hasta la próxima.

Como sucede siempre que hay conflictos la seguridad se rompe. Esto sucedió durante los años 1794 a 1796 durante la Gran Guerra contra los franceses. Pues bien, para que la normalidad continuara en la ciudad se incrementaron las rondas. Cualquier solución era buena para que la ciudad no perdiera su status de tranquilidad. Los principales culpables de los robos que se cometieron en Barcelona fueron los soldados. Durante la guerra ya lo habían hecho y, una vez terminada, continuaron haciéndolo. Tengamos en cuenta dos cosas. En primer lugar los sueldos de los soldados no eran especialmente elevados. Muchas veces no cobraban y se tenían que buscar la vida. En segundo lugar, y sobre todo en tiempos de guerra, se reclutaba a cualquiera. Muchos ladrones se alistaban en el ejército y, pensando que el traje los protegería, continuaban haciendo lo que mejor sabían hacer.

Finalizada la guerra los soldados llegaron a Barcelona. Aquí pasaron muchos meses esperando poder volver a casa o esperando un nuevo destino. También vinieron personas que habían perdido sus pertenencias o deseaban empezar una vida nueva. Esto hizo que la población barcelonesa incrementara su número de habitantes. Todo esto provocó que la inseguridad aumentara. Barcelona dejó de ser una ciudad tranquila. Como la vida religiosa estaba tan arraigada en la sociedad, nadie pensaba que se pudiera robar a las iglesias. Recordemos el hecho ya explicado que estas quedaban abiertas durante todo el día para ventilarlas. Hasta ese momento la seguridad era total. Con el incremento de la población ni las iglesias eran seguras. Perpetrar un robo en ellas era un hecho muy grave. Algunos soldados vieran ser condenados a muerte por robar objetos religiosos de valor. También pasaron por la Explanada los encubridores y mediadores.

Algunos barceloneses se aficionaron a jugar a cartas. Era un modo como otro de matar el tiempo. Había muy pocas distracciones. Sólo unos pocos podían jugarse dinero. La gente privilegiada o con posibles lo hacía. Esto estaba dentro de la legalidad. No eran legales ciertos juegos prohibidos como el Paruci y el Canet. Se convirtió en una norma que muchos entraran en la dinámica de jugar para salir de la miseria. Se creía que, gracias al juego, se harían ricos. Sólo lograron perder todo lo que tenían. Y claro, había la posibilidad de que la justicia los descubriera y fueran juzgados y condenados.

Y teniendo en cuenta la evolución de la sociedad no es de extrañar que algunos miembros de la justicia se pasaran al otro bando. Es decir, muchos se volvieron corruptos. Hay un caso curioso. Resulta ser que una patrulla de los mozos de escuadra salió de Barcelona dirección al Vallés. Sabían que por allí un grupo de ladrones estaban haciendo de las suyas. Pues bien, en cierto momento nueve de estos mozos de escuadra se separaron de sus compañeros y robaron una casa que estaba en el término municipal de Mollet del Vallés. Cuando se supo la noticia se levantó el somatén y los ladrones fueron detenidos. Si la justicia era la que ponía orden no se podía ver implicada en un caso tan lamentable. Por eso se intentó ocultar el hecho. No fue posible. El boca a boca fue más rápido que las disposiciones oficiales.

Hemos hablado de la justicia, de la Explanada, de las sentencias y de los robos. Ahora bien, ¿Barcelona tenía cárcel? El cambio de nomenclatura de las calles ha hecho que se haya perdido un referente de aquella época. Vamos a ver. Si nos situamos en la Plaza de Sant Jaume, mirando hacia la montaña, a mano derecha tenemos la calle Jaume I. Paralela a esta hay la calle Llibreteria. Este comienza en la Plaza de Sant Jaume y termina en la Plaza del Ángel. La calle Jaume I no existía en aquella época. Fue el rey Fernando VII el que ordenó su construcción. Tampoco la Plaza de Sant Jaume, pues en su lugar había una iglesia.

La Plaza del Ángel era el comienzo del barrio de La Ribera, conocido en la Edad Media como Vilanova del Mar. En aquella época el lugar se conocía como Portal Mayor, pues allí había una de las entradas a la ciudad. ¿Por qué se conoce como Plaza del Ángel? La leyenda dice que el 10 de julio de 1339, con motivo del traslado de la patrona de Barcelona, Santa Eulalia, desde la iglesia de Santa María del Mar a la cripta que se le había dedicado en la Catedral, se realizó una solemne procesión a la que asistieron reyes, príncipes, nobles, consejeros y obispos. Cuando la procesión llegó al Portal Mayor la urna que contenía el cuerpo de la Santa se hizo tan pesado que era imposible moverlo. Toda la multitud que acompañaba la procesión se puso de rodillas a orar a Dios para que pudieran continuar el traslado. Entonces apareció el arcángel San Miguel y señaló con el dedo a uno de los canónigos de la procesión.

Este, avergonzado, confesó que se había quedado con un dedo del pie de la Santa para guardarlo como reliquia, y lo colocó de nuevo en su lugar. De repente la urna volvió a ser tanto ligera como al principio y se pudo trasladar hasta la cripta. A partir de este momento la plaza fue conocida con su actual nombre, y como recuerdo de este hecho se engalanó una de las casas con una imagen de bronce del ángel. El año 1606 se alzó un obelisco en medio de la plaza, y se colocó la imagen encima. Este obelisco fue derribado en el 1823, pero el ángel se trasladó a la fachada de la casa número 2-3 de la plaza, donde todavía se puede ver.

Pues bien, la actual calle Llibreteria se llamaba la Bajada de la prisión pues esta estaba situada en la Plaza del Ángel. La cárcel de mujeres, durante años, estuvo al lado del Hospital de la Santa Cruz. Posteriormente se trasladó a la calle Sant Pau esquina con la calle Robador.

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