Desde el oasis catalán hasta Quim Torra

En Cataluña, durante muchos años nos referimos al “oasis catalán” para referirnos a la trama corrupta de intereses políticos, económicos y mediáticos creados alrededor de la figura de Jordi Pujol. Una trama que pudo construir aprovechándose de la buena fe de una sociedad que recibió con los brazos abiertos a una democracia y unas libertades que le habían sido arrebatadas por la dictadura franquista, confiando en que una vez finalizada ésta, todo se había ganado ya.

Sin embargo, el pujolismo impuso un espejismo, impuso un relato de Cataluña, impuso un marco simbólico y, también, un largo silencio. Un silencio construido a costa de desacreditar a cualquier adversario acusándole de ir contra Cataluña. Así, cuando a Pujol se le investigó por ser un banquero corrupto, su reacción fue decir que aquello era un ataque “contra Cataluña”.

Cuando alguien cuestionaba el modelo lingüístico que excluía a la mayoría castellanohablante de la población, se le acusaba de ir “contra Cataluña”. A los periodistas o funcionarios que quisieron sacar a la luz los casos de corrupción, se les condenó a la muerte civil.

A base de silenciar lo que no le interesaba, el nacionalismo acabó construyendo un marco ideológico en el que Cataluña quedaba reducida a aquello que el nacionalismo decía que era. Ese fue el marco que hizo que el discurso oficial de la identidad nacional-católica del franquismo fuese relevado por el discurso nacional-catalanista que instauró el pujolismo.

En esa transición entre aficionados a decir a los demás en qué consistía ser un buen patriota, sólo hubo un lapso breve en el que el discurso pretendía ser integrador, como lo fue el de Josep Tarradellas. Pero en Cataluña, al final se acabó pasando de un sistema político corporativo a otro, bien definido en el Programa 2000. A costa de silenciar a una parte de Cataluña, los distintos gobiernos nacionalistas se presentaron ante las élites políticas, económicas y mediáticas de toda España como si sus ideas fuesen compartidas de forma abrumadora en Cataluña.

Y acabaron sucumbiendo a sus mitos y a su lenguaje, en lugar de combatirlos intelectualmente. Mientras, en Cataluña avanzaba la construcción ideológica nacionalista, aprovechando todos los instrumentos que habían caído en sus manos: escuelas, medios de comunicación, colegios profesionales, así como un entramado de entidades, asociaciones y sindicatos financiados con dinero público.

No puede, por tanto, sorprender que los restos de Convergència, ERC y la CUP no hayan tenido reparos en investir como presidente a un supremacista como Joaquim Torra. Si en la televisión pública del oasis catalán se presenta al asesino de José María Bultó como “gran reserva de l’independentisme”, no nos puede extrañar que el nuevo presidente de la Generalitat no tenga dudas a la hora de compartir actos con personajes como Carles Sastre y Fredi Bentanachs. Si tuvimos durante 23 años como presidente a un Pujol que despreciaba a más del 20 % de la población de Cataluña por su origen andaluz, no nos puede sorprender que ahora tengamos a otro que califica de “bestias con forma humana” a más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña por su lengua u origen.

Si no fuera por la trama nacionalista, que sigue operando detrás del telón, estos personajes no aparecerían en escena. ¿Han dicho algo las cúpulas de esos colegios profesionales tan dadas a manifestarse políticamente acerca de la elección de un racista como Torra como presidente de la Generalitat? ¿Han dicho algo Camil Ros o Javier Pacheco, de la UGT y CCOO, respectivamente? No han dicho nada porque algunos todavía chapotean en el oasis. Sin embargo, lo que ya no sucede es que impere el silencio fuera de él. Así que, a diferencia de entonces, ahora todo el mundo queda retratado.

Sergio Sanz Jiménez


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