Carta a Antonio Muñoz Molina

Sr. Muñoz Molina,

He leído su artículo publicado en El País el 13-10-17 titulado “En Francoland” , en el que se lamenta de la pereza intelectual de tantos pensadores europeos y americanos, aferrados irracionalmente a una idea bizarra y casposa de España.

Esa imagen insidiosa de España tiene graves repercusiones externas, tanto políticas (éxito de la propaganda secesionista), como económicas (desdén hacia los productos españoles).

No se podrá disipar la falsedad mientras subsista el complejo de inferioridad español. El acomplejado no solo vive frenado en sus proyectos por la camisa de fuerza de su autodesconfianza, sino que, además, carece de coraje para protestar por las ofensas recibidas y para afear a los que lo injurian. Mientras que cualquier marroquí se revuelve indignado cuando zahieren a su país, espetando un “¡racista!” a quien lo maltrate, mientras un alemán responde ofendido cuando motejan de “Hitlerland” a su patria, el español se retrae, dolido, en su caparazón, intuyendo que el supremacismo hispanofóbico tiene su parte de razón.

Para desprendernos del complejo de inferioridad colectivo es preciso conocer su origen. Henry Kamen apunta que el mito de la decadencia subsistirá mientras persista el de grandeza imperial.

Generaciones de españoles han sido educadas en la creencia que el siglo XVI (el de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II)  fue un periodo de esplendor. Por tanto, todo lo que sigue es decadencia. Y el español busca un porqué a tal declive. Dos explicaciones encuentra:

  1. La leyenda rosa, que le enseña que dadas nuestras virtudes espirituales, artísticas, religiosas y militares, las potencias europeas (motejadas como los gabachos, la Pérfida Albión, la Alemania luterana…) se conjuraron para lograr nuestra perdición, y
  2. La leyenda negra, que muestra la incuria y decrepitud de nuestra nación, incapaz para el trabajo, la investigación, el civismo, la tolerancia, la organización y el progreso.

Todas las potencias han sufrido una leyenda negra creada por sus enemigos, pero pocas se han tomado tan en serio la propia como la española, puesto que dicho relato le proporcionaba una explicación, aun hiriente, de su ocaso. Es evidente que cuánto más nostalgia se albergue por unas glorias pasadas más frustración se alimenta y mayor autoflagelación se infiere, pues el hombre, encorvado por el sentimiento de culpabilidad, no se cree merecedor de redención ni de disculpa. Quizás influya también en el éxito de la leyenda negra hispanofóbica el poso católico, como señala Octavio Paz: “la cultura española es la conciencia del pecado español. Ningún pueblo ha confesado con tanta entereza sus culpas y ninguno con más desesperación ha enseñado sus llagas”.

En toda esta cosmovisión derrotista falla un dato capital: la premisa mayor. Porque, ¿fue realmente el siglo XVI un periodo de gloria? Si nos atenemos a las aspiraciones de los publicistas de la época (y sus inmediatos seguidores), sí. Lope de Vega fue soldado en su juventud y sacerdote en su ancianidad. Calderón de la Barca, ídem. Cervantes, combatiente en Lepanto. Quevedo, militar y diplomático, y caballero de la Orden de Santiago. Alonso de Ercilla, soldado en Chile. Tirso de Molina, fraile. Fray Luis de León y Teresa de Ávila, religiosos. Añadamos la influencia decisiva de teólogos y juristas. Todos los creadores de opinión de aquella época fueron servidores de Dios y del rey, con la espada, con la cruz o con la pluma. Para ellos el triunfo de las armas del rey católico equivalía al triunfo colectivo de España.

En puridad el éxito correspondía a unos monarcas habsburgueses que poseían territorios en media Europa, y para cuya protección empleaban los recursos de todos sus reinos (entre ellos, los de España). De esas campañas militares nada positivo obtenían los hombres de España, sino los inútiles laureles. No es lo mismo ser el protagonista de esas gestas que la criada –aún diligente y servicial- de los Habsburgo.

Con ojos modernos el periodo de los Austrias Mayores no puede ser motivo de orgullo ni satisfacción. Nuestros antepasados no disfrutaron en él de mayor libertad, prosperidad o paz que en otras épocas, sino todo lo contrario. Sin embargo, el nacionalcatolicismo, que ensalzaba los valores ligados a la tradición militar, religiosa y monárquica, lo apreció como el más excelso siglo de nuestra historia.

Si se desvanece el mito de que ese siglo XVI fue un periodo de esplendor cae por su peso su infausta consecuencia: la decadencia de los siglos siguientes.

Con esta más acertada premisa cambia el color con el que se contempla nuestra historia: la de un país que, sometido a los intereses patrimoniales de una dinastía, ajenos al beneficio de los españoles, fue avanzando tortuosamente por la senda del progreso y la libertad.

Como pervive la imagen decrépita y pesimista de España muchos españoles se creen en el derecho de fustigar a sus conciudadanos: “¡qué país, esto no pasa más que en España!”, “este es un país de pandereta (o de chorizos)”, “a este país le falta cultura”, etc. Quienes tal hacen salvan su autoestima rebajando a la de los demás españoles, y descargan su rabia sobre sus conciudadanos, que sumidos en un complejo de inferioridad colectivo, no se atreven a protestar.

Si el pueblo español es un compendio de taras no es extraño que aquellos que buscan una identidad colectiva fuerte se aferren a una patria local exitosa (Cataluña o el País Vasco) y renieguen de la patria común. Ello explica la existencia de nacionalismo en Gerona, pero no en Perpiñán, en San Sebastián, pero no en Hendaya, en Canarias, pero no en Azores o Madeira. El nacionalismo centrífugo no obedece tanto a causas estructurales (las instituciones políticas y sus competencias), como emocionales (relativas a la autopercepción como español).

Al mismo tiempo, si el pueblo español es un colectivo casposo, el Estado español, que es la estructura que lo alberga, es una institución obsoleta. Por tanto, cuantas menos competencias tenga sobre este pueblo más avanzado (Cataluña) y cuantas más correspondan a “nuestras” instituciones “propias” (la Generalitat), mejor. Este razonamiento está en la base del atractivo nacionalista para muchos electores. El nacionalismo fabrica un deseo (mayores competencias autonómicas) a la que el Estado español (no así el francés o el portugués) no sabe replicar, porque en el fondo no confía en sí mismo. El acomplejado desea obtener el reconocimiento ajeno y eso le hace proclive a contentar a los que le desprecian (los nacionalistas), sin que estos nunca le muestren agradecimiento.

La extrema izquierda es la más proclive a creer y divulgar la leyenda negra hispanofóbica porque abundar en ella le permite afirmarse en su papel de un San Jorge que embiste al secular dragón eclesiástico-monárquico-militar. Sacando de las tinieblas al fantasma de la España negra la extrema izquierda siente justificada su existencia y su ira. Y aquí coincide con los nacionalismos. No hay nada que hermane más que compartir los mismos enemigos, aunque sean imaginarios.

Por todo ello urge demoler los dos mitos: el de la pasada grandeza imperial y el de decadencia, consecuencia del anterior. Cuando un hombre descubre que no es responsable de una mancha que siempre ha creído portar y que, incluso, ni siquiera la lleva, se siente liberado y reconciliado consigo mismo.

Va siendo hora de explicar a nuestros conciudadanos que la inmensa mayoría de nuestros antepasados son dignos de nuestro respeto y que los errores y horrores que cometieron (algunos) no fueron más execrables que los cometidos por otros, sino que fueron hijos de su tiempo. Un refrán francés afirma: “cuando me contemplo, me deprimo; cuando contemplo a los demás, me consuelo”. La compasión por el sufrimiento pasado debería ser suficiente para quebrar las cadenas que atan el español de hoy a ese ayer mancillado. Basta de ya de reproches y acusaciones hacia el ayer, porque de él todos venimos, porque ensuciar el apellido es denigrarnos a nosotros mismos. Basta de ansias de grandeza, que orillan los padecimientos que a otros pueblos generaron.

Reitero a Henry Kamen: el mito de la decadencia subsistirá mientras subsista el de la grandeza perdida. Desmontar ambos liberará fuerzas sociales positivas para el progreso de nuestra estimada España. El camino común se hace más liviano y seductor cuando se despejan las negras nubes de la culpa y cuando se abandonan las pesadas cargas que deprimen la autoconfianza colectiva de los hombres y mujeres de las Españas.

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