Bon dia, Catalunya!

Cataluña comienza a despertar de la pesadilla que la atormenta, y persigue, desde hace unas décadas. A los artífices del engaño patriótico ya no les sirve como antes la sucia seducción que practica la tele gubernamental, ni el cloroformo que aplican los anestesistas del ‘procés’ subvencionado. Cataluña ha despertado, por fin, del espejismo al que la han sometido los artífices del 3% y los charlatanes que prometían patrias perfectas. Las calles de Barcelona se han llenado, como nunca antes, de rojo y gualda constitucional. De colores que, a pesar de no ser los suyos, muchos demócratas de todas las ideologías aceptaron como uno de los elementos de paz para conseguir la concordia.

Cataluña ha despertado de la pesadilla secesionista y reivindica las mil formas posibles de entender la convivencia sin fractura social. Cataluña ha despertado y ha puesto de relieve que no está dispuesta a dejarse arrastrar al suicidio colectivo que han urdido unas mentes resentidas.

Este ocho de octubre es ya un día para reseñar en los libros de historia. Las calles de la ciudad condal se han vestido de fiesta con banderas y guirnaldas multicolores. Una fiesta en la que el optimismo y los cánticos alegres se han apoderado de la gente. Poco importan las cifras. ¿Un millón? ¿Quinientos mil? Qué más da el número. Lo realmente importante ha sido que miles de catalanes de todo origen y condición han abierto los ojos y han dicho ¡Basta! Sí, basta ya de engaños y de promesas vacuas adornadas de futuros imposibles. Han dicho basta a la manipulación y al odio transmitido mediante mensajes subliminales y desprecios hacia los diferentes.

Hoy me siento bien, feliz y contento. Orgulloso de formar parte de una colectividad ciudadana que es capaz de rebelarse y reaccionar a tiempo ante los despropósitos de sus oscuros gobernantes. Se acabó el silencio. A partir de hoy hay que gritar ¡Basta! Y sin complejos cada vez que sea necesario. Nos va en ello la dignidad, el bienestar y la paz social. Mañana podemos abrir los ojos al despertarnos y recitar una musiquilla que por fin diga sin acritud:

-Bon día Cataluña!

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