¿Barcelona, como Mostar o Belfast?

En el libro de Teresa Freixes ‘155. Los días que estremecieron Cataluña’ se describe con mucha claridad lo que ha pasado en otras regiones, no muy lejanas cuando se ha dividido la sociedad por motivos ideológicos.

Mostar es una ciudad del sur de Bosnia-Herzegovina. Tras los Acuerdos de Daytona de 1995 la mayor parte de la población croata vive en la orilla oeste del río Neretva mientras que los bosnios se quedaron en la orilla oriental. Es decir un ciudad partida en dos.

Un pequeño grupo de cada comunidad fue obligado a residir en el lado opuesto. La Sra. Freixes explica que cuando alguien de la minoría territorial tenía invitados en casa, cerraban las ventanas por miedo a que los vecinos no pudieran escuchar lo que se hablaba.

Montserrat Radigales escribía en 2015 en El Periódico sobre Mostar y ciudadanos le dejaron frases como estas: “Es muy difícil educar a tus hijos en este ambiente”, “lo más triste es que el sistema escolar está dividido. Los niños croatas y bosnios van a escuelas distintas”, “La falta de visión de los políticos está destruyendo este país; son todos los mismos que hace 20 años”.

En Belfast (Irlanda del Norte) la situación no es mejor. No hay un río pero hay muros, 99 y que suman unos 20 Km de longitud. Cada barrio está rodeado por un muro que se cierra cada noche para prevenir altercados. Si uno pretende volver y llega tarde se encontrará la puerta cerrada y deberá dar un gran rodeo para poder acceder a su propia casa. La Sra. Freixes describe como los pubs de cada zona decoran los locales con fotos de los caídos de cada bando y define las relaciones entre ambas sociedades con una frase que pesa como el plomo: “Ya no se matan, pero continúan odiándose”.

En 2013 Carlos Fresneda entrevistaba para El Mundo a Peter Shirlow, profesor en la Queens University de Belfast, y afirmaba que “los muros sirven para perpetuar la mentalidad que da pie al conflicto”, “en Belfast, si un niño te pregunta: ‘¿Por qué está ahí ese muro?’, lo más normal es que le respondan: ‘Para que la gente del otro lado no nos haga daño'”.

Por desgracia es posible que no seamos la excepción y que algo parecido a lo que ocurre en Mostar o Belfast acabe repitiéndose aquí. Aunque el contexto histórico sea muy diferente creo que la fractura social en Cataluña es de la misma naturaleza y lo más lógico es que de persistir el enfrentamiento dejemos de convivir como una única sociedad. Ya hemos empezado por lo rápido, dejar de relacionarnos, con más tiempo dejaremos de compartir barrios, escuelas y lugar de veraneo. Poco a poco, con pequeñas decisiones levantaremos muros, visibles o no, entre ambas sociedades.


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