Artículo sexto: sobre suicidios y otros errores

Aún no se han cumplido 20 años desde el último y mayor de los suicidios masivos de miembros de la Orden del Templo Solar, presente en naciones tan desarrolladas como Francia, Suiza y Canadá (Québec, si usted es de los que lo consideran una nación aparte). Creían escapar así de la «opresión del mundo» (que debe ser como la del Estado español pero a lo bestia), y algunos habían donado mucho dinero al líder de lo que era una secta y seguramente ellos ni se daban cuenta. Esto demuestra que errores fatales se dan aún hoy en el primer mundo y, ciertamente, en colectivos que incluyen gente con buena voluntad y estudios, si no se siguen prácticas básicas de higiene mental, concepto éste que nada tiene que ver ni con la moral ni con los conocimientos.

Hay más casos de suicidios masivos. Y los hay también de suicidios (metafóricamente hablando) colectivos, políticos. En mi tierra, puestos a evitar la violencia física, no aparece tampoco la muerte física (todo ello muy afortunadamente), pero el “procés” catalán es lo más parecido a un lento suicidio colectivo político con el que mi pobre imaginación puede dar.

En la definición de suicidio se consideran como causas la desesperación o una enfermedad mental; en la de enfermedad mental se observa que, además de suicidio, puede provocar (lea usted despacio): “alteraciones en el razonamiento, comportamiento, facultad de reconocer la realidad, emociones o relaciones con los demás…”, (yo estoy aún definiendo lo que es una enfermedad así y recomendando lo que llamo higiene mental, pero tal vez usted haya hecho ya una rápida aplicación de esta definición al “procés”; relea despacio si no le ha dado tiempo).

Salgamos ahora del mundo de la enfermedad y vayamos al mundo del error lógico, que resultará menos siniestro y más familiar. Veamos: un piloto de aviación sabe bien que si tira de la palanca el avión sube, que si tira más gana aún más altura, pero que si tira demasiado, “entra en pérdida de sustentación” y puede perder bastante más altura que la que había ganado (con suerte, si no se encuentra con el suelo al caer). Pues bien, en política puede darse la circunstancia –ya ha ocurrido más veces en la historia, ¿verdad?- de no llegar al objetivo deseado y acabar en peor condición de la que se tenía al empezar, y no necesariamente con una guerra por medio.

Llamo error “puro” no a aquello que a mí no me parece correcto que alguien haga (me equivoco a menudo y eso debe moverme a humildad) sino a aquello que alguien hace por lograr un objetivo y acaba consiguiendo precisamente lo contrario, me guste a mí o no. Obsérvese que hay toda una gradación en la siguiente serie de conceptos: Estado centralizado, autonómico con menos o más competencias, federal, confederal, independiente.

Usted, espabilado político independentista, se encuentra (así es la vida) con que ha salido del primero y disfruta de un amplio segundo; hay quien se plantea el  tercero pero a usted y los suyos se les antoja el quinto y, sin suficiente velocidad de vuelo ni potencia de motores, tira a tope de la palanca… No entra usted en pérdida porque no es piloto, pero le aplican un artículo de la Constitución (pensado para “situaciones excepcionales” causadas por gente como usted: “excepcional” –lo digo por rarito…, no por magnífico…-) y la realidad es que ahora debería abandonar su plan pero, como le quedan ganas de seguir haciendo el ridículo desde Flandes, ha de modificarlo e improvisar; lo cual le expone, sin duda, a nuevos errores… Hasta que finalmente pase del ridículo en Barcelona o Bruselas, a la irrelevancia en cualquier parte fuera de España (la noticia aquí, si viene, ya sabe cuál será).

Tanto empeño en demostrar que Cataluña no puede gobernarse bien desde Madrid y ahora usted hace campaña con vídeos desde Bruselas… Por cierto, ¿ha pensado alguna vez que si se hubiera materializado el cuento que nos ha querido vender, si usted se hubiese independizado de España y fuese, no obstante, parte de la UE… muchas directivas le llegarían desde Bruselas –doble distancia que desde Madrid- y que serían las mismas directivas que ya tiene que obedecer Madrid?, ¿diría entonces que le roba y desprecia Bruselas?, ¿se dignaría presentarse en su Parlamento para explicar sus proyectos?, ¿acudiría a las fiestas y actos institucionales como una parte cualquiera de la UE o aprovecharía esas ocasiones para que se hablase de su “notable” ausencia?, ¿elucubraría sobre la dimensión europea de su hecho diferencial?, ¿pretendería corregir al Presidente del Consejo con un “Así no”?.

Mire, Sr. Puigdemont, usted en la UE “ni está ni se le espera”. Dejando a un lado las razones principales, es porque ya conocen lo poco que da usted de sí. Y usted ha debido empezar ahora a percibirlo con la claridad que siempre le ha faltado y eso le lleva a pecar de “disonancia cognitiva”, más conocida como la fábula de la zorra y las uvas: como la UE no le acepta, usted reacciona diciendo que la UE no es como debe (Pilar Rahola, paradigma de sus abducidos seguidores, emplea términos más escatológicos que yo no repetiré aquí). Así, me da la razón cuando hace tres artículos predije que (ella y otros) acabarían repitiendo lo que dice usted sobre que “esta UE no es la que los europeos queremos”.

Como indiqué el primer día, discutir esto desde la política no es mi propósito ni creo que supiera hacerlo como merecen mis lectores; me mantengo, por tanto, en el terreno de la lógica y el sentido común, que me resulta algo más fácil. Se ha cometido un error “puro”, eso es todo. Quien mejor los ha estudiado, Christian Morel, los llama “errores radicales persistentes”, y de él aprendí que cuando el resultado de nuestras decisiones no es conforme al objetivo que uno se propone, se llega a una de las siguientes categorías de desenlaces (que conviene distinguir):

  • el accidente, si al final algo se destruye;
  • el resultado falso, si el esfuerzo resulta inútil;
  • la solución mediocre, si se queda lejos del objetivo sin ser contraria a él;
  • la solución opuesta, si nuestra “genialidad” produce el efecto contrario al deseado.

Ya sé que queda mucho para que esta desgraciada locura que aqueja a Cataluña acabe del todo (empecinados los hay en todas partes). De momento, tenemos un poco de las cuatro categorías, ¿verdad?; a la larga, no sé cuál quedará para ser registrada por la historia como la más clara. Habrá que esperar…

En el próximo artículo (el séptimo ya), y con su permiso, pienso hablar de psicología de masas. De momento, entreténgase pensando por qué tenemos un poco de cada una de las cuatro categorías citadas (esta semana, “los deberes” son bastante facilones, gracias por hacerlos sin darle pistas). Aquí el enlace al artículo quinto.

Por Ángel Mazo.

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